Archivo de la etiqueta: vocación

Michel De Certeau me invita a algunas reflexiones personales…

Luego de una primera lectura o pantallazo del pensamiento o modo de pensar de Michel de Certeau es imposible no reconocer la presencia abundante de la duda, ni dejar de percatarse de que al no reconocerla podemos, y de hecho lo hemos hecho, caer en una ingenuidad alienante de todo aquello en lo que creemos o creemos creer.

Me obliga a preguntarme: ¿desde dónde escribo-argumento? ¿Hasta qué punto impregna mis pensamientos y dilucidaciones la pertenencia institucional a la Iglesia católica? ¿Acaso se puede estar libre de ello? Al menos generar estas preguntas es ya un paso tan intrigante y desafiante como un tanto aterrador. ¿Dónde comienzo y dónde terminaré?

Frente a la afirmación de que “ser jesuita es el signo de un compromiso personal y no de una pertenencia social” me pregunto hasta qué punto no he funcionado, consciente o inconscientemente, de la manera contraria. A pesar de haber sido criada en el marco de una familia católica conservadora, la búsqueda de algo que fundamente mi existir, no me ha permitido aceptar todo sin preguntarme varias cosas, y dentro de este mismo movimiento no temo entrar y salir del dogma cuantas veces sea necesario en mi búsqueda de un encuentro y, aunque sea un muy vago, conocimiento de Dios, no sólo en mi corazón, sino en un eterno intento de mi mente. Pero no puedo asegurar que haya sido una actitud realmente comprometida o sólo un poco de rebeldía superficial.

Comprobamos nuevamente que el lenguaje no logra expresar la complejidad de lo real, pero como sólo a través de él pensamos, lo imperioso será estar atento a cada intento de acercamiento a lo real. Cada cosa que se diga podrá tener algo de real y algo de mentira. Para eso es necesario asumir el inmenso riesgo de “perdernos en el bosque”, como invita Umberto Eco.

¿Cómo pretendemos decir algo de la historia, de la historia de la Iglesia, de Dios (¡!)? La inversión de nuestro modo de pensar puede ayudarnos a comenzar y enseñarnos a no ser tan pretenciosos como ingenuos en nuestras argumentaciones. Mi gran duda es si es esto posible.

Creo que dentro de la Iglesia católica hay un gran problema, como un nudo que se ha ido enredando desde hace siglos, de comunicación. Me refiero a un real intento de comunicación que no se preocupe tanto de afianzar verdades, marcar camino, como de abrir mundos posibles y de escucha. El pluralismo imperante en cada ámbito del mundo postmoderno es una bofetada que interpela estos siglos de tradición anquilosada.

Como Freud se preguntó “¿Qué pasó con la magisterialidad de la historia después de la II guerra mundial y la shoah?” ¿Qué preguntas se hace (nos hacemos) la Iglesia de su historia y su supuesta magisterialidad? ¿Se hace alguna? Quizás podemos dejar de ser una gran montaña de certezas.

La “conversión-vocación” de Pablo

Comentario sobre el capítulo “En el camino de Damasco” de Giuseppe BARBAGLIO, en el libro Pablo de Tarso y los orígenes cristianos. Sígueme. Salamanca 1997. pp. 67-75.


La conversión de San Pablo
La conversión de San Pablo.

El modo de desarrollo del autor en éste capítulo comienza por un comentario sobre el cuadro de Caravaggio de la conversión de Pablo, haciendo alusión a que la clave de lectura del mismo y de los relatos de la conversión deben tomarse en la esfera de lo simbólico.

Luego comenta la presentación de este suceso en el libro de los Hechos de los Apóstoles, dando probables razones del por qué es narrado en tres ocasiones en el mismo libro, y comentando elementos comunes en ellas, prosiguiendo con los detalles particulares en cada capítulo (donde se encuentran los tres relatos).

Seguidamente continúa con lo relatado en las cartas de Pablo: la primera carta de Pablo a los corintios, a los gálatas, a los filipenses y a los romanos; haciendo luego un comentario general sobre la conversión de Pablo a modo de reflexión sobre su singularidad y  significado tanto para Pablo como para todo creyente.

La típica imagen de la conversión de Pablo: la del jinete que cae del caballo al ser segado por una luz deslumbrante, parece no ser lo más indicado a tener en cuenta a la hora de reflexionar sobre el hecho en sí. Dichas palabras parecen tener, según este autor, un significado más bien simbólico.

El autor de los Hechos de los Apóstoles, primer biógrafo de Pablo, comenta el acontecimiento en tres relatos distribuidos en los capítulos: 9; 22 y 26. El primer relato es realizado en tercera persona, el segundo es una arenga del protagonista contra los judíos que lo atacaban, y el tercero es de carácter autobiográfico en forma de apología.

Barbaglio manifiesta que probablemente el autor de los Hechos haya hecho uso de alguna antigua tradición cristiana sobre la conversión paulina, haciendo uso también de cierta libertad en su redacción del relato.

Al trasmitir el acontecimiento tres veces ilustra la importancia del hecho por el cual el anuncio del Evangelio sale de los límites palestinos hacia el mundo pagano.

La verdadera intención de los Hechos es mostrar que Pablo “tuvo que hacerse” cristiano y misionero, ya que por la misma iniciativa de Cristo éste se vio “obligado” a ello[1].

Las tres versiones del relato narran la conversión en el marco de una teofanía o aparición divina. “Al acercarse a Damasco (a mediodía, añaden 22,6 y 26,13), el perseguidor quedó segado por una luz celestial (más luminosa que la del sol, precisa 26,13); oye una voz que le interpela: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’; y cuando él responde: ‘¿Quién eres Señor?’, oye esta respuesta: ‘Yo soy Jesús, a quien tú persigues’”[2]. Las actitudes de los acompañantes varían en cada capítulo, ya que se trata de variantes literarias (como dirá el autor), para dejar claro que sólo Pablo participó de la epifanía, él es el único protagonista. Es un encuentro entre Jesús y Pablo en el que se descubre la identidad de ambos, enmarcado en ciertos símbolos que son característicos de los relatos epifánicos, como la luz, la caída, y la voz. Símbolos similares se encuentran en la Biblia, en el relato de la aparición de Dios en el monte Sinaí (Ex 19) y en la zarza ardiente (Ex 3).

El símbolo de la luz quiere representar el proceso de cambio que vivió Pablo, que no fue sólo un proceso de autoconciencia, sino, un verdadero cambio que la gracia produjo en él. En el fondo es una lectura de fe hecha por el cristianismo primitivo sobre el cambio existencial del perseguidor.

En el capítulo 9, luego del relato de conversión, prosigue uno de curación, ya que Pablo había sido segado por la luz divina. Gracias a la intervención de un tal Ananías, recupera la vista, es bautizado e incorporado a la comunidad cristiana de Damasco. Este relato tiene que ver con la forma de literatura edificante de la época, con la cual las primitivas comunidades recordaban los momentos que consideraban más importantes para la misma comunidad.

En el relato de la conversión brindado por el capítulo 22, también aparece, aunque más brevemente, la curación e intervención de Ananías. Pero lo que más se acentúa en éste caso, es la misión universalista de Pablo[3]. En Hch 22,21 se ve claramente cómo por voluntad explícita de Cristo, Pablo se convierte en el apóstol de los paganos, en el mismo lugar en que, en otras épocas, se le había aparecido Dios al profeta Isaías, (correspondencias siempre destacadas por el autor de los Hechos de los Apóstoles).

En la versión del capítulo 26, la aparición encuentra su sentido último, en la investidura divina del misionero.

Si bien el testimonio de los Hechos no puede considerarse estrictamente biográfico, tiene un gran valor, aunque no nos brinde elementos descriptivos, ni un análisis psicológico del cambio de vida en Pablo.

En las cartas del Apóstol, en numerosas ocasiones él mismo nos habla de ello[4], aunque “…él no narra su conversión, sino que interpreta más bien como teólogo el acontecimiento de Damasco…”[5], se trata más bien de una autobiografía teológica. La intención de Pablo en sus cartas es siempre recalcar la función pública e histórica que le tocaba ejercer. Por otro lado, debe tenerse en cuenta que el testimonio que Pablo brinda en sus cartas se ubica casi unos veinte años después del hecho de la conversión.[6]

Siempre que Pablo da testimonio de su cambio de vida, lo hace en el plano de tomar una postura sobre algún tema particular. Es el caso, por ejemplo, de la discusión sobre la legitimidad de su misión apostólica, o la disputa sobre la liberta de los paganos en  cuanto a los condicionamientos judíos.

Sus palabras no nos van a otorgar numerosos detalles externos. A pesar de todo puede considerarse un testimonio de incalculable valor, que nos permite captar el sentido de este hecho tan importante en el interior del mismo protagonista.

En la primera carta a los corintios, no demuestra ningún problema en colocarse entre los testigos privilegiados de Cristo, los apóstoles (1Cor 9,1; 15,18). Refiriéndose al acontecimiento de Damasco, resalta su investidura como apóstol a raíz de la epifanía vivida allí.

Según Barbaglio, no hay que pensar en la aparición de Dios a Pablo como una visión ocular directa, sino como una “…manifestación de la identidad misteriosa del crucificado del Gólgota…”[7]

En la carta enviada a las iglesias de Galacia (Gal 1,1), pone de manifiesto el origen directamente divino de su  predicación, revelada directamente por el mismo Cristo.

Utilizando un lenguaje apocalíptico, Pablo afirma que Cristo le ha revelado y lo ha llevado a comprender la identidad desconocida de Jesús de Nazaret como camino único de salvación para todos.

Aunque la vida del Apóstol parezca estar dividida drásticamente en dos partes: la del fanático perseguidor fariseo, y la del fiel apóstol de Cristo, sin embargo existe una continuidad subterránea, ya que como dirá en Gal 1,5;  como el profeta Jeremías, él fue escogido por Dios aún antes de nacer. Cristo lo ha transformado por la gracia, por que el cambio en su existencia depende todo de ella, y no, de una opción personal autónoma.[8]

También aparece jactándose de su origen judío en la carta a los filipenses (Flp 3,4b-6), pero enseguida agrega que, al haber Cristo abierto sus ojos, se vieron invertidos todos sus criterios de valoración: “Sin embargo, todo eso que para mi era ganancia, lo tuve por pérdida comparado son el Mesías; más aún, cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente al Mesías Jesús mi Señor. Por Él perdí todo aquello y lo tengo por basura con tal de ganar a Cristo e incorporarme a Él, no por tener la propia rectitud que concede la ley, sino la que viene por la fe en el Mesías, la rectitud que Dios concede como respuesta de la fe” (Flp 3,7-9).

Este proceso de cambio radical en Pablo no es fruto de un autoanálisis o determinación personal, sino del encuentro cara a cara con Cristo resucitado y su gracia.[9]

Pablo ha llegado claramente a una determinación: el único camino verdadero que conduce a Dios y otorga la salvación es Cristo mismo.

“…el código de la gratitud, no el de lo debido, es el que rige los caminos de los hombres hacia la verdad.”[10]No es la persona autocrática, sino el hombre que se abre al don ajeno, el que reconoce su dependencia de Dios y de los demás.

En aquél encuentro cara a cara con Cristo, se le han abierto los ojos para comprender realmente la parábola del fariseo y el publicano (Lc 18,10-14).[11]

La historia de la conversión de Pablo no es un caso aislado, sino un modelo para toda la humanidad. Su ejemplo es una oportunidad ofrecida para que toda persona pueda encontrar el verdadero camino a Dios.

Para comprender verdaderamente la conversión de Pablo hay que saber distinguir de la conversión entendida en forma moralista. Si se quiere hablar de conversión en Pablo, es, en todo caso, una conversión a Cristo. Dentro de esta viene incorporada una dimensión pública, ya que con la conversión a Cristo le viene dada una misión cristiana al mundo.

Si bien con los testimonios ofrecidos por la Sagrada Escritura no nos es posible trazar un camino psicológico en la conversión de Pablo, si podemos afirmar que se percibe la psicología del convertido: adhesión total a la nueva causa, y denuncia de la causa perseguida con anterioridad, fuerte conciencia de su opción, seguridad, coraje, una fe fresca y apasionada y hasta una cierta dosis de intolerancia; según Barbaglio[12].

Luego de tanto hablar de la conversión-vocación de Pablo, aún corremos el riesgo de quedarnos con una idea errónea de lo que esto significa. Si bien puede parecernos un suceso de una sola vez en la vida, no es así. Después de ese encuentro decisivo con Cristo, la vida de Pablo se vio modificada para siempre. Pero cuando el resucitado aparece en nuestras vidas de un modo tan radical, transformándola, no se trata de un mero acto de magia. Es verdad que la gracia ha actuado primero, pero de allí en adelante, es nuestro deber ser responsables de este giro en nuestra vida. Como Pablo supo seguir la misión que esta nueva vocación le imponía, también hoy nosotros debemos preocuparnos cada día por vislumbrar la misión que Cristo guarda para cada uno en las circunstancias que hoy nos atañen.

Podríamos pensar que no es tan simple para nosotros en el mundo actual, más aún en el caso de no haber pasado por un encuentro así de radical. Y es verdad. Para quienes hemos nacido en una cultura y familia cristiana, y hemos crecido rodeados de la fe, en numerosas ocasiones puede parecer difícil distinguir el llamado de Dios en nuestras vidas. Es muy probable que en gran parte esto sea así por una falsa creencia de que si hemos crecido rodeados de la fe en Jesucristo, ya está (o debería estar) arraigada profundamente en nosotros, sin necesidad de una búsqueda constante de la verdad y un esfuerzo por hacer de esta fe realmente una opción propia. La conversión es una necesidad constante en nuestra vida, aunque ya tengamos la fe, pues cada día los egoísmos y flaquezas nos desvían de ese llamado que Dios nunca deja de hacernos. Nuestra vocación y la misión que implica, es un compromiso de todos los días.


[1] Cfr. BARBAGLIO, Giuseppe. Pablo de Tarso y los orígenes cristianos. Sígueme. Salamanca 1997. p. 67.

[2] Ibíd., p. 68.

[3] Cfr., Ibíd., p. 68.

[4] Cfr., Ibíd., p. 69.

[5] Ibíd.,  p. 69.

[6] Cfr. Ibíd., p. 69.

[7] Ibíd., p.70.

[8] Cfr.  Ibíd., p.71.

[9] Cfr.  Ibíd., p.72.

[10] Ibíd., p.73.

[11] Cfr.  Ibíd., p.73.

[12] Cfr.  Ibíd., p.74-75.