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Magisterio, sensus fidei, teologías

Es interesante lo que Gonzalez Faus reflexiona a causa del análisis de todos los casos de fehacientes errores en la historia del magisterio: muchas veces aún hoy, se ha buscado recuperar algo de ese poder perdido de los siglos del Medioevo, no sólo en una especie de superveniencia de la llamada “papolatría”, que diviniza el poder espiritual del papa, sino también en “la ilusión de una nueva cristiandad”.[1] Dentro del marco del pluralismo que caracteriza al momento histórico en que vivimos, cabe preguntarnos por la legitimidad de dicha ilusión. Además de que no podemos pretender que el mencionado pluralismo, tan manifiesto en cada sector de las sociedades contemporáneas, no se muestre también dentro de la propia estructura eclesial. Sea en cuanto a modos de vivir la fe, a teologías, e incluso a prácticas religiosas, más allá de que de parte de la jerarquía eclesial se insista en la uniformidad, es esencial de cada pueblo su particular modo de encarnar la fe en su cultura.

Si reconocemos que el magisterio es un servicio (ministerio), que tiene la finalidad última de ayudar a la comunidad creyente a permanecer fiel al evangelio, mediante la búsqueda de una interpretación auténtica de la palabra de Dios, no podemos dejar de preguntarnos por la cualidad de dicha fidelidad, es decir, por el modo en que esta misión debe ser llevada a cabo. Ya en 1995, el mismo Juan Pablo II planteaba: “debemos constatar una difundida incomprensión del significado y de la función del magisterio de la Iglesia”.[2] Muchas veces aparece la percepción de que los obispos toman posturas sobre diversos temas sin antes haber realizado la debida escucha y reflexión de los problemas planteados, no sólo por los teólogos, sino también por el pueblo creyente. Sus enseñanzas, así, terminan siendo percibidas como meras defensas de intereses institucionales.

Congregación para la Doctrina de la Fe
Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

 

 

 

 

 

También la teología suele ser vista como lejana a la vida de los fieles, del pueblo que cree, planteando cuestiones que no afectan, o nada tienen que ver con sus vivencias de la fe y la presencia de Dios. Se cuestiona su incidencia en la praxis de la vida de los creyentes, su contacto con ella. Es que “Tanto el magisterio como la teología se deben a la Revelación de Dios en Jesucristo que ha sido acogida mediante la fe. […] en esta distinción entre magisterio y teología hay que reconocer una unidad que la antecede y la determina internamente: y esto es el sensus fidei”.[3] Este sentido de la fe de los creyentes no se trata de la opinión de las mayorías en la Iglesia, sino de la acción del Espíritu generadora de una capacidad especial, en cada creyente y en toda la Iglesia, de comprender y vivir la fe. “El auténtico sensus fidei no se establece estadísticamente, sino por la conformidad de aquello que se cree y vive con el Evangelio de Jesús”,[4] dentro de un proceso de discernimiento que favorece el sobrevenir del consenso de la fe, junto con el magisterio y la teología. Recuperando estas categorías, en relación estrecha con la noción de magisterio, nos encontramos con una forma de revitalizar nuestras comprensiones sobre el mismo dentro de la Iglesia. Al respecto Yves Congar comenta:

 

“En el marco de la vida eclesial, la fe es comunión, y por ende, tanto consenso como obediencia. Se insiste sobre ésta cuando se ve a la Iglesia como una sociedad sometida a una autoridad monárquica; y sobre la recepción-consentimiento cuando se ve a la Iglesia universal como una comunión de Iglesias. Es innegable que la primera concepción [el consenso] estuvo viva durante el primer milenio, y que la segunda [la obediencia] ha dominado en occidente desde la reforma del siglo XI hasta el Vaticano II… Cabe preguntar si [este segundo régimen] hace justicia a ciertos aspectos de la naturaleza de la Iglesia, cuya autenticidad no puede prescribir, y que fueron redescubiertos por el Vaticano II…: 1) La Iglesia universal no puede errar en la fe. 2) El consenso, la unanimidad es un efecto del Espíritu Santo y señal de su presencia”.[5]

 

El título de la obra de  González Faus que citamos al comienzo, nos da una clave muy importante para reflexionar sobre el tema: “La autoridad de la verdad”. La cuestión de la verdad juega un rol contundente, pues el concepto que tengamos de verdad va a influir gravemente en la comprensión eclesial de magisterio, teologías, sensus fidei. Si la tomamos en un sentido lógico, positivo y racional, nos llevará a comprender la verdad de la fe como un conjunto de afirmaciones doctrinales a las cuales habrá que asentir, o de lo contrario, caer en el error. De este modo perdemos de vista la experiencia y el testimonio de la fe. Y dentro de un modelo eclesiológico que privilegie la concepción del magisterio como órgano de autoridad, la verdad se encontrará sólo en manos del papa y los obispos, quienes deberán enseñarla a los fieles, reducidos a una recepción pasiva. Pero la tradición más antigua nos habla de la verdad como acontecimiento, el acontecimiento de Jesús crucificado y resucitado. Es el Espíritu quien nos adentra en ese acontecimiento. Y de este acontecimiento todos los creyentes damos un testimonio verdadero: “Entendida en este sentido la verdad es comunión, compartir y perdonar. Habita en el pueblo entero de los bautizados y encuentra las formas de expresión más diversas”.[6] Esta no es una verdad que pueda asirse en conceptos y definiciones porque “[…] la misma verdad, suscita un testimonio plural”.[7]

Hablamos de teologías, porque no es posible afirmar que haya una teología en tensión con el magisterio y porque en relación a esta concepción de verdad, es inevitable percatarse de las múltiples y plurales formas y tipos de teologías que se pueden encontrar hoy con el magisterio de la Iglesia. La forma en que se encuadre esta relación dentro de una concepción eclesiológica concreta, determinará el resultado, o si se quiere, la mera posibilidad de un verdadero diálogo entre ambos. Hablamos de teologías también porque el magisterio detenta una teología particular, como afirma B. Andrade citando a M. Löhrer: “El conflicto entre magisterio y teología que se percibe en la actualidad es un conflicto entre diferentes tipos de teología”.[8] En el trasfondo se encuentran diferentes concepciones de la Iglesia.

[1]GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, Herder, Barcelona 1996, 46.

[2] JUAN PABLO II, Discurso de S.S. Juan Pablo II a la Asamblea plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, (24 de noviembre de 1995), n.4. Ya en 1980, en su discurso en Altötting, Alemania, Juan Pablo II había pronunciado palabras esperanzadoras sobre la magisterio y la teología: ambas presuponen la fe eclesial, la cual ninguna tiene por sí misma; tienen una tarea diferente, pero no pueden ser reducidos el uno al otro porque prestan su servicio a lo mismo, alimentar la única fe a una única Iglesia. “La teología es una ciencia con todas las posibilidades del conocimiento humano. Es libre en la aplicación de sus métodos y de sus análisis, y su autonomía es irrenunciable” (n.3). Aún más, debe hacer nuevas propuestas como ofrecimiento a toda la Iglesia, aunque haya que corregir o ampliar ciertas cosas, para que puedan ser aceptadas por todos. Estas palabras abren un camino y una tarea por delante. Lamentablemente el discurso sobre el tema se fue desarrollando contrastantemente a esta postura, culminando en la cerrada declaración de la instrucción sobre la Vocación eclesial del teólogo, de la Congregación para la doctrina de la fe. Cfr., ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, en QUEZADA, Javier (Ed.), Desafíos del pluralismo a la unidad y catolicidad de la iglesia, Universidad Iberoamericana, A.C., México, 2002, 130-131.

[3] SILVA S., Joaquín, “Magisterio, Teología y Sensus Fidei”, Humanitas 61 (2011), 95. Para una breve historia de las relaciones entre teología y magisterio ver: ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, 123-128.

[4] Ibíd., 98.

[5] CONGAR, Yves, La “réception” comme  réalité ecclesiologique, en Eglise et papauté, 256-257. Citado en: GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, 221.

[6] ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, 129.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd., 133.

¿Sólo el Magisterio tiene la verdad? Depende de la concepción de Iglesia con que se lo mire…

El poder temporal de los papas ha sido un factor determinante en las decisiones del magisterio y en el acrecentamiento de su ejercicio más al estilo de un emperador que de un  pastor. Del mismo modo, el objetivo de ampliar o mantener ese poder ha sido un importante motor para la toma de determinadas posiciones magisteriales, que en análisis de los casos presentados por González Faus aparece con reincidencia.[1] “[…] desde que los papas adquieren poder político, el ejercicio de la autoridad en la Iglesia se va contaminando de criterios menos evangélicos y, paradójicamente, necesita sacralizarse más”.[2] Sin embargo, recubrirse de un aspecto de sacralidad, utilizando el poder temporal bajo el mandato de ambiciones políticas, hace que nos alejemos y se pierda la primitiva concepción de la Iglesia como comunidad de creyentes y sacramento de salvación. La rigidez del magisterio a lo largo de la historia, y la condena a toda  opinión o postura contraria o diferente a la suya, ha terminado provocando la ruptura intraeclesial.[3]

En cuanto al proceder de los fieles, éste fue regulado canónicamente en el CIC, considerándoseles obligados a someterse a la enseñanza oficial de la Iglesia lo mismo que a las verdades de fe (c.750). Así quedan estrechamente ligadas la aceptación de la fe y la obediencia religiosa, obligando a teólogos y fieles en general, reforzada por la instrucción de la congregación de la Fe Donum veritatis. Al respecto comenta Beinert:

“Es cierto que la instrucción cuenta con la posibilidad de disenso por parte del teólogo. En este contexto, el “diálogo” consiste prácticamente en una sumisa exposición de las propias dificultades a la autoridad, que en ningún caso pueden hacerse públicas y que, en el peor de los casos, acaba en un silentium obsequiosum (silencio respetuoso). Aunque para el documente esto es “ciertamente una dura prueba”, no obstante hay que considerar que, “si se trata de la verdad, ésta acabará abriéndose paso”. Pero en la lógica de estos textos, esto sólo es posible si el magisterio por si mismo espontáneamente llega a una nueva comprensión, no, como sucede en las ciencias naturales, por nuevos conocimientos que procedan de fuera. Por consiguiente, el testimonio de la fe se realiza exclusivamente por un único camino: el magisterio universal”.[4]

Congregación para la Doctrina de la Fe
Congregación para la Doctrina de la Fe.

Se destaca en esta toma de posición semejante intransigencia como ingenuidad ante la ilusión de un Espíritu Santo presente en una pequeñísima fracción de la Iglesia, sin tener en cuenta que “[…] la falta de verdaderos líderes puede ser un impedimento para la asistencia del Espíritu Santo, que siempre actúa a través de mediaciones humanas y no saltándoselas. Dios es una promesa, pero no un privilegio para su iglesia […].”[5] Sin embargo existe un aliciente: cuando sea verdadero, en caso de que lo sea, el magisterio lo formulará. Probablemente unos siglos tardíos, como demuestra el trabajo citado de González Faus, donde constata en muchos de los casos presentados, una reacción del magisterio positiva finalmente, pero que vio la luz recién doscientos años más tarde, o más aún.[6] Esta intransigencia, falta de reacción, o lentitud extrema a la hora de reconocer una posición teológica como verdadera, ha provocado cierta falta de credibilidad en la Iglesia, que suele ser reivindicada, justamente, trayendo a colación los nombres de los que fueron llamados herejes y hoy son, finalmente, reconocidos.[7] En esta misma línea se encuentra la reflexión de Rahner sobre la libertad de la teología, en donde defiende la independencia del teólogo:

“¿Cómo podremos nosotros realizar aún progresos, que son absolutamente necesarios para la eficacia de la fe y de la iglesia, si es que cada progreso empieza siendo desautorizado de un modo positivo por las autoridades de Doctrina de la fe de Roma que, sin embargo, al menos hasta el momento presente, en muchos casos, mantienen una opinión que es objetivamente falsa? ¿Cómo se podían mantener en los tiempos de Pío X unas posturas que hoy defiende toda la exégesis católica del Antiguo y Nuevo Testamento, si es que ellas sólo se hubieran aceptado tras una aprobación previa de la Comisión Bíblica? ¿Cómo se podría haber introducido en la iglesia aquella enseñanza, aún condenada por Pío XII, que defiende la continuidad biológica entre el hombre y el reino animal, si es que todos los teólogos y biólogos entre Darwin y la mitad del siglo XX hubieran tenido que pedir primero el permiso de Roma? Lo que sucede es simplemente esto: que el Magisterio eclesiástico se puede equivocar y que de hecho se ha equivocado muchas veces, incluso en nuestro siglo [siglo XX]; y que esos errores concretos, que dañan el mensaje del Cristianismo, sólo se pueden superar cuando resulta posible una crítica abierta en contra de esos errores, por muy prudente y respetuosa que una crítica como esa deba ser”. [8]

Pero es necesario preguntarse por las consecuencias de aquel modo de entender el magisterio, asociado a una eclesiología determinada, que lejos de parecerse a la eclesiología de communio que presenta Lumen Gentium, se ve enraizada en una concepción jerárquica y patriarcal de la comunidad cristiana, que ha marcado negativamente, y aún lo sigue haciendo, la imagen, autoridad y credibilidad de la Iglesia en el mundo contemporáneo.

La obra de Gonzalez Faus citada al comienzo, realiza una aguda crítica a numerosas actuaciones del magisterio eclesial a lo largo de toda la historia del cristianismo, seleccionando casos paradigmáticos, como otros no tan conocidos. En esa breve reseña histórica,[9] intenta recuperar junto a los errores, los intentos de búsqueda de la verdad contextuando cada caso. A través de este recorrido quiere mostrar la relatividad de la función magisterial, no en cuanto a su importancia, sino en cuanto su historicidad, la que comparte con la comunidad eclesial de la que forma parte y la cual le otorga su sentido.  Vilanova dirá con acierto en la presentación de la obra: “González Faus nos muestra, con intención pastoral, que el magisterio católico no es una entidad divina que escapa a nuestra historia. Interior a la Iglesia histórica, vive de las ambigüedades, de los tanteos, errores, indecisiones, tentaciones…”.[10]

Se trata de recordar la verdadera razón de ser del magisterio de la Iglesia. Porque su actuación a través de los siglos, si no es reconocida y asumida en sus errores, aceptando la posibilidad de que por su contingencia misma pueden repetirse hoy, contribuye a acrecentar un problema teológico de fondo, que desde la modernidad resuena con vehemencia: el problema de la autoridad en la Iglesia, la libertad de palabra en ella y su carácter comunicacional. Apelar al Espíritu Santo para avalar determinadas decisiones sin pasarlas antes por el diálogo verdadero, con la posibilidad del aporte de otras visiones o comprensiones no provenientes de la curia romana, no logra más que desautorizar aquella proposición que se pretendía asegurar simplistamente condenando las “malas influencias” de la ideología del liberalismo filosófico, la opinión pública falsamente orientada y sus conformismos y la pluralidad de las culturas y las lenguas, que puede llevar a malentendidos y sucesivos desacuerdos.[11]

 

 

[1] Peligrosa evolución que inició el papada desde  Gregorio VII y su famoso Dictatus papae (de marzo de 1075), documento que da un giro a la concepción que se tenía del ejercicio del primado de Pedro a lo largo del primer mileno. Cfr., GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, 50.

[2] Ibíd., 21.

[3] El cisma de oriente con Roma, la reforma de Lutero, por dar un par de ejemplos. Cfr., Ibíd., 50-52.

[4] Ibíd., 67-68. Ver: “El problema del disenso”, Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo de la Congregación para la Doctrina de la Fe (1990), 32-41.

[5] GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, 158. Las cursivas son del autor.

[6] Cfr., Ibíd., 109; 117; 134; 164.

[7] Cfr., Ibíd., 178.

[8] RAHNER, Karl, Schriften XV, 1983, 364.

[9] En la que se basa, fundamentalmente, en las siguientes obras de historia de la Iglesia y de la teología: G. ALBERIGO (y otros) Conciliorum oecumenicorum decreta, Herder, Freiburg 1962; Y.-M. CONGAR, Eclesiología desde san Agustín a nuestros días, BAC, Madrid 1976; A. FLICHE – V. MARTIN, Historia de la Iglesia (30 vols.), Edicep, Valencia 1975-1978; H. JEDIN (ed.). Manual de Historia de la Iglesia (10 vols.), Herder, Barcelona 1966-1987;  L. PASTOR, Historia de los papas desde fines de la Edad Media (39 vols.), G. Gili, Barcelona 1910-1961; D. ROPS, La Iglesia de la catedral y la cruzada; La Iglesia del renacimiento y la reforma;La Iglesia de los tiempos clásicos; La Iglesia de las revoluciones, Total de la obra: 9 vols., L. de Caralt, Barcelona 1955-65; E. VILANOVA, Historia de la teología cristiana (3 vols.), Facultat de Teología de Catalunya – Herder, Barcelona 1984-1989 (hay traducción castellana); VV.AA., Historia de la Iglesia católica (4 vols.), BAC, Madrid, 1976-1980; VV.AA., Nueva historia de la Iglesia (5 vols.), Cristiandad, Madrid 1964-1977.

[10] GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, 12.

[11] Cfr., Instrucción sobre la vocación eclesial del teólogo IV, B.

El problema del ejercicio del Magisterio en la Iglesia Católica

A raíz de la importancia que ha adquirido en el último siglo el tema del lenguaje dentro de la filosofía, y sus consecuencias éticas y políticas para la sociedad contemporánea, se ha hecho imperioso, por parte de los teólogos, un planteo cada vez más agudo del tema. No sólo en relación a la pertinencia o no de ciertos lenguajes teológicos, sino también al modo mediante el cual uno u otro se impone y las consecuencias prácticas que éstos conllevan para la vida de la Iglesia.

Magisterio eclesial

Tanto la religión, como la filosofía y la cultura son categorías, más que lingüísticas, existenciales, pues afectan nuestra praxis. Intentando responder a la pregunta por el sentido se constituyen en praxis, experiencia que se sitúa históricamente. Si bien la filosofía se pregunta por los motivos que orientan nuestra acción, por el sentido, la religión además de ello, intenta dar los motivos a nuestra acción. Por esto se constituye en forjadora de la misma, procurando dar las razones que nos asisten  para vivir y pensar de determinada manera, en un determinado tiempo histórico. Los modos en los que se expresa redundarán en el modo en que forjará la vida de quienes se sientes motivados por ella (o dejan de sentirse).

Numerosos puntos críticos se encuentran presentes en gran parte de los reclamos y propuestas que se vienen realizando desde la reflexión teológica, en razón de esta tensión dentro de la iglesia contemporánea, manifestada en la relación entre magisterio y teologías. El texto de José I. González Faus “La autoridad de la verdad”,[1] y una selección de algunos artículos sobre la temática  denotan la importancia que  reflexión sobre el tema  ha adquirido en los últimos años .[2]

Desde el comienzo de la Iglesia como institución se ha establecido el problema o necesidad de la regulación o el velar por la verdad o rectitud de la fe, lo que se encuentra en estrecha relación con el lenguaje utilizado para referirse a ella. Numerosos autores concuerdan en que luego del Concilio Vaticano II, cada vez más, la Iglesia ha utilizado el recurso del magisterio ordinario universal, transformándose en una tendencia corriente en la historia de la fe cristiana al considerarlo una guía segura de su doctrina y ortodoxia. Sin embargo, como bien plantea Gaillardetz, éste manifiesta aún problemas no resueltos.[3] Estos problemas pueden estar relacionados al lenguaje utilizado, tanto como al modo en que éste se comprende, y de hecho se da, en el marco eclesial. En el fondo de la cuestión se encuentra una determinada praxis lingüística y existencial que ha ido determinando la cuestión.

Prometedoras propuestas han surgido durante las últimas décadas, que si bien parecían comenzar a tener resonancia en el magisterio de la Iglesia, lamentablemente denotaron, en los últimos años, no más que la vuelta a una cerrazón irracional y descuidada de las exigencias históricas que hoy se presentan a la Iglesia y que cargan una llamada urgente a su credibilidad en el mundo contemporáneo.

En los próximos posts reflexionaré en torno al diálogo, la obediencia y la autoridad, conceptos claves para la asimilación de la problemática planteada, como también  las críticas de no pocos autores que muestran el creciente malestar con respecto a las últimas posturas de la Iglesia, especialmente antes del suceso “Francisco”.

[1] GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, Herder, Barcelona 1996. El autor muestra una visión panorámica a través de un recorrido histórico que, aunque no exhaustivo, resulta buen ilustrador, seguido de una reflexión crítica de esa misma historia. Si bien la obra data del año 1996, realiza un planteo fundamental que continúa vigente en la situación actual de la Iglesia y la teología, y que se ve reflejado en numerosos artículos de fecha más reciente que aparecen citados en la siguiente nota.

[2] BEINERT, Wolfgang, “Diálogo y obediencia en la Iglesia”, Selecciones de  Teología 153 (2000), 61-70 [Stimmen der Zeit 216 (1998) 313-328]; DUQUOC, Christian, “Precariedad  institucional y Reino de Dios. Un ensayo eclesiológico”, Selecciones de Teología 160 (2001), 251-260 [Études 393 (2000) 499-511]; DEMEL, Sabine, “Libertad de expresión y obediencia cristiana: ¿La cuadratura del círculo?”, Selecciones de Teología 161 (2002), 58-68 [Münchener Theologische Zeitschrift, 50 (1999) 259-273]; NIEMANN, Franz Joseph, “La relación entre teología y magisterio”, Selecciones de Teología 164 (2002), 293-302 [Stimmen der Zeit 126 (2001) 17-29]; JONCHERAY, Jean, “¿Pertenencia parcial a la Iglesia?”, Selecciones de Teología 170 (2004), 117-128 [Revue théologique de Louvain 34 (2003) 43-63]; GAILLARDETZ, Richard, R., “El magisterio ordinario universal: problemas no resueltos”, Selecciones de Teología 171 (2004), 171-186 [Theological Studies 63 (2002) 447-471]; MACCISE, O.C.D., Camilo, “La violencia en la Iglesia”, Selecciones de Teología 171 (2004), 187-193 [Testimonio 200 (2003) 41- 49]; VILANOVA, O.S.B., Evangelista, “La tensión pertenencia/libertad”, Selecciones de Teología 176 (2005), 321-330 [Iglesia Viva 218 (2004) 27-41]; TIHON, S.J., Paul, “¿Creer gracias a la Iglesia? ¿Creer a pesar de la Iglesia?”, Selecciones de Teología 179(2006), 163-171 [Lumen Vitae 49 (2004) 403-414]; SILVA S., Joaquín, “Magisterio, Teología y Sensus Fidei”, Humanitas 61 (2011) 94-99.

[3] GAILLARDETZ, Richard, R., El magisterio ordinario universal: problemas no resueltos, Selecciones de Teología, 171 (2004), 171-186 [Theological Studies 63 (2002) 447-471].

Benedicto XVI, ¿Debilidad o grandeza?

Con motivo del reciente acontecimiento de la renuncia del papa Benedicto XVI, me pareció muy oportuno compartir la reflexión de R. Velasco:”Un papa más humano”,  publicada en el diario La Voz, ya que la considero muy justa y cercana a mi propia opinión sobre el tema.
“Desde la Iglesia hemos acostumbrado “canonizar” a los papas en vida, transformándolos, en la práctica, en una suerte de semidioses: un poco abajo de Dios, arriba de los hombres. No es así. Los papas son seres humanos. Benedicto lo ha dejado claro.”

http://www.lavoz.com.ar/opinion/papa-mas-humano

15/02/2013 00:01 | Rafael Velasco (Rector de la Universidad Católica de Córdoba)

 

 

“La noticia de la renuncia del papa Benedicto XVI ha impactado no sólo a la Iglesia Católica sino también a buena parte del mundo occidental. Es algo inusual.

Benedicto XVI durante sus vacaciones anuales en Bressanone, en el norte de Italia, el 31 de julio de 2008. REUTERS/Osservatore Romano

Rápidamente se han hecho ­suposiciones y se ha comenzado ­
–bajo la lógica de “a rey muerto, rey puesto”– con los pronósticos 
en torno de su sucesor. Suele o­currir.

Sin embargo, quiero remarcar algunas cosas al respecto. La renuncia de Benedicto XVI es un acto de lucidez y de grandeza.

De lucidez, por darse cuenta con claridad no sólo de que sus fuerzas no lo acompañan, sino también porque reconoce que este mundo tan cambiante necesita de otro ­liderazgo eclesial. Hay lucidez para comprender su inadecuación a un tiempo eclesial y social muy complejo.

Pero no hay sólo lucidez (algo propio del profesor Joseph Ratzinger) sino también grandeza: para dar el paso al costado, para renunciar y tomar la decisión acorde con lo que ha visto con claridad delante de Dios.

En tiempos de “vamos por todo”, es un signo fuerte que alguien que “lo tiene todo” (todo el poder espiritual sobre 1.100 millones de católicos) lo deje todo y se quede sin nada y se recluya en un monasterio para orar y estudiar. Llama la atención.

Un pastor en medio de lobos. Es verdad que el hombre ha tenido que padecer mucho a manos de los “lobos vaticanos” como decía hace un tiempo L’Osservatore Romano ; y eso lo ha desgastado, sin dudas. Pero en tiempos en que todos se aferran a sus cargos y sus privilegios, el hombre se decide a renunciar. Un acto de grandeza que revela una ­profunda riqueza interior. Esa ri­queza que per­mite renunciar al poder, al honor y a todo lo que eso trae consigo, 
es rara avis en nuestros días. Y Benedicto XVI ha dado muestras de poseerla.

Vicario 
de Pedro. Pero hay algo más: siempre se le ha criticado, tal vez no sin razón, que Benedicto era un papa frío, un profesor universitario en el lugar del pastor.

Tal vez algo de verdad hay en eso. Como también son ciertos los retrocesos litúrgicos y teológicos y su marcada tendencia a privilegiar la tradición por encima de la apertura.

Sin embargo, más allá de todo, el Papa ha hecho de algún modo un gesto profético: puso de manifiesto que es un ser humano. Un ser humano que se cansa, al que sus fuerzas no lo acompañan, un hombre que sufre, que no tiene todas las respuestas, que se reconoce limitado.

Desde la Iglesia hemos acostumbrado “canonizar” a los papas en vida, transformándolos, en la práctica, en una suerte de semidioses: un poco abajo de Dios, arriba de los hombres. No es así. Los papas son seres humanos. Benedicto lo ha dejado claro.

Los papas son hombres, sucesores del limitado pescador de Galilea que negó a su maestro y a su vez lo amó hasta dar su vida. El Papa es el vicario de Pedro, el que está en su lugar –como obispo de Roma– y es tan humano como Pedro.

Los “vicarios de Cristo”, sus ­representantes –según Jesús–, 
son los pobres. Él dijo que cuanto hicimos a uno de los más pequeños (pobres, enfermos, presos, hambrientos, ­inmigrantes…) se lo hicimos a él. A Pedro, en cambio, lo deja como piedra de la Iglesia.

Humanidad. Con su gesto, Benedicto XVI nos devuelve al hombre débil, vicario de Pedro, que reconoce su flaqueza y confía en el Señor y en su Iglesia que sabrá elegir al más apto, al que el Espíritu de Dios inspire, si los cardenales eligen con fe y dejan de lado las especulaciones políticas, las mezquindades y las reyertas 
de poder a las que parecen tan a­fectos no pocos encumbrados ­eclesiásticos.

Finalmente, con su renuncia, Benedicto XVI ha despertado la admiración de muchos que no ­siempre coincidieron con él. Tal vez esto se deba a lo evangélico de su gesto.

Más allá de todo lo que se le pueda criticar en su pontificado, “el frío profesor” ha dado su última y más cálida lección: una clase de lucidez, de grandeza y de humanidad. Paradójicamente, Benedicto XVI ha resultado ser un papa más humano.”

El Nacimiento en Belén

Algunas reflexiones en torno a los relatos bíblicos del nacimiento de Jesús, desde una perspectiva mariana feminista.

 

Según San Lucas

 

     Sin la seguridad de una casa, como la cantidad de mujeres en condiciones desfavorecidas, María dio a luz. En un pesebre, comedero de los animales domésticos, colocó al recién nacido. Como pobre, dio a luz entre los pobres, pues los pastores, que según el relato de Lucas 2,1-20 fueron los primeros en acudir a ver al niño, también eran de baja condición económica y social. “La pareja desplazada, el pesebre y los pastores, todo junto, son una clara señal: el Mesías viene de entre la gente humilde de la tierra”[1].

No se da detalle sobre el parto de María, Lucas solo dice “y ella dio a luz”. Podemos preguntarnos por todos los detalles del mismo, por las contracciones, el dolor y cada aspecto y dificultad del parto de una mujer, lo difícil de dar a luz sin la ayuda de una partera y sin un lugar e higiene apropiados. Si bien en los evangelios apócrifos posteriores, se presenta una imagen aparentemente sin dolor  ni esfuerzo alguno, sin embargo de la lectura de Lucas no se desprende tan fácilmente esta idea. Según la teóloga Elizabeth A. Johnson, no hay en él rastro alguno de tal excepcionalidad frente a la condición humana[2]. El dogma de la triple virginidad de María, parecería necesitar de esta inmutabilidad en el cuerpo de María, pero Johnson no considera que sea contrapuesto a que ella comparta con el resto de las mujeres, la experiencia del alumbramiento en circunstancias plenamente humanas, viviendo incluso el riesgo de morir. Varios biblistas piensan que María ofreciendo sacrificio en el templo después del nacimiento (Lc 2,21-40), no tendría sentido si en su cuerpo nada se hubiera alterado. ¿Por qué habría de purificarse si el parto fue totalmente milagroso? “En este alumbramiento se derramó sangre de verdad, por parte de una mujer pobre de una sociedad rural alejada de su casa, que sufre en un parto por primera vez. Y éste fue santo”[3].

Navidad
Nacimiento de Jesús en Belén

Hay dos escenas en las que Lucas nos muestra a María repensando lo que sucedía en su corazón: en ésta luego de marcharse los pastores, y doce años más tarde, luego de haber perdido y hallado a Jesús en el templo (Lc 2,41-52). Según la autora, ambas se relacionan con la revelación progresiva de la identidad de Jesús[4]. María medita en su corazón estos sucesos comprendiendo progresivamente la identidad de su propio hijo. Ella conserva la palabra-acontecimiento, esforzándose por interpretarla en profundidad. No es un oyente superficial, todo lo contrario. Ella nos da el ejemplo de la verdadera actitud del discípulo[5]. A medida que Jesús crecía seguramente ella continuaba dilucidando aquellas palabras del ángel en la anunciación. “María no es capaz de captar desde el principio todo el misterio que la envuelve”[6]. No se contenta con escuchar y ver, ella guarda todo en su corazón. Repiensa e interpreta su vida intentando descubrir lo que Dios ha querido de ella.

De modo similar puede ser también para nosotros el misterio de la presencia de Dios en nuestras vidas. Cuántas veces se nos habrá aparecido a través de personas o acontecimientos cotidianos o extraordinarios, sembrando en nuestro corazón aquella confianza en Dios y, sin embargo, aún no podemos describirla apropiadamente. El ejemplo que nos da María frente al acontecimiento de la venida de Jesús a la vida de los hombres es tan simple como profundo, y a veces, en el ajetreo de la vida, parece complicado encontrar un tiempo para escuchar, ver y guardar en nuestro corazón la presencia del niño Dios que busca nacer en nosotros, pero lamentablemente, más de una vez sólo encuentra un pesebre.

Junto con José y los pastores, María se constituye en testigo de la promesa cumplida. Allí está la paradoja divina anunciada por ella: “el Dios encarnado es un niño sin fuerza, sin poder, a merced de todas las necesidades de cualquier necesitado de este mundo”[7]. La falta de palabras explícitas de María no debe confundirse con una actitud pasiva, sino que representa sobrecogimiento ante el absoluto “misterio de la presencia de Dios en el límite de lo humano”[8]. “Siguiendo La imagen de Lucas de María como discípula ejemplar, las generaciones posteriores verán aquí a una mujer en oración, que contempla activamente la palabra de Dios”[9].

 

Según San Mateo

 

Al igual que Lucas, lo que Mateo pretende en su relato (Mateo 2,1-12), es informarnos sobre la identidad cristológica del niño, no la historia tal cual fue, y ambos lo hacen por vías diferentes. Aquí la llegada de los magos de oriente señala la presencia de la sabiduría, “… técnicamente son magos, un término que se refirió históricamente a gente entendida en mística, en artes sobrenaturales…”[10]. La inserción de la visita de los magos al niño, representa el reconocimiento de muchos, de Jesús como el Mesías, incluso fuera del pueblo judío[11]. “Wainwright sugiere, en vena feminista, que los magos de Mateo pueden evocar la tradición sapiencial de la Escritura y sus muchos puntos de contacto con la religión extranjera,  incluidas las imágenes femeninas de Dios”[12]. Esto no resulta extraño ya que la Santa Sabiduría se emplea en otros pasajes de este evangelio para interpretar a Jesús[13].

Raymond Brown afirma que los magos de oriente representan a los gentiles que llegan a creer en Cristo a través de la revelación de la naturaleza. “Como algunas de las antepasadas de la genealogía de Jesús, ellos indican que Jesús está destinado para los gentiles igual que para los judíos”[14]. Hoy, desde nuestra realidad de cristianos católicos o de otras confesiones cristianas, no podemos olvidar este mensaje de la Escritura: Jesús no es sólo para nosotros, no está únicamente entre nosotros, e incluso, más veces de las que quisiéramos reconocer, lo perdemos por completo. A pesar de ello, por la presencia de su Espíritu, nos sigue buscando, en todas las Marías de la historia, nos sigue golpeando a la puerta buscando un lugar donde nacer.

María está conectada en este pasaje, al primer reconocimiento público de la identidad mesiánica de Jesús, reconocida como madre del niño, y aunque Mateo no le asigna palabras ni actos, su presencia ya implica una “inclusión extraordinaria”[15]. Teniendo en cuenta que Mateo utiliza la palabra “casa” como metáfora de Iglesia, lo que sucede en la casa evoca el ideal de la comunidad, y con el reconocimiento de María en el centro de la escena, se propone el desafío de cambiar los viejos modos patriarcales en la Iglesia, por el compañerismo en el seguimiento de Cristo[16].

 

 

 

 


[1] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2005, 320.

[2] Cfr., Ibíd., 321.

[3] Ibíd.

[4] Cfr., Ibíd., 321-322.

[5] Cfr., Bruno FORTE, María, la mujer icono del misterio. Ensayo de mariología simbólico-narrrativa, Ediciones Sígueme, Salamanca 1993, 87-88.

[6] José C. R. GARCIA PAREDES, Mariología, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995, 105.

[7] M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico-bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 108.

[8] I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética. Ensayo teológico a partir de la mujer y de América Latina, Ediciones Paulinas, Madrid 1988, 86.

[9] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra… 322.

[10] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…281. “La palabra mago describe a alguien capaz de hacer que el poder divino se manifieste de forma concreta, física y tangible a través del milagro personal. […] El mago tiene un poder personal e individual, mientras que el sacerdote o el rabino tienen el poder comunitario ritual. […] Los magos cuestionaban siempre la legitimidad del poder espiritual. Algo curioso es advertir que mientras en el relato del éxodo el faraón se encuentra estrechamente vinculado a los magos, que representaban el poder de los dioses de Egipto, en el relato de Mt 2, quienes están colaborando con Herodes son los sumos sacerdotes y escribas, mientras que los magos de oriente están de parte del auténtico plan de Dios”. José C. R. GARCIA PAREDES, Mariología… 59-60.

[11] Cfr., I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética…72.

[12] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…281.

[13] Cfr., Ibíd.

[14] Ibíd., 282.

[15] Ibíd.

[16] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…283.

María, mujer de nuestra historia

¿Podemos intentar formar una memoria de ella diferente? ¿Recordarla más allá de toda la tradición que hemos recibido sobre ella, aunque sin negarla? Existen muchos datos aún por leer en la Escritura y en la misma historia. Si pensamos en ella como una persona singular y concreta, que fue agraciada con una vocación y misión especial, que no la alejó del entorno comunitario en el que desarrolló su vida, quizás encontramos un camino para renovar nuestra propia vida dentro de la Iglesia.

María, mujer de nuestra historia

Este plan implica entenderla como madre tanto como hermana y amiga. Ella es madre de todos los discípulos de Cristo (como lo atestigua Jn 19, 25-27), pero también es nuestra hermana que recibe el Espíritu en comunidad, entre hermanos en la fe (Hch 2,1-21), y es quien, al igual que nosotros, fue progresando y creciendo en la fe a lo largo de toda su vida (Lc 2,19). Tuvo momentos de confusión (Lc 2,48-50), y momentos de gran certeza que la llevaron a dar su sí activa e incondicionalmente (Lc 1,38; Jn 2,3-5), prestando su vida para cumplir la vocación que Dios le había encomendado. Y lo hizo comprometiendo toda su persona. El resultado es el descubrimiento de una María muy humana, lo cual no le quita ninguna dignidad o merito, sino todo lo contrario, y hace aún más rica y preciosa su relación con Dios y con nosotros.

La orientación sería hacia una mariología de lo concreto, pero que busca acercarse a María desde la imaginación creativa, a la vez que intenta reanudar el amarre con la historia humana. Este impulso es sólo un comienzo, hay un largo camino por recorrer y profundizar. Lo importante, es partir desde la convicción de que María pertenece a nuestra raza, como explica Pablo L. Domínguez, y existen una variedad de vínculos que la hermanan a nosotros:

 

Es, pues, una criatura humana, que conoce el progreso en edad, sabiduría y gracia, que hace descubrimientos y tiene también momentos o fases de perplejidad e incomprensión, que experimenta la flaqueza, el dolor y la muerte; las mujeres dirán que es “una de nosotras”, y los pobres, que vivió marginada. Es agraciada en Cristo y pertenece al linaje de los redimidos. La hallamos junto con nosotros en nuestra propia orilla[1].

 

Pero recordarla como verdadera hermana nuestra, no involucra necesariamente un olvido de su singularidad, como elegida por el designio de Dios con identidad y misión inconfundibles[2]. Todo lo contrario, este reconocimiento hace a su persona aún más eminente dentro de la Iglesia, ella se hermana con todos nosotros, siguiendo el ejemplo de su hijo, quien se hermanó de tal modo al género humano, que llegó a dar su vida por nuestra salvación.  Ella es tan humana que no merece ser alejada de su humanidad. Atraviesa la historia, a través de la plena libertad de la que goza[3]. Asumiendo toda la tradición y la historia de su pueblo, todas sus esperanzas y su fe, se muestra flexible ante la nueva propuesta de Dios. Con su acto libre y decidido, recrea ese pasado y se adentra en la plenitud de los tiempos[4]. Es un rasgo de María de gran importancia como ejemplo e inspiración para la teología feminista, y en general, para toda la teología.

Luego de su valiente sí, no permanece pasiva, ella se pregunta, interroga, y se sitúa en el presente asumiendo las consecuencias con verdadera confianza en Dios. No debe haber sido fácil asumir su misión, especialmente siendo mujer en un mundo patriarcal[5]. Pero no estaba sola, también José con su fiat la acompañó, aunque probablemente muchas veces no habrá comprendido lo que sucedía. También tuvo el apoyo de su prima y más adelante, la misma comunidad formada por Jesús. María “[…] realiza su historia en comunión; vive en su pueblo y con su pueblo; con su marido y luego con su hijo y sin su hijo; algunos textos evangélicos nos la presentan en un medio familiar (Lc 8,19)…”[6].

Me pregunto sobre el dolor y el agobio que habrá sentido ante la crucifixión de su hijo, y ante las tribulaciones previas. Sostenida por otras mujeres, algunos parientes o algún discípulo, sin embargo ¿no habrá necesitado y extrañado aún más el sostén y el amor que le brindaba José a ella y al niño años atrás? La pérdida de un hijo es muchas veces mencionada como uno de los dolores más grandes por los que puede atravesar una persona, solo la plena confianza en Dios puede proporcionar la fuerza para pasar por eso. Y aunque José no fuera el padre real de Jesús, el niño se crió en un hogar donde, desde niño, José representaba esa figura paterna. Él era el esposo de María, la ayudó a criar a Jesús y la acompañó por tantas circunstancias peligrosas, que me lleva a imaginarme lo difícil que habrá sido para ella enfrentar ésta, probablemente la más dura circunstancia que tuvo que atravesar, tan indefensa, sin el amor y cuidado de su esposo.

La vida de María es realmente un viaje de fe, “desde su domicilio aldeano en Nazaret hasta la Iglesia doméstica de Jerusalén, en ambos casos trabajó para sobrevivir en condiciones económicas y políticas de opresión”[7]. En la historia de su vida se plasmó el cumplimiento de las promesas hechas por Dios a su pueblo. Y la promesa se cumple del modo más pleno: la muerte no tiene la última palabra, “‘ardiendo en una energía innominada’, ella, ‘como todas las demás’, queda facultada para dar testimonio con arrojo, dejando un legado capaz aún de encender los corazones con esperanza en el Dios vivo en medio de un mundo de sufrimiento”[8]. Su vivencia junto a otras mujeres, es otro de los aspectos que se deben recuperar para una memoria más fidedigna sobre María. Vemos cómo la maternidad y la fraternidad son puestas bajo una nueva luz en este contexto. El mismo Jesús en su predicación “…pone el acento en la familia Dei: en escuchar la palabra de Dios y cumplirla. […] lo importante es seguir a Cristo, incluso rompiendo con lazos muy estrechos”[9]. Podemos iluminar su historia comprendiéndola en un medio de amistad con otras mujeres, y descubrirla así también como amiga nuestra. El canto del Magníficat, es un preciado ejemplo, en donde no solo la encontramos alabando como amiga de Dios y profetisa, sino que la “chispa del Espíritu” de Dios salta en medio del encuentro de dos mujeres de fe[10].

En el libro de los Hechos nos encontramos con que “…después de la muerte de Jesús, María y otras mujeres siguen ligadas a los discípulos más íntimos de Jesús, a los doce apóstoles, y probablemente a otros y a otras no mencionados en el texto”[11]. A pesar de que nada se dice después de su participación, sin duda podemos imaginarla constituyendo la Iglesia de Jerusalén, angustiada por las persecuciones judías y romanas, y viviendo en medio de la edificación de esta misma iglesia en compañía de otras mujeres de fe.

Recuperando la conciencia de su historia concreta, podemos recuperar el valor de la historia de cada mujer que hoy busca su protagonismo y su lugar en la vivencia de la fe. A veces resulta extraño este intento de acercarnos así a María. Por mucho tiempo hemos estado acostumbrados a verla como un símbolo, a tal punto, que parecía haber perdido su singularidad, como si no hubiese sido una mujer que vivió realmente las circunstancias de su tiempo, que se alegró y sufrió en el marco de una vida especial y concreta. Sería una gran pérdida subestimar la importancia de un encuentro así con María, no sólo para las mujeres, sino para toda persona de fe.

 


[1] Pablo LARGO DOMINGUEZ, “Panorámica sobre los estudios mariológicos en los últimos quince años”, Ephemérides Mariologicae 54 (2004) 31.

[2] Cfr., Ibíd., 32.

[3] Pueden resultar muy iluminadoras las siguientes palabras de K. Rahner: “El hombre es el ente de naturaleza espiritual receptiva, abierto en cada caso a la historia, que libremente y en cuanto es libre se halla ante el Dios libre de una posible revelación, la cual, caso que tenga lugar, se produce en su historia (y como suprema actualización de ésta) ‘en forma de palabra’. El hombre es el ser que en su historia presta oído a la palabra del Dios libre. Sólo así es el hombre lo que ha de ser”. Karl RAHNER, Oyente de la Palabra. Fundamentos para una filosofía de la religión, Herder, Barcelona 1967, 214. María en su humanidad, es un gran ejemplo en este sentido.

[4] Cfr., M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 113.

[5] Cfr., Ibíd., 114.

[6] Ibíd.

[7] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003,  348.

[8] Ibíd.

[9] Catharina HALKES, “María y las mujeres”, Concilium 188 (1983) 289. Las cursivas son de la autora.

[10] Cfr., Ibíd., 290.

[11] I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética. Ensayo teológico a partir de la mujer y de América Latina, Ediciones Paulinas, Madrid, 1988, 88.

 

Iglesia, mujeres y renovación

La renovación de la Iglesia
“La teología hecha por mujeres es un hecho que está renovando y transformando la Iglesia desde dentro…”

Leyendo una entrevista realizada a José María Castillo, teólogo de la liberación y jesuita hasta el año pasado, me encontré sorprendida por algunas de sus opiniones. Soy simpatizante de la teología de la liberación en numerosos aspectos. Creo que ha sido y es una fuerza renovadora dentro de la teología, de la Iglesia y la sociedad. Sin embargo no acuerdo con algunas ideas allí planteadas, que me parecieron más fundadas en prejuicios y resentimientos comunes, que en argumentos fundamentados.

Quejarse de la preocupación de la Iglesia por el uso del preservativo, replicando que en lugar de ello, debería preocuparse por los niños que mueren a diario en el mundo no es lógico. Mostrar preocupación por un tema no creo que sea suficiente como para afirmar que se ha perdido preocupación sobre otro. La Iglesia, todos los que formamos parte de ella, sin negar las prioridades, tenemos la obligación de ocuparnos de ambos temas. Además el no estar de acuerdo con una determinada postura no significa que el asunto en cuestión –el uso del preservativo en este caso- pierda importancia, pues atañe al Hombre y todo lo que atañe al Hombre incumbe a la Iglesia, nos incumbe.

No estoy de acuerdo en la afirmación de que la Iglesia es hoy más conservadora que hace treinta años, al menos no en todos los ámbitos. Mi visión es latinoamericana, argentina, más específicamente, y puedo observar a mi alrededor tanto conservadurismo como progreso y visiones aggiornadas y clarividentes dentro de la Iglesia y las Instituciones católicas. En toda institución tan grande como la Iglesia católica (a la cuál considero un gran desatino compararla con una empresa multinacional) es natural que existan ambas visiones o más. Todos los que participamos de ella debemos ocuparnos de que esa tensión la lleve hacia adelante y hacia Dios.

Quitarle valor y subestimar las posibilidades de progreso de la iglesia, circunscribiéndolas únicamente al Papa y los cardenales, y atribuirlas a su edad es una clara consecuencia del menosprecio a la vejez propio de la cultura actual, el cual considero prejuicioso y falto de esperanza. El real problema de la Iglesia católica no gira únicamente alrededor de su pontífice, sino en la suma de cristianos que nos llamamos católicos frente a otros y con nuestra incoherencia de vida somos incapaces de dar testimonio del amor de Cristo.

Comparto el reclamo de que los laicos y las mujeres deberían tener mayor participación dentro de la Iglesia institución, pero no podría impugnar más la incomprensión sobre el cómo las mujeres, a pesar de ser tan marginadas y excluidas de los ámbitos de decisión, continúan yendo a la iglesia. Como si ser católico y celebrar nuestra fe en Jesucristo encontrara su única razón de ser en la participación del “poder” dentro de la Iglesia. Hay muchas instancias de poder dentro de la Iglesia, no sólo el oficio del Papa. Pero el mayor poder de la Iglesia es el amor de Cristo, y del mismo participamos cuantos tenemos fe en Él. Con esto no intento, tratando de torcer la mirada hacia una argumentación engañosa, desprestigiar los legítimos reclamos de los laicos, y de las mujeres especialmente, hacia la jerarquía eclesial. Concibo como altamente importante esta lucha de las mujeres por su voz, siempre y cuando no perdamos de vista cómo y por qué nació la Iglesia y quién es el que la anima: el Espíritu Santo. A Él todos tenemos acceso, no se niega a quienes lo buscan con verdadera disposición, y es por el cual hoy podemos estar alzando nuestras voces, clamando y reclamando nuestra palabra.

Hace algunos años a nivel internacional, y un poco más tarde en la Argentina, la preocupación por la posición de la mujer dentro de la Iglesia y la teología se ha ido abriendo camino en numerosas universidades católicas o generando sus propios grupos de estudio e investigación, en el ámbito católico y en el evangélico, como paneles, foros, seminarios, grupos ecuménicos, etc. Realizados por la SAT-Sociedad Argentina de Teología-, el Isedet -Facultad Ecuménica de Estudios Teológicos, Buenos Aires-, la Universidad Católica de Córdoba, y en la Facultad de Teología de la UCA (2004), entre otros. Muy importante ha sido el proyecto colectivo de investigación Teologanda cuyo tema ha sido El itinerario de las mujeres en la teología de América Latina, el Caribe y Estados Unidos. La teología hecha por mujeres es un hecho que está renovando y transformando la Iglesia  desde dentro en diversos lugares del mundo y se encuentra en estrecha relación con la promoción del laicado y de las mujeres en la Iglesia.

 

Mons. Enrique Angelelli: “Todo Concilio en la Iglesia es también una metanoia de la comunidad cristiana” (Dr. Luis O. Liberti)

Comentario sobre una ponencia de las III Jornadas Interdisciplinarias: “Cultura-Sociedad-Iglesia. A cuarenta años del Concilio Vaticano II” realizadas en la Universidad Católica de Córdoba, 4 y 5 de junio de 2005.

En esta ponencia el Dr. Luis O. Liberti  analiza un texto de Mons. Enrique Angelelli en el cual, este último, deja plasmadas algunas reflexiones personales acerca del Concilio Ecuménico Vaticano II.[1]

Monseñor Angelelli
Monseñor Angelelli

El ministerio episcopal de Angelelli fue una presencia misionera con incidencia histórica. En él muestra la necesidad de un compromiso con el “hoy” de la historia que invita a superar todo eclesiocentrismo, como lo expresa en este escrito. En él habla de lo que podría sobrevenir a la Iglesia, a partir del nuevo camino que acababa de iniciar al salir al encuentro de la cultura y la historia de la humanidad.

El Dr. Liberti desarrolla su reflexión en dos momentos: el primero, en el que presenta algunas de las reflexiones de Mons. Angelelli; y el segundo, en el que subraya tres ítems sugeridos por el mismo autor, a fin de que la Iglesia postconciliar sea consecuente con el proyecto evangelizador emprendido por el Concilio Vaticano II. Estos tres ítems serían los siguientes:

  • La actualización y la dinámica recepción de la letra y del espíritu del magisterio conciliar
  • el servicio como impronta y criterio evangelizador
  • la respuesta al hoy de la historia de la humanidad como Iglesia abierta a los signos de los tiempos.

La óptica desde la cual trabaja todo el texto es la de la conversión como palabra clave, que se refiere en éste caso a mirar el Concilio como algo no acabado.

Según el mismo Liberti, Angelelli interpreta esta conversión como metanoia[2]: volver a las fuentes (lo que se va dando como trabajo procesual del Concilio). Se trata de un proyecto de búsqueda no cerrado.

En el texto Mons. Angelelli subraya que la Iglesia debe situarse en la “hora histórica”  y ensaya algunas respuestas que surgen de la letra como del espíritu del Concilio. Desde este punto de vista se hace clara la necesidad de conversión en la Iglesia para cumplir con su misión de predicar sin olvidar, las Fuentes.

Monseñor pudo participar en diversos períodos del Concilio Vaticano II (1962, 1964 y 1965), vivió el Concilio como padre conciliar, por lo tanto como un proceso, como una construcción. En sus reflexiones trata de descubrir el impacto del Concilio tanto en la Iglesia como en el mundo. Subraya ante todo, para una adecuada interpretación del Concilio en su letra y su espíritu, la necesidad de una conversión eclesial. El fundamento de dicha conversión será el retorno a las fuentes y afirma que “todo Concilio en la Iglesia es también una metanoia de la Comunidad Cristiana”.[3] Serán necesarias actitudes y acciones nuevas, fundamentalmente el diálogo. Para esto el idioma que deberá usar la Iglesia no podrá ser un idioma triunfalista, sino el mismo que usaba Jesús.

Sugiere que el espíritu conciliar de apertura al mundo deberá darse también en el interior de la Iglesia. Más allá de las posturas que pueden plantearse en relación a este punto (tradicionalista o progresista), lo que en definitiva tensiona o preocupa es el hombre mismo.

Es fundamental restaurar la imagen de  Dios que aún no ha llegado en plenitud para el hombre. Para esto la conversión debe darse en diálogo abierto con la humanidad, con el mundo. De este modo la Iglesia también se evangeliza, se convierte, pasando por una actitud de servicio, por medio del amor concretizado en diálogo y servicio a los más pobres, humildes, afligidos. Esta es una conversión que lleva fundamentalmente al amor, al servicio, que no es sólo una praxis servicial, sino un espíritu de Jesús. Este hecho nos lleva a comprender al agente pastoral, no como un mero activista, sino como aquel que deja obrar a Dios (quien es el que en definitiva realiza la obra). Sugiere mirar al hombre como sujeto de amor de caridad, fortaleciendo la fe y el testimonio de amor y felicidad.

¿Se puede decir que el Concilio ha concluido? Si, puede decirse si hablamos del Concilio como evento, en las aulas, pero aún queda la interpretación, la recepción, siempre vigente, del Concilio como tal, ya que el mismo perdura en sus documentos como en su espíritu.

A partir del Concilio Vaticano II, la pastoralidad se convirtió en el primer criterio de verdad, y hace referencia a una determinada visión de la economía de la salvación. La recepción se manifiesta como algo dinámico, donde actúa el espíritu de Dios, está ligado a un “pasar por el corazón” y a la memoria viva eclesial. Como padre conciliar, Mons. Angelelli, va centrando su reflexión y praxis en el modelo de una Iglesia servidora del hombre, sirviendo al modo de Cristo, desde abajo. La Iglesia como servidora debe promover a la humanidad. Pero la Iglesia no está vinculada al mundo de cualquier manera, sino en tanto que Ella hace referencia al reinado de Dios. Reino de justicia y fraternidad universal al que Dios quiere convertir el mundo y sus habitantes.

El tema central del Concilio fue la Iglesia y ésta se encuentra inseparablemente ligada al tema de Dios y del hombre. Para ser mediadora y camino de acceso del hombre a Dios, se hace imprescindible que se vea permanentemente unida a las fuentes mismas de su existencia, a su fundador, tomando siempre su ejemplo y siendo fiel a Él. Semejante misión sólo puede llevarse a cabo transitando por el camino de la continua conversión. Por eso es ésta una de las palabras clave para comprender el Concilio. Su recepción no es algo pasivo. Monseñor ya subrayaba esto apenas finalizado el Concilio, y hasta hoy  continua estando vigente.

Un  desafío actual de la Iglesia es ver desde dónde, hoy, nuestro testimonio eclesial sigue convirtiéndonos, y hacer que el Concilio Vaticano II siga siendo un proyecto de continua conversión.

 

 


[1] Cf. E. Angelelli, “Reflexionando mientras concluye el Concilio”, sin más datos. El escrito está tipiado a máquina de escribir, y en hojas tamaño oficio, con constantes correcciones manuales. Tiene un total de seis carillas. Pudo ser redactado al finalizar las sesiones del Concilio Vaticano II en diciembre de 1965.

[2] «La metánoia», palabra griega que significa conversión, es el movimiento interior que surge en toda persona que se encuentra con Cristo.

[3] E. Angelelli., “Reflexionando mientras concluye el Concilio”, 4.