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María, mujer de nuestra historia

¿Podemos intentar formar una memoria de ella diferente? ¿Recordarla más allá de toda la tradición que hemos recibido sobre ella, aunque sin negarla? Existen muchos datos aún por leer en la Escritura y en la misma historia. Si pensamos en ella como una persona singular y concreta, que fue agraciada con una vocación y misión especial, que no la alejó del entorno comunitario en el que desarrolló su vida, quizás encontramos un camino para renovar nuestra propia vida dentro de la Iglesia.

María, mujer de nuestra historia

Este plan implica entenderla como madre tanto como hermana y amiga. Ella es madre de todos los discípulos de Cristo (como lo atestigua Jn 19, 25-27), pero también es nuestra hermana que recibe el Espíritu en comunidad, entre hermanos en la fe (Hch 2,1-21), y es quien, al igual que nosotros, fue progresando y creciendo en la fe a lo largo de toda su vida (Lc 2,19). Tuvo momentos de confusión (Lc 2,48-50), y momentos de gran certeza que la llevaron a dar su sí activa e incondicionalmente (Lc 1,38; Jn 2,3-5), prestando su vida para cumplir la vocación que Dios le había encomendado. Y lo hizo comprometiendo toda su persona. El resultado es el descubrimiento de una María muy humana, lo cual no le quita ninguna dignidad o merito, sino todo lo contrario, y hace aún más rica y preciosa su relación con Dios y con nosotros.

La orientación sería hacia una mariología de lo concreto, pero que busca acercarse a María desde la imaginación creativa, a la vez que intenta reanudar el amarre con la historia humana. Este impulso es sólo un comienzo, hay un largo camino por recorrer y profundizar. Lo importante, es partir desde la convicción de que María pertenece a nuestra raza, como explica Pablo L. Domínguez, y existen una variedad de vínculos que la hermanan a nosotros:

 

Es, pues, una criatura humana, que conoce el progreso en edad, sabiduría y gracia, que hace descubrimientos y tiene también momentos o fases de perplejidad e incomprensión, que experimenta la flaqueza, el dolor y la muerte; las mujeres dirán que es “una de nosotras”, y los pobres, que vivió marginada. Es agraciada en Cristo y pertenece al linaje de los redimidos. La hallamos junto con nosotros en nuestra propia orilla[1].

 

Pero recordarla como verdadera hermana nuestra, no involucra necesariamente un olvido de su singularidad, como elegida por el designio de Dios con identidad y misión inconfundibles[2]. Todo lo contrario, este reconocimiento hace a su persona aún más eminente dentro de la Iglesia, ella se hermana con todos nosotros, siguiendo el ejemplo de su hijo, quien se hermanó de tal modo al género humano, que llegó a dar su vida por nuestra salvación.  Ella es tan humana que no merece ser alejada de su humanidad. Atraviesa la historia, a través de la plena libertad de la que goza[3]. Asumiendo toda la tradición y la historia de su pueblo, todas sus esperanzas y su fe, se muestra flexible ante la nueva propuesta de Dios. Con su acto libre y decidido, recrea ese pasado y se adentra en la plenitud de los tiempos[4]. Es un rasgo de María de gran importancia como ejemplo e inspiración para la teología feminista, y en general, para toda la teología.

Luego de su valiente sí, no permanece pasiva, ella se pregunta, interroga, y se sitúa en el presente asumiendo las consecuencias con verdadera confianza en Dios. No debe haber sido fácil asumir su misión, especialmente siendo mujer en un mundo patriarcal[5]. Pero no estaba sola, también José con su fiat la acompañó, aunque probablemente muchas veces no habrá comprendido lo que sucedía. También tuvo el apoyo de su prima y más adelante, la misma comunidad formada por Jesús. María “[…] realiza su historia en comunión; vive en su pueblo y con su pueblo; con su marido y luego con su hijo y sin su hijo; algunos textos evangélicos nos la presentan en un medio familiar (Lc 8,19)…”[6].

Me pregunto sobre el dolor y el agobio que habrá sentido ante la crucifixión de su hijo, y ante las tribulaciones previas. Sostenida por otras mujeres, algunos parientes o algún discípulo, sin embargo ¿no habrá necesitado y extrañado aún más el sostén y el amor que le brindaba José a ella y al niño años atrás? La pérdida de un hijo es muchas veces mencionada como uno de los dolores más grandes por los que puede atravesar una persona, solo la plena confianza en Dios puede proporcionar la fuerza para pasar por eso. Y aunque José no fuera el padre real de Jesús, el niño se crió en un hogar donde, desde niño, José representaba esa figura paterna. Él era el esposo de María, la ayudó a criar a Jesús y la acompañó por tantas circunstancias peligrosas, que me lleva a imaginarme lo difícil que habrá sido para ella enfrentar ésta, probablemente la más dura circunstancia que tuvo que atravesar, tan indefensa, sin el amor y cuidado de su esposo.

La vida de María es realmente un viaje de fe, “desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica de Jerusalén, en ambos casos trabajó para sobrevivir en condiciones económicas y políticas de opresión”[7]. En la historia de su vida se plasmó el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo. Y la promesa se cumple del modo más pleno: la muerte no tiene la última palabra, “‘ardiendo en una energía innominada’, ella, ‘como todas las demás’, queda facultada para dar testimonio con arrojo, dejando un legado capaz aún de encender los corazones con esperanza en el Dios vivo en medio de un mundo de sufrimiento”[8]. Su vivencia junto a otras mujeres, es otro de los aspectos que se deben recuperar para una memoria más fidedigna sobre María. Vemos cómo la maternidad y la fraternidad son puestas bajo una nueva luz en este contexto. El mismo Jesús en su predicación “…pone el acento en la familia Dei: en escuchar la palabra de Dios y cumplirla. […] lo importante es seguir a Cristo, incluso rompiendo con lazos muy estrechos”[9]. Podemos iluminar su historia comprendiéndola en un medio de amistad con otras mujeres, y descubrirla así también como amiga nuestra. El canto del Magníficat, es un preciado ejemplo, en donde no solo la encontramos alabando como amiga de Dios y profetisa, sino que la “chispa del Espíritu” de Dios salta en medio del encuentro de dos mujeres de fe[10].

En el libro de los Hechos nos encontramos con que “…después de la muerte de Jesús, María y otras mujeres siguen ligadas a los discípulos más íntimos de Jesús, a los doce apóstoles, y probablemente a otros y a otras no mencionados en el texto”[11]. A pesar de que nada se dice después de su participación, sin duda podemos imaginarla constituyendo la Iglesia de Jerusalén, angustiada por las persecuciones judías y romanas, y viviendo en medio de la edificación de esta misma iglesia en compañía de otras mujeres de fe.

Recuperando la conciencia de su historia concreta, podemos recuperar el valor de la historia de cada mujer que hoy busca su protagonismo y su lugar en la vivencia de la fe. A veces resulta extraño este intento de acercarnos así a María. Por mucho tiempo hemos estado acostumbrados a verla como un símbolo, a tal punto, que parecía haber perdido su singularidad, como si no hubiese sido una mujer que vivió realmente las circunstancias de su tiempo, que se alegró y sufrió en el marco de una vida especial y concreta. Sería una gran pérdida subestimar la importancia de un encuentro así con María, no sólo para las mujeres, sino para toda persona de fe.

 


[1] Pablo LARGO DOMINGUEZ, “Panorámica sobre los estudios mariológicos en los últimos quince años”, Ephemérides Mariologicae 54 (2004) 31.

[2] Cfr., Ibíd., 32.

[3] Pueden resultar muy iluminadoras las siguientes palabras de K. Rahner: “El hombre es el ente de naturaleza espiritual receptiva, abierto en cada caso a la historia, que libremente y en cuanto es libre se halla ante el Dios libre de una posible revelación, la cual, caso que tenga lugar, se produce en su historia (y como suprema actualización de ésta) ‘en forma de palabra’. El hombre es el ser que en su historia presta oído a la palabra del Dios libre. Sólo así es el hombre lo que ha de ser”. Karl RAHNER, Oyente de la Palabra. Fundamentos para una filosofía de la religión, Herder, Barcelona 1967, 214. María en su humanidad, es un gran ejemplo en este sentido.

[4] Cfr., M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 113.

[5] Cfr., Ibíd., 114.

[6] Ibíd.

[7] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003,  348.

[8] Ibíd.

[9] Catharina HALKES, “María y las mujeres”, Concilium 188 (1983) 289. Las cursivas son de la autora.

[10] Cfr., Ibíd., 290.

[11] I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética. Ensayo teológico a partir de la mujer y de América Latina, Ediciones Paulinas, Madrid, 1988, 88.