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El Nacimiento en Belén

Algunas reflexiones en torno a los relatos bíblicos del nacimiento de Jesús, desde una perspectiva mariana feminista.

 

Según San Lucas

 

     Sin la seguridad de una casa, como la cantidad de mujeres en condiciones desfavorecidas, María dio a luz. En un pesebre, comedero de los animales domésticos, colocó al recién nacido. Como pobre, dio a luz entre los pobres, pues los pastores, que según el relato de Lucas 2,1-20 fueron los primeros en acudir a ver al niño, también eran de baja condición económica y social. “La pareja desplazada, el pesebre y los pastores, todo junto, son una clara señal: el Mesías viene de entre la gente humilde de la tierra”[1].

No se da detalle sobre el parto de María, Lucas solo dice “y ella dio a luz”. Podemos preguntarnos por todos los detalles del mismo, por las contracciones, el dolor y cada aspecto y dificultad del parto de una mujer, lo difícil de dar a luz sin la ayuda de una partera y sin un lugar e higiene apropiados. Si bien en los evangelios apócrifos posteriores, se presenta una imagen aparentemente sin dolor  ni esfuerzo alguno, sin embargo de la lectura de Lucas no se desprende tan fácilmente esta idea. Según la teóloga Elizabeth A. Johnson, no hay en él rastro alguno de tal excepcionalidad frente a la condición humana[2]. El dogma de la triple virginidad de María, parecería necesitar de esta inmutabilidad en el cuerpo de María, pero Johnson no considera que sea contrapuesto a que ella comparta con el resto de las mujeres, la experiencia del alumbramiento en circunstancias plenamente humanas, viviendo incluso el riesgo de morir. Varios biblistas piensan que María ofreciendo sacrificio en el templo después del nacimiento (Lc 2,21-40), no tendría sentido si en su cuerpo nada se hubiera alterado. ¿Por qué habría de purificarse si el parto fue totalmente milagroso? “En este alumbramiento se derramó sangre de verdad, por parte de una mujer pobre de una sociedad rural alejada de su casa, que sufre en un parto por primera vez. Y éste fue santo”[3].

Navidad
Nacimiento de Jesús en Belén

Hay dos escenas en las que Lucas nos muestra a María repensando lo que sucedía en su corazón: en ésta luego de marcharse los pastores, y doce años más tarde, luego de haber perdido y hallado a Jesús en el templo (Lc 2,41-52). Según la autora, ambas se relacionan con la revelación progresiva de la identidad de Jesús[4]. María medita en su corazón estos sucesos comprendiendo progresivamente la identidad de su propio hijo. Ella conserva la palabra-acontecimiento, esforzándose por interpretarla en profundidad. No es un oyente superficial, todo lo contrario. Ella nos da el ejemplo de la verdadera actitud del discípulo[5]. A medida que Jesús crecía seguramente ella continuaba dilucidando aquellas palabras del ángel en la anunciación. “María no es capaz de captar desde el principio todo el misterio que la envuelve”[6]. No se contenta con escuchar y ver, ella guarda todo en su corazón. Repiensa e interpreta su vida intentando descubrir lo que Dios ha querido de ella.

De modo similar puede ser también para nosotros el misterio de la presencia de Dios en nuestras vidas. Cuántas veces se nos habrá aparecido a través de personas o acontecimientos cotidianos o extraordinarios, sembrando en nuestro corazón aquella confianza en Dios y, sin embargo, aún no podemos describirla apropiadamente. El ejemplo que nos da María frente al acontecimiento de la venida de Jesús a la vida de los hombres es tan simple como profundo, y a veces, en el ajetreo de la vida, parece complicado encontrar un tiempo para escuchar, ver y guardar en nuestro corazón la presencia del niño Dios que busca nacer en nosotros, pero lamentablemente, más de una vez sólo encuentra un pesebre.

Junto con José y los pastores, María se constituye en testigo de la promesa cumplida. Allí está la paradoja divina anunciada por ella: “el Dios encarnado es un niño sin fuerza, sin poder, a merced de todas las necesidades de cualquier necesitado de este mundo”[7]. La falta de palabras explícitas de María no debe confundirse con una actitud pasiva, sino que representa sobrecogimiento ante el absoluto “misterio de la presencia de Dios en el límite de lo humano”[8]. “Siguiendo La imagen de Lucas de María como discípula ejemplar, las generaciones posteriores verán aquí a una mujer en oración, que contempla activamente la palabra de Dios”[9].

 

Según San Mateo

 

Al igual que Lucas, lo que Mateo pretende en su relato (Mateo 2,1-12), es informarnos sobre la identidad cristológica del niño, no la historia tal cual fue, y ambos lo hacen por vías diferentes. Aquí la llegada de los magos de oriente señala la presencia de la sabiduría, “… técnicamente son magos, un término que se refirió históricamente a gente entendida en mística, en artes sobrenaturales…”[10]. La inserción de la visita de los magos al niño, representa el reconocimiento de muchos, de Jesús como el Mesías, incluso fuera del pueblo judío[11]. “Wainwright sugiere, en vena feminista, que los magos de Mateo pueden evocar la tradición sapiencial de la Escritura y sus muchos puntos de contacto con la religión extranjera,  incluidas las imágenes femeninas de Dios”[12]. Esto no resulta extraño ya que la Santa Sabiduría se emplea en otros pasajes de este evangelio para interpretar a Jesús[13].

Raymond Brown afirma que los magos de oriente representan a los gentiles que llegan a creer en Cristo a través de la revelación de la naturaleza. “Como algunas de las antepasadas de la genealogía de Jesús, ellos indican que Jesús está destinado para los gentiles igual que para los judíos”[14]. Hoy, desde nuestra realidad de cristianos católicos o de otras confesiones cristianas, no podemos olvidar este mensaje de la Escritura: Jesús no es sólo para nosotros, no está únicamente entre nosotros, e incluso, más veces de las que quisiéramos reconocer, lo perdemos por completo. A pesar de ello, por la presencia de su Espíritu, nos sigue buscando, en todas las Marías de la historia, nos sigue golpeando a la puerta buscando un lugar donde nacer.

María está conectada en este pasaje, al primer reconocimiento público de la identidad mesiánica de Jesús, reconocida como madre del niño, y aunque Mateo no le asigna palabras ni actos, su presencia ya implica una “inclusión extraordinaria”[15]. Teniendo en cuenta que Mateo utiliza la palabra “casa” como metáfora de Iglesia, lo que sucede en la casa evoca el ideal de la comunidad, y con el reconocimiento de María en el centro de la escena, se propone el desafío de cambiar los viejos modos patriarcales en la Iglesia, por el compañerismo en el seguimiento de Cristo[16].

 

 

 

 


[1] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2005, 320.

[2] Cfr., Ibíd., 321.

[3] Ibíd.

[4] Cfr., Ibíd., 321-322.

[5] Cfr., Bruno FORTE, María, la mujer icono del misterio. Ensayo de mariología simbólico-narrrativa, Ediciones Sígueme, Salamanca 1993, 87-88.

[6] José C. R. GARCIA PAREDES, Mariología, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995, 105.

[7] M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico-bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 108.

[8] I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética. Ensayo teológico a partir de la mujer y de América Latina, Ediciones Paulinas, Madrid 1988, 86.

[9] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra… 322.

[10] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…281. “La palabra mago describe a alguien capaz de hacer que el poder divino se manifieste de forma concreta, física y tangible a través del milagro personal. […] El mago tiene un poder personal e individual, mientras que el sacerdote o el rabino tienen el poder comunitario ritual. […] Los magos cuestionaban siempre la legitimidad del poder espiritual. Algo curioso es advertir que mientras en el relato del éxodo el faraón se encuentra estrechamente vinculado a los magos, que representaban el poder de los dioses de Egipto, en el relato de Mt 2, quienes están colaborando con Herodes son los sumos sacerdotes y escribas, mientras que los magos de oriente están de parte del auténtico plan de Dios”. José C. R. GARCIA PAREDES, Mariología… 59-60.

[11] Cfr., I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética…72.

[12] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…281.

[13] Cfr., Ibíd.

[14] Ibíd., 282.

[15] Ibíd.

[16] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…283.

Fuentes para reconstruir la vida del Apóstol Pablo

El apóstol Pablo
El apóstol Pablo

Para reconstruir la vida del Apóstol se recurre al libro de los Hechos de los apóstoles y a los datos autobiográficos presentes en sus cartas, principalmente. También pueden tomarse algunos datos de la literatura apócrifa, aunque éstos no son muy dignos de fe, ya que pertenecen más bien al género de novela o leyenda[1].

Las cartas de Pablo (llamado “Corpus Paulinum”) que figuran en el canon son catorce, en las que se suele distinguir entre las consideradas auténticas y las llamadas deuteropaulinas (atribuidas a Pablo por la tradición)[2].

Entre las primeras figuran: la primera carta a los tesalonicenses, primera y     segunda carta a los corintios, filipenses, filemón, la carta a los romanos y a los gálatas. Entre las segundas se encuentran: colosenses, efesios, segunda carta a los tesalonicenses, las cartas pastorales (primera y segunda a Timoteo y Tito), y la denominada “Carta a los hebreos”[3]. También encontramos una pequeña mención en  2° Pedro 3, 14-17 como testimonio de la reputación de Pablo en la primera comunidad eclesial[4].

Dentro de los escritos apócrifos encontramos los hechos de Pablo y tecla (de mediados del s.II), con el estilo de una “novela” cristiana en la cual Pablo es el protagonista, el Apocalipsis de Pablo (del s.III-IV), y el martirio de Pablo (del s.IV-V). También hay datos que aparecen en las Homilías atribuidas a Clemente romano y en las Recogniciones (Reconocimientos) del s.IV, como en las cartas apócrifas que circulan bajo su nombre: a los laodicenses, los colosenses, a los alejandrinos, a la iglesia de Corinto (de los s.III-IV) y la correspondencia epistolar entre Pablo y el filósofo Séneca (s.IV). Todos estos son escritos muy útiles a la hora de ver las interpretaciones que se hacía de Pablo en el ambiente cristiano de los primeros siglos[5].

Es importante tener en cuenta las fuentes literarias, epigráficas, papirológicas y arqueológicas a la hora de lograr la ambientación histórica y cultural de Pablo. Podemos nombrar las obras de Flavio Josefo (particularmente la Guerra judaica, las antigüedades judaicas, la Autobiografía y Contra Apión); los comentarios bíblicos de carácter filosófico de Filón de Alejandría (Contra Flaco, Legatio ad Gaium). A las obras literarias se les puede agregar las inscripciones en las ciudades antiguas como los hallazgos arqueológicos[6].

No todos los textos del Nuevo Testamento son del mismo valor a la hora de     reconstruir la vida de Pablo. Las biografías más difundidas de Pablo se han realizado a partir de los Hechos de los apóstoles, lo cual popularizó la imagen del “Pablo viajero”. Este rasgo se encuentra también en las cartas, sin embargo en ellas aparece más marcada la imagen de Pablo como el gran teólogo, como aquél que lleva el mensaje cristiano a los hombres. En realidad Pablo ha trascendido más que todo como teólogo[7].

Pablo es uno de los personajes de la primera generación cristiana de los que poseemos mayor documentación y entre las fuentes fundamentales encontramos sus cartas. Dentro de estas encontramos algunas con información de mayor credibilidad que otras (los datos que se obtienen de las cartas que no son consideradas como escritas o dictadas por Pablo “…deben verificarse y controlarse mediante la confrontación con el marco histórico reconstruido a partir de las cartas auténticas.”[8]).

La redacción de los Hechos de los apóstoles se remonta unos treinta años después de las primeras cartas de Pablo. Se presentan entre Hechos y las cartas ciertas tensiones o contradicciones como puntos de coincidencia.

Hechos presenta una imagen mucho más idealizada de Pablo, ya que no tiene una finalidad biográfica, sino que se orienta con otras perspectivas[9].

Los datos que se encuentran en las cartas del Apóstol son los más dignos de fe, ya que son dados por él mismo,  sin embargo “…es necesario reconocer que sólo gracias al cuadro de conjunto presentado por el libro de los Hechos es posible coordinar las informaciones fragmentarias y ocasionales que se hallan diseminadas en los escritos de Pablo.”[10] En un segundo momento es útil el análisis de los textos de las fuentes apócrifas y profanas para poder lograr, mediante la confrontación, una reconstrucción confiable del perfil humano y cristiano de Pablo y su obra.

El autor de los Hechos dispone seguramente de ciertas tradiciones sobre el Apóstol que rondaban en las distintas comunidades. Estas tradiciones van desde datos biográficos concretos hasta narraciones en estilo de leyenda. Debe tenerse en cuenta que es muy probable que el autor de los Hechos haya remodelado algunos datos e incluso coloreado con su propio estilo. A pesar de todo, no es correcto renunciar a la información otorgada por este libro porque es posible extraer de él ciertas informaciones dignas de crédito[11]. A pesar de que escribió aproximadamente tres décadas después de la muerte del Apóstol, seguramente habrá comenzado sus investigaciones algún tiempo antes, como él mismo lo afirma en Lc 1, 1-4. “Sin duda que él acompasó a su concepción teológica lo que había encontrado; sin duda que se encontró con informaciones ya modeladas. Con todo, él resulta indispensable.”[12]

“Pisamos suelo especialmente sólido cuando se trata de noticias coincidentes recogidas en cartas de Pablo y en Hechos de los apóstoles.”[13]

 

 

 


[1] Cfr. RIVAS, Luis H. San Pablo. Su vida. Sus cartas. Su teología. San Benito, Buenos Aires 2001. p 11.

[2] Cfr. FABRIS, Rinaldo. Para leer a San Pablo. San Pablo, Bogotá 1996. p 5.

[3] Otra forma de clasificarlas es en cuatro grupos: las auténticas o “protopaulinas” (escritas o dictadas por Pablo: Romanos, 1° y 2° Corintios, Gálatas, 1° Tesalonicenses, Filipenses y Filemón), las de autenticidad problemática o “deuteropaulinas” (que sin duda tienen material paulino, pero se encuentran problemas de atribución  por razones de estilo, históricas y teológicas: Colosenses, Efesios  y 2° tesalonicenses), las pastorales de autenticidad improbable o “tritopaulinas” (a veces se las coloca dentro del segundo grupo, pero el problema de autenticidad es mayor que el de las deuteropaulinas: 1° y 2° Timoteo y Tito), y las no paulinas que sería la Carta a los hebreos (que no es de Pablo, no está dirigida a los hebreos y no es una carta). VANNI, Ugo. Las cartas de Pablo. Ed. Claretiana. Buenos Aires 2002. p 17.

[4] Cfr. VANNI, Ugo. Las cartas de Pablo. Ed. Claretiana. Buenos Aires 2002. p 16.

[5] Cfr. FABRIS, Rinaldo. Para leer a San Pablo. San Pablo, Bogotá 1996. pp  6-8.

[6] Cfr. FABRIS, Rinaldo. Para leer a San Pablo. San Pablo, Bogotá 1996. pp 8-9.

[7] Cfr. RIVAS, Luis H. San Pablo. Su vida. Sus cartas. Su teología. San Benito, Buenos Aires 2001. p 11.

[8] FABRIS, Rinaldo. Para leer a San Pablo. San Pablo, Bogotá 1996. p 6.

[9] Cfr. RIVAS, Luis H. San Pablo. Su vida. Sus cartas. Su teología. San Benito, Buenos Aires 2001. p 12.

[10] FABRIS, Rinaldo. Para leer a San Pablo. San Pablo, Bogotá 1996. p 6.

[11]Cfr. GNILKA, Joachim. Pablo de Tarso, apóstol y testigo. Herder, Barcelona 1998. p 20.

[12] GNILKA, Joachim. Pablo de Tarso, apóstol y testigo. Herder, Barcelona 1998. p 21.

[13] GNILKA, Joachim. Pablo de Tarso, apóstol y testigo. Herder, Barcelona 1998. p 21.