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Iglesia católica, momentos de crisis y reconfiguraciones

El recurso sistemático, por parte de la jerarquía eclesial, a definir como causa de la crisis actual del cristianismo y de la Iglesia “[…] la extensión por Europa de una cultura inmanentista, materialista, relativista, secularista y laicista”,[1] ha profundizado quizás el alejamiento de muchos creyentes de la institución. Esta postura, tan arduamente defendida por la Iglesia institución, ya sea en documentos, discursos u homilías, evidencia una negación a reconocer los problemas internos de la misma junto a la dificultad para enfrentar la responsabilidad de los miembros de la jerarquía. J. M. Velasco se pregunta si no es justamente este modo de presentar a la Iglesia, “[…] resumida en el modelo de sociedad perfecta” y “[…] el lugar central atribuido a la institución, […] lo que ha contribuido a velar el Evangelio de Jesucristo para las sociedades modernas […]”.[2]

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Este contexto de crisis institucional de la Iglesia y de muchos cristianos, agravada por la crisis del sacerdocio, nos lleva a pensar en lo que podríamos definir como enfriamiento o estancamiento, que corre el riesgo de terminar en inactividad y obstáculo para que el Evangelio se haga realmente eficaz en numerosas comunidades. Recientemente, luego de su visita a México, el Papa Francisco expresó algo que mucho tiene que ver con esta crítica a ciertas prácticas dentro de la Iglesia que han alentado la crisis actual: la vida cristiana es concreta como Dios es concreto, pero muchos cristianos se atienen a ‘fingir’ haciendo de la pertenencia a la Iglesia una ocasión de prestigio en vez de una experiencia de servicio a los demás.[3] “El pueblo de Dios necesita pastores y no funcionarios ‘clérigos de despacho’”.[4]

Una detenida observación sobre diversas situaciones de la vida eclesial revela que existen numerosos casos en los cuales son los laicos que aún permanecen ligados a la Iglesia de algún modo, en medio de las vicisitudes y exigencias de la cotidianeidad, quienes se han transformado en relevantes trabajadores por la evangelización ante la escasez de sacerdotes y parte del clero (y no pocos autodefinidos “católicos”) que aparentemente no evidencian la necesaria coherencia entre vida y fe.[5] Esto nos recuerda que el problema de la situación de los laicos en el marco de la Iglesia no es menor. Nos lleva nuevamente al tema de la concepción de Iglesia que juega de fondo:

“Una Iglesia concebida como sociedad perfecta, ubicada por encima de las estructuras temporales y con un perfil de confrontación intransigente hacia la modernidad, ha fenecido tanto en sus capacidades para regular la vida cotidiana de los sujetos como para evitar la sangría en su feligresía”.[7]

Este problema se halla atravesado por la distancia que existe entre los discursos oficiales de la misma en cuanto a ellos, los imaginarios, y las realidades concretas que se viven en las comunidades. Dado que la gran mayoría del Pueblo de Dios son los laicos este problema parece acuciante.[8] Quizás gran parte de esta crisis de la Iglesia se halle ligada al distanciamiento existente entre esos tres parámetros.

Uno de los grandes aportes de la modernidad ha sido el hacer consciente al hombre de su libertad y autonomía. Pero esto ha impuesto una serie de revisiones y transformaciones a la Iglesia y su modo de presentar la revelación, las que aún hoy encuentran gran resistencia en no pocos ámbitos de la misma. En el momento actual todavía persiste un concepto de revelación como “lista de verdades inspiradas” en las cuales debemos creer sin objeciones y sin la más mínima esperanza de comprenderlas. Se imponen arbitrariamente y amenazan con acabar convirtiendo nuestra experiencia de la fe en indiferencia. Como afirma A. Torres Queiruga: “una concepción fiel a los datos de la crítica bíblica comprende que la revelación actúa a través del psiquismo humano”.[9] Así es realmente posible vivir una fe personal, comprometida, hallando una verdadera conexión entre fe y cultura en un diálogo que supera cualquier autoritarismo. Dicha interacción es mucho más poderosa de lo que aparenta a primera vista, pues “dentro de la Iglesia puede poner las bases para fomentar la libertad teológica y la responsabilidad creyente y deslegitimar todo autoritarismo institucional”.[10]

Todos nuestros discursos y modos de referirnos a Dios, tanto en nuestro pensamiento como en nuestras prácticas piadosas, deben ser puestos a revisión. Pues en éstos, muchas veces, se esconde una incoherencia y un anti-testimonio de la fe que juramos proclamar.[11] Desde la modernidad la Iglesia carga sobre sus espaldas una distorsión de la imagen de Dios promoviendo, en sus discursos y sus prácticas, el absolutismo político y la desigualdad social. Aunque muchos comprendieron que ese no era el verdadero rostro de Dios y que en esas políticas no estaba representado Su deseo sobre la humanidad, tuvo tan graves consecuencias, que hasta el día de hoy siguen siendo palpables.[12] “Una de las perversiones que amenazan a toda religión es justamente la de agravar con el recurso a Dios el drama del dolor natural y legitimar con la sanción divina la perversión de la injusticia social”.[13] Cuando la injusticia se da en el interior de la misma Iglesia, la falta es aún mayor por la falta de testimonio.

Sin embargo, como afirma C. Schickendantz: “en nuestras crisis están latentes nuestras oportunidades”.[14] En las circunstancias descriptas, que de ninguna manera pretenden ser una enumeración exhaustiva de los problemas que aquejan a la Iglesia, debemos aprender a descubrir las oportunidades de encontrar nuevos caminos más acordes al Evangelio. El seguimiento de Jesús no nos permite quedarnos inmóviles, perplejos o cómodos ante los desafíos de la historia humana. Por el contrario nos moviliza a una búsqueda constante de ser siempre más fieles al Reino. Quizás la desinstitucionalización de las creencias sea un llamado a buscar algunas reconfiguraciones en la religión de nuestra época menos estáticas, con una consciencia más fluida, para no caer en la tentación de solidificar una imagen de Iglesia determinada sustituyendo el misterio real de Dios por un ídolo.[15]

 

[1] VELASCO, J.M., “¿Qué rechazan los que rechazan la Iglesia?”, 36.

[2] Ibíd. 37.

[3] Cf. FRANCISCO, Homilía del 23 de febrero de 2016, en Santa Marta [en línea]. Disponible en: https://w2.vatican.va/content/francesco/es/cotidie/2016/documents/papa-francesco-cotidie_20160223_entre-hacer-y-decir.pdf. [Consulta: 16/03/2016]

[4] ESQUIVEL, J. C., “Catolicismo y modernidad en Argentina: ¿De la confrontación a la conciliación?”, 211.

[5] Por lo relevado del resultado de los estudios mencionados anteriormente. Ver también nota 29.

[6] Cf. FRANCISCO, Homilía del 23 de febrero de 2016, 2.

[7] ESQUIVEL, J. C., “Catolicismo y modernidad en Argentina: ¿De la confrontación a la conciliación?”, 211.

[8] EG 102.

[9] TORRES QUEIRUGA, A., “La imagen de Dios en la nueva situación cultural”, 110.

[10] Ibíd. 111.

[11] Cf. Ibíd. 114.

[12] Cf. Ibíd. 115.

[13] Ibíd. 116.

[14] SCHICKENDANTZ, C., “Reformas en la Iglesia. Una mirada desde una universidad de inspiración cristiana”, 11.

[15] Cf., TORRES QUEIRUGA, A., “La imagen de Dios en la nueva situación cultural”, 105.

La prostitución de la fe (Os 2, 4-25)

Ídolos y Amor de Dios (Os 2, 4-25)

El mensaje del profeta Oseas referente  a la idolatría, se manifiesta a través de un hermoso lenguaje de imágenes que se desarrolla comparando a Yahveh con el marido traicionado, quien a pesar de la injusticia realizada por su mujer (Israel), luego de un proceso acusatorio para hacerla entrar en razón, termina perdonándola. La imagen aquí presentada ha sido utilizada en numerosas ocasiones por los autores del Nuevo Testamento, haciendo eco de estas palabras al hablar de la misericordia divina.

Inevitablemente esta imagen del matrimonio nos recuerda la relación del mismo Cristo con su Iglesia, aludida numerosas veces por San Pablo, y podemos decir que bien podría aplicarse este texto a la relación entre nosotros, su Iglesia, con el propio Cristo, por lo que tal pasaje posee tremenda actualidad.

 

Libro (presentación)

El texto elegido es perteneciente al Libro de Oseas. Este profeta se encuentra ubicado en la época de oro de la profecía de Israel (siglo VIII). Pertenece a los profetas que dejaron su obra por escrito, llamados “profetas escritores”. El texto hebreo de este Libro no está muy bien conservado y muchos pasajes del mismo resultan poco inteligibles. De ahí que la traducción sea con frecuencia conjetural.

A pesar de ser un profeta del reino del norte, sus escritos fueron muy difundidos también por el reino del sur, ya que los refugiados de Israel se encargaron de esto, deseosos de que los conociera el reino de Judá[1]. El libro de Oseas puede tenerse por auténtico (es decir, que se remonta al mismo Oseas y a sus discípulos) casi en su totalidad, a excepción de algunas interpolaciones (sobre Judá, por ejemplo, realizadas por los refugiados de Israel que se encargaron de difundir su mensaje por el reino del Sur) como el título, Os 1,1, y otros fragmentos (Os 4,15; 6,11; 10,11[2];  también Os 2,1-3).

El hecho de que mencione siete veces explícitamente a Ba’al (Os 2, 10.15.19; 9,10; 11, 2.7; 13, 1) más otras menciones más o menos explícitas, nos da una pauta de la importancia que le da Oseas en su predicación a esta divinidad cananea[3].

Existía una búsqueda de una ruptura total con las estructuras vigentes en aquél entonces. Los profetas de la primera etapa eran más bien reformistas, en cambio, a partir de Amós se plantea un corte tajante, se debe “volver a nacer”[4]. Oseas es contemporáneo a Amós y vivió en el reino del Norte. Realizó su ministerio durante el reinado de Jeroboam II y sus sucesores. Era una época sombría para Israel por la corrupción religiosa y moral que se venía dando, las revueltas internas y las conquistas asirias de 734-732.

Su mensaje coincide en parte con el de Amós (denuncia de las injusticias y la corrupción, Os 4,1-2, y en la crítica al culto, Os 6,4-6; 5,6; 8,11.13), pero aporta varios temas nuevos. Condena con fuerza la idolatría, tanto cultual como política. Ataca el culto a Baal, que va en contra del primer mandamiento, y el culto al becerro de oro, en contra del segundo mandamiento (pretendiendo convertir al mismo Yahveh en ídolo).

También condena el buscar la salvación fuera de Dios, en las alianzas con las potencias extranjeras, y realiza una visión crítica del pasado, al cual no considera como “historia de salvación, sino, más bien, como historia donde Dios intenta salvar, pero encontrando siempre una respuesta negativa del pueblo[5].

Con audacia y pasión el “alma tierna y violenta  de Oseas expresa por vez primera las relaciones de Yahveh y de Israel con terminología de matrimonio”[6]. Se puede decir que su libro presenta una obra genuinamente teológica ya que crea un nuevo discurso para hablar de las relaciones entre Dios y su pueblo, en el plano del amor humano. Realiza una gran innovación al utilizar las imágenes de “marido-mujer”, “padre-hijo”, entre otras, a medida que va elaborando este nuevo discurso con las concepciones y lenguaje de su tiempo[7]. Entre sus características literarias se encuentra el abundante empleo de imágenes, tomándolas tanto del mundo de las relaciones humanas, como del mundo animal, o vegetal (cabe decir en este punto que el profeta no confunde la imagen con aquello que quiere significar),  y el juego con el sentido de las palabras explotando sus asonancias[8].

Una de las temáticas de las que más se ocupa Oseas, es la de la infidelidad religiosa, ataca a quienes quieren convertir a Yahveh en objeto de culto idolátrico y asociarlo a Baal y Astarté[9]. En sus escritos presenta a Yahveh como un Dios celoso que no quiere compartir con nadie el corazón de sus fieles. Inevitablemente llegará el castigo, pero éste es siempre para purificar y salvar a su pueblo.

Su obra hizo eco en profetas siguientes como Jeremías, muy influenciado por él, al igual que el Deuteronomio. También aparece citado en el  Nuevo Testamento con bastante frecuencia, donde la imagen matrimonial de Yahveh y su pueblo son aplicadas a las relaciones entre Jesús y su Iglesia[10].

Mediante la sátira contra los ídolos, “no denuncia una expresión figurativa, sino una perversión: la criatura, en lugar de adorar a su creador, adora a su propia creación”[11].

 

Oseas 2, 4-25

La mayoría de los autores coinciden en marcar la primera unidad del libro en los capítulos 1-3, que gira en torno al tema del matrimonio y los hijos, con la presentación, como centro, de un pleito matrimonial y su resolución (Os 2, 4-25). Se encuentra ordenado de este modo, no por una disposición cronológica, sino por correspondencias simétricas, enmarcado por dos textos de matrimonio del profeta (Os 1,2-9 y 3,1-5).

Del capítulo dos de Oseas, los versículos 1-3, como ya se dijo más arriba, no se encuentran correctamente ubicados según la coherencia del texto, ya que se trata de un breve oráculo de plena restauración[12]. Este texto “es considerado por casi todos los contemporáneos como un texto tardío, como un oráculo de esperanza que recoge los grandes temas de la imagen padre-hijos.”[13]

Si bien se podría, a causa de estas características, delimitar el capítulo 2 de Oseas en tres secciones:

  • Os 2, 1-3  (oráculo que termina con un anuncio positivo en futuro haciendo mención de los hijos del profeta, donde no se menciona a la mujer)
  • Os 2, 4-17  ( donde el centro está ocupado por la imagen de la mujer y el proceso que se le realiza acusándola de adulterio/prostitución)
  • Os 2, 18-25  ( despliegue de la sentencia en tres pequeñas unidades: v18-19, el tema del nombre de Yahveh y los Baales; v20-22, Yahveh anuncia que va a restablecer la alianza con su pueblo; v23-25, que recogen los temas principales de los c 1-3 para deshacer lo que se había anunciado como castigo)[14]

Se ha tomado como texto a analizar las dos últimas secciones, ya que se encuentran en una secuencia de juicio y reconciliación que no parecía conveniente desligar porque manifiestan una unidad de sentido en cuanto a las relaciones de Yahveh y su pueblo. No todo termina en el juicio, la misericordia de Dios en más fuerte y convierte hasta el rechazo más grande en perdón y amor. Por otro lado la primera sección, como ya se dijo, se encuentra bastante desconectada de estos dos fragmentos.

 

El género literario de este fragmento sería el de oráculo de juicio (inspirado en el mundo jurídico), se trata de un proceso, como lo dice el v 4, seguido de la sentencia y la reconciliación.

Os 2, 4-25[15]

4 ¡Pleitead con vuestra madre, pleitead, porque ella ya no es mi mujer, y yo no soy su marido! ¡Que quite de su rostro sus prostituciones y de entre sus pechos sus adulterios;
5 no sea que yo la desnude toda entera, y la deje como el día en que nació, la ponga hecha un desierto, la reduzca a tierra árida, y la haga morir de sed!
6 Ni de sus hijos me compadeceré, porque son hijos de prostitución.
7 Pues su madre se ha prostituido, se ha deshonrado la que los concibió, cuando decía: “Me iré detrás de mis amantes, los que me dan mi pan y mi agua, mi lana y mi lino, mi aceite y mis bebidas.”
8 Por eso, yo cerraré su camino con espinos, la cercaré con seto y no encontrará más sus senderos;
9 perseguirá a sus amantes y no los alcanzará, los buscará y no los hallará. Entonces dirá: “Voy a volver a mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora.”
10 No había conocido ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡la plata yo se la multiplicaba, y el oro lo empleaban en Baal!
11 Por eso volveré a tomar mi trigo a su tiempo y mi mosto a su estación, retiraré mi lana y mi lino que habían de cubrir su desnudez.
12 Y ahora descubriré su vergüenza a los ojos de sus amantes, y nadie la librará de mi mano.
13 Haré cesar todo su regocijo, sus fiestas, sus novilunios, sus sábados, y todas sus solemnidades.
14 Arrasaré su viñedo y su higuera, de los que decía: “Ellos son mi salario, que me han dado mis amantes”; en matorral los convertiré, y la bestia del campo los devorará.

15 La visitaré por los días de los Baales, cuando les quemaba incienso, cuando se adornaba con su anillo y su collar y se iba detrás de sus amantes, olvidándose de mí, – oráculo de Yahveh.
16 Por eso yo voy a seducirla; la llevaré al desierto y hablaré a su corazón.
17 Allí le daré sus viñas, el valle de Akor lo haré puerta de esperanza; y ella responderá allí como en los días de su juventud, como el día en que subía del país de Egipto.
18 Y sucederá aquel día – oráculo de Yahveh – que ella me llamará: “Marido mío”, y no me llamará más: “Baal mío.”
19 Yo quitaré de su boca los nombres de los Baales, y no se mentarán más por su nombre.
20 Haré en su favor un pacto el día aquel con la bestia del campo, con el ave del cielo, con el reptil del suelo; arco, espada y guerra los quebraré lejos de esta tierra, y haré que ellos reposen en seguro.
21 Yo te desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho en amor y en compasión,
22 te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Yahveh.
23 Y sucederá aquel día que yo responderé – oráculo de Yahveh – responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra;
24 la tierra responderá al trigo, al mosto y al aceite virgen, y ellos responderán a Yizreel.
25 Yo la sembraré para mí en esta tierra, me compadeceré de “No-compadecida”, y diré a “No-mi-pueblo”: Tú “Mi pueblo”, y él dirá: “¡Mi Dios!”

 

Análisis

El centro del mensaje del profeta es el amor de Yahveh por su esposa infiel (el pueblo de Dios que se ha entregado a la idolatría). Él tratará de todas las maneras salvar su relación, incluso mediante el castigo, cuyo fin es justamente, purificar al pueblo, para restablecer la relación.

El matrimonio con dicha mujer significa que Yahvé es el esposo de un pueblo que adora a los Baales; la idolatría es una prostitución en el lenguaje profético, el castigo para la esposa es la purificación del pueblo. “A pesar de su dolor de marido lesionado, y de la costumbre de la época de castigar con la muerte a la mujer adúltera, por la fuerza del amor, va a obrar de tal manera que la mujer, Israel, reconozca (conocer) y responda a la vida que le ofrece su Dios”[16]. La alianza adquiere un carácter nupcial. La idolatría no solo es una prostitución; es adulterio, el de una esposa colmada, que olvida todo lo que ha recibido.

Oseas resume el simbolismo nupcial en imágenes expresivas para oponer la traición y la corrupción de Israel al amor eterno de Dios para con su pueblo.

Oseas sufre en sus sentimientos de esposo y de padre. A través de este sufrimiento suyo descubrirá el desinterés y la bondad que, transferido a Dios, constituye su pensamiento[17].

En el Antiguo Testamento se encuentran dos sentidos para la idolatría: uno que se puede dar dentro del mismo culto al Dios verdadero, y otro que hace referencia al culto a otros dioses. Este texto se circunscribe al primer sentido de la idolatría[18].

Se utilizan muy variadas imágenes y comparaciones a la hora de hablar de la infidelidad y el celo de Yahvé por la Alianza con su pueblo, como la del pastor que guía su rebaño, el padre que ama a su hijo, o el esposo que se apega a su esposa ( como en éste caso). Gracias a estas imágenes, la doctrina de la Alianza, toma un matiz que conmueve el corazón del hombre al descubrirle algo del “corazón” de Dios. Para mantener esta Alianza es necesario que Israel sea fiel al pacto y no ultraje a su Señor y Dueño haciendo fracasar sus planes[19] yendo tras los ídolos (cualquiera sean), quienes traen detrás el desconocimiento del Dios único, único que merece confianza,  ya que Él exige exclusividad. La fidelidad, que consiste en observar los preceptos de la Alianza (respuesta que el hombre debe al amor gratuito de Dios), es la prueba del amor auténtico  y libra al hombre de volverse esclavo de las cosas creadas[20].

Lo contrario a la fidelidad sería el adulterio y la prostitución de la “esposa”. Esto está relacionado con la práctica, tan difundida en los cultos cananeos, de la prostitución sagrada, con la cual se intentaba reproducir los gestos divinos en el acto primordial y originario que engendra la vida. Mediante esta forma consideraban que lograban una participación en la vida divina. Como testimonio contrario a dicha práctica, Oseas manifiesta las relaciones entre Israel y su Dios en el registro del amor humano. El encuentro entre las dos partes no se realiza a nivel del mito o del rito, sino que tiene lugar en la historia.[21]

La idolatría rompe aquella relación de alianza entre Yahvé y su pueblo, significa el poner la confianza en cualquier cosa que no sea Dios, en este caso, en los ídolos cananeos que falsamente “prometían” los dones de la tierra. Alrededor  de este punto se encuentra el corazón del mensaje de Oseas. A partir de su experiencia conyugal comprendió este aspecto de las relaciones entre Dios y su pueblo. Aquí,  la idolatría y la infidelidad no son solamente una ingratitud de hijo pródigo (Os 11, 1-9), sino un adulterio, abandono y traición de la Alianza, poniendo la esperanza en un ídolo[22]. Su consecuencia será fruto de muerte, porque significa el abandono de Aquél que es la vida.

El culto a Ba’al (peligro muy presente en este texto), supone la trasgresión del primer mandamiento, pues Dios no tolera rivales; además que, implícitamente, supone la confesión de que Yahvé no es Señor de la naturaleza, ni puede ayudar y salvar en todos los ámbitos de la vida.[23]

Se trata en este caso, justamente, del tema de la idolatría, ya sea a los Baales, o a las naciones extranjeras, por la que el pueblo de Dios se aparta de Él, buscando en donde nada hay lo que sólo Dios puede otorgarle, porque Él es el único dador de la vida verdadera, que es, en el fondo, el fin de toda búsqueda.

El pueblo está siempre en la tentación de olvidar a Yahveh. Ante la infidelidad del pueblo, la intención de Dios no es eliminar, sino, reconquistar, hacerlo volver.

Yahveh va realizando la purificación como por etapas. Dios vengará su amor ultrajado quitando a Israel todos sus dones anteriores (v 11); pero lo hace para moverlo a penitencia. Luego Dios traerá a sí a su “esposa” y la vinculará consigo por una nueva Alianza (v 17) que tendrá la frescura del primer desposorio (v 21-22).

El texto va hablando de lo que se acusa a la esposa, que es adulterio, prostitución, luego va planteando las posibles motivaciones de tal comportamiento. Todo esto nos lleva al

V 4 “…ella ya no es mi mujer, y yo ya no soy su marido!”. Sobre éste comenta San Jerónimo la clemencia del marido, que a pesar de estar ya repudiada la mujer, él se preocupa por que los hijos la hagan entrar en razón, e inclinarse a la penitencia[24].

El v 5 hace referencia al castigo de la vergüenza pública que será desarrollado mas adelante (v 11-12), que Ezequiel llama “pena de las adulteras” (Ez 23,29). También la compara con la tierra estéril, lo mismo que Jr  6,8 habla de convertir a Israel “en desolación, en tierra despoblada.” También el v 7 de Oseas posee un paralelismo en Jr 2, 25, donde se hace mención del hecho de irse tras los amantes (los ídolos y las potencias extranjeras), aparece en él el principal elemento de acusación: adulterio y prostitución, y se plantean las motivaciones por las que se va tras sus amantes, entre ellas esta la de buscar ayuda para sus problemas o necesidades (v 7.14.).  Amós 2, 4, en el mismo sentido habla de los que se extravían siguiendo la mentira, es decir, los ídolos.

El esposo, Yahveh, primero procura ponerle obstáculos a la esposa para imposibilitarle el encuentro con sus amantes (v 8), y así regrese al marido (v 9).

Jr 3, 22 se relaciona con Os 2, 9b, en  ambos se manifiesta la intención de volver hacia Yahveh reconociendo que Él es el verdadero Dios, quien nos puede dar aquello que necesitamos. En Jeremías se afirma “tu Yahveh eres nuestro Dios”, en Oseas dice la mujer: “voy a volver a mi primer marido, que entonces me iba mejor que ahora.” Este comentario de la esposa delata un amor interesado, en el fondo lo que verdaderamente busca en los amantes son dones. Se manifiesta en estos versículos que la religión de los Baales es puro interés. El marido (Yahveh) aprovecha esta situación para recuperar a su mujer. Este pasaje nos recuerda el Evangelio de Lucas, más concretamente la parábola del hijo pródigo (Lc 15,17-18), en estos versículos de Lucas resuenan las palabras de la esposa de Os 2, 9. Aquí se hace patente el reconocimiento de que se tiene necesidad de Dios y él es el único que puede darnos la vida, además de la seguridad de que nos recibirá. Una vez que se fracasó en pos de los ídolos, se produce el acercamiento al marido fiel.[25]

Os 2, 10a nombra los dones de la tierra que el marido da a la mujer sin que ésta se percate de que Él es quien se los brinda, “el trigo, el mosto y el aceite”, mencionados también en Dt 7, 13 como una bendición de Yahveh en honor a la Alianza. Al respecto también habla de los dones de Yahveh al pueblo fiel el Sal 144, 12ss.

La situación de los contemporáneos del profeta era la de un pueblo que arrastraba la idea de que Yahveh, el Dios de sus padres, era un Dios liberador, Dios de las montañas. Pero ellos vivían ahora una vida sedentaria, dedicados al cultivo, y se preguntaban quien era el que les otorgaba los frutos de la tierra. En la tierra donde se había instalado el pueblo se rendía culto y adoración a Baal, dios cananeo de la fertilidad a quien se rendía culto para lograr buenas cosechas, dios de la tempestad y de la lluvia, de la fertilidad y la fecundidad[26]. El v 10 plantea claramente la confusión  el pueblo.

Cuando se habla de los amantes se refiere a Baal. “Los israelitas querían venerar simultáneamente al Señor que los guiaba en la historia y a los Baales que los alimentaban con el ciclo de las estaciones. Esos cultos podían incluso contener prácticas d prostitución sagrada”[27]. Pero Yahveh es un Dios celoso y no admite ser adorado junto a otros dioses, además Él es el dueño de la tierra  y quien le da sus dones a su mujer. Ella va detrás de sus amantes buscando lo que solo Yahveh puede darle (Os 2,10).

Al igual que Os 2, 11-12, Ez 16, 37, menciona el descubrir la desnudez como castigo, incluso los amantes serán testigos de la vergüenza de la adúltera y no podrán ayudarla porque no tienen ningún poder, no son nada. Nada ni nadie puede librar de la mano de Yahveh, porque nadie arrebata nada de sus manos (Jn 10, 29). Busca castigarla con mayor dureza para que reaccione (v 12-14), sin embargo, contrariamente a lo prescripto por la costumbre jurídica de aquella época, que decía que la mujer adúltera debía morir apedreada, Yahvé no quiere su muerte, sino, la conversión del corazón de su esposa. Sin embargo todo termina siendo inútil, la esposa no deja de irse con sus amantes.

V 2, 13 habla de acabar con las fiestas, novilunios, con toda la alegría.  Semejantes a estas palabras son las de Is  1, 13-14, donde se expresa el rechazo de Yahveh de las solemnidades que le ofrecen falsamente a la vez que rinden honor a los Baales. Las solemnidades religiosas son día de encuentro con Dios, y los israelitas pretendían mantenerlas junto a los cultos de fertilidad, pero Yahveh no lo permitirá.

El viñedo y la higuera del v 14, hacen referencia a la paz y tranquilidad que gozaba su pueblo en tiempos de Salomón. Puede significar la prosperidad por la que transitaba el pueblo que se desvió del sendero de Yahveh, atribuyéndosela a los ídolos, mientras que la bestia puede hacer alusión  a una intervención de las potencias hostiles. Estas imágenes de la bestia y la viña aparecen también en Sal 80, 14-17, pero en este caso se trata de un ruego a la protección de Yahveh.

En este texto, uno de los grandes poemas del Antiguo Testamento, se trata de un proceso (v 15),  es Yahveh quien habla  sobre la infidelidad de su pueblo. Se queja de  porque han buscado en los ídolos, ya sean otros dioses, ya sean potencias extranjeras, lo que debían buscar en Él. Esta situación se ve iluminada por la vida de Oseas que contrajo matrimonio con una prostituta para cumplir con el mandato de su vocación, en su inmenso dolor de esposo despreciado descubre el reflejo de un amor mucho más profundo, que el de Dios para con su pueblo.

La mujer buscando soluciones donde no debía, corre tras los amantes olvidando a su marido (v 15). El amor compartido y el sincretismo llevan al olvido de Yahveh, al fin del amor, ya que este para ser verdadero exige exclusividad.

Pero no todo termina allí, termina triunfando el amor de Dios que se vuelve hacia su esposa para reconquistarla a pesar de todas sus infidelidades, la lleva al desierto donde no haya distracciones (v 16), donde puedan restaurar su relación recordando su noviazgo (noviazgo de Yahveh y el pueblo en el Éxodo. Cuando era joven en el desierto no conocía a los dioses extranjeros y seguía fielmente a Yahveh)[28]. “…Israel ha olvidado a Yahveh. Así Yahveh quiere llevarlo otra vez al desierto y hablarle al corazón”[29]. Vale destacar que aquí Oseas no habla de un arrepentimiento propiamente dicho de la esposa, la restauración del matrimonio es puro amor gratuito de Dios que decide perdonarla y salvarla (cuando Dios promete no se retracta, es fiel a la Alianza). Podría decirse que en este punto planta la semilla del Nuevo Testamento, la convicción de que Dios perdona antes de que se produzca la conversión, la misma se produce pero como respuesta al amor de Dios. Esta idea será tratada en el Nuevo Testamento por San Pablo en la carta a los romanos (Rom 5,8), lo mismo que San Juan (1Jn 4,10)[30].

Yahveh habla en un lenguaje de un amor despreciado que se rehúsa a romper la relación.

En los v 18-19, El profeta hace un juego de palabras con el nombre Baal, que significa “señor”, con el de marido (´yshy). El no pronunciar más el nombre significa romper por completo la relación con esa persona, (el nombre realmente hace presente a la persona).

V 20, por medio de la instauración de la justicia, triunfa la paz, tanto entre los hombres como con la naturaleza y los animales. La restitución de la alianza, termina de llevarse a cabo en las relaciones de justicia con el prójimo (aquí también se ve prefigurado en cierto modo, el mensaje del Nuevo Testamento: amor a Dios, en el amor al prójimo).

En los v 20-22, se anuncia la alianza con la naturaleza, que responde a Yahveh, y la relación de Yahveh con su pueblo y la tierra formarán una comunión perfecta[31].

En los v 21-22, aparece una formula de esponsales, por la bondad divina había nacido el pueblo, y a ella le toca la última palabra. Con respecto a la palabra “desposar”, vemos que este verbo se utiliza en la Biblia, únicamente a propósito de una joven virgen, lo que quiere decir que el pasado adúltero de Israel es anulado, y así se convierte en una criatura nueva. Los dones de Dios en esta nupcias no serán ya bienes materiales, sino más bien la disposición interna necesaria para que Israel pueda ser en adelante fiel a la Alianza  Se expresa claramente en éstos versículos el amor de Dios a su pueblo[32], su misericordia. A su vez ÉL nos pide lo mismo con el prójimo como respuesta al amor de Dios y sumisión a su voluntad. En el amor el hombre puede verdaderamente conocer a Dios[33]. “En efecto, el encuentro entre Dios y su pueblo se concreta, en la vida cotidiana, en las relaciones fraternas a nivel del derecho y la justicia. Así es como se conoce a Dios: en el amor, la fidelidad, el derecho y la justicia.”[34] Cuanto más conocemos a Dios, más reconocemos la idolatría, por eso es tan importante este conocimiento de amor para poder mantenerse fiel a la Alianza.

En los tres últimos versículos, “…se repiten los nombres de los tres hijos evocados en

1, 2-9. Allí se trata de la ruptura, aquí de la reconciliación. La última parte de esta unidad […] recoge lo que se llama la  fórmula de pertenencia”[35].

V 25,   el amor de Dios transforma y contradice los nombres impuestos al comienzo del libro. En 1Pe 2, 10 se hace uso de estos últimos versículos del capítulo 2 de Oseas, al igual que en Rom 9, 25 es citado por San Pablo, al hablar de la infidelidad y vocación previstas por el Antiguo Testamento, se cita justamente el cambio de nombres (se retoman los nombres dados a los hijos en 1, 2-9, donde se hacía alusión al quiebre de la alianza, mientras que ahora se refiere al perdón y la reconciliación de Dios y su pueblo). La misma llamada que Dios hizo a Israel después de sus infidelidades, se retoma aquí para ser aplicada a las naciones, invitándolas al banquete mesiánico[36].

En este versículo final del capítulo se utilizan fórmulas de pertenencia y comunión  para expresar el vínculo entre Yahveh y su pueblo.

Aquí, como en todo su libro, denuncia el pecado y anuncia el castigo, pero la última palabra es una palabra de salvación, por la concepción de Dios que se encuentra de fondo, que es la de un Dios entrañas de misericordia, que perdona hasta las últimas consecuencias y se dona en un amor durable que permanece.

 

Aplicación

A pesar de que estas palabras se remontan al siglo VIII a.C., poseen gran actualidad en el sentido más profundo del texto.

“El mensaje de Oseas tiene algo de desconcertante. Nuestra lógica religiosa sigue los siguientes pasos: pecado-conversión-perdón. La gran novedad de Oseas, lo que lo sitúa en un plano diferente y lo convierte en precursor del Nuevo Testamento es que invierte el orden: el perdón antecede a la conversión. Dios perdona antes de que el pueblo se convierta, aunque no se haya convertido.”[37]

Puede decirse, al leer este libro, que se trata en cierto modo de lectura histórica, ya que las palabras escritas en él están directamente relacionadas con los sucesos históricos por los que estaban atravesando los israelitas. Sin embardo, podemos descubrir en ellas una relación directa con la situación que hoy estamos atravesando como Iglesia. También en nuestros días “la esposa” se prostituye y escapa con sus amantes de turno.

Lamentablemente en la actualidad asistimos al más triste espectáculo del sincretismo y hasta idolatría que realizamos muchos cristianos, a veces casi sin notar la gravedad del hecho, acudiendo a diversos recursos como meditación oriental, parapsicología, espiritismo, control mental, adivinación, hipnosis, astrología, brujos, curanderos, meditación trascendental, en fin , todas las formas de esoterismo.

Los cristianos a veces, parecemos hacer más caso a los consejos de una astróloga, que a la palabra de Dios en el Evangelio, y buscamos en fuentes vacías lo que sólo podremos hallar en el pozo profundo del Señor.

Detrás de todo esto se oculta la desconfianza en el poder de Dios, en su misericordia y compasión, en su providencia. Tenemos más fe en un amuleto que en el mismo Dios. Ante esta situación parece gritarnos en Os 2, 10: “No había conocido ella que era yo quien le daba el trigo, el mosto y el aceite virgen, ¡la plata yo se la multiplicaba, y el oro lo empleaban en Ba’al!”.

Estos son algunos de los “amantes” de la  actualidad, pero no son los únicos, los hay por doquier, los descubrimos en la búsqueda del placer desordenado, el poder, el dinero, cosas materiales que nos dan falsa seguridad, hasta personas que podemos llegar a idolatrar, la fama, la popularidad, la búsqueda desesperada de reconocimiento, y en general las posturas egocéntricas, totalmente contrarias a la postura Cristocéntrica que debiéramos tener.

Este poema de Oseas interpela al creyente de hoy, por eso debemos aprender a discernir cómo su palabra de fe puede, aún hoy seguir produciendo una experiencia de fe que tenga por testimonio esta relación de Dios y su pueblo (“esposa”)[38].

En realidad es muy fácil pecar de idólatras, como siempre, aún  hoy existe la tentación de tratar de suplantar a Dios por algún ídolo, sea el que sea, incluso nosotros mismos, o simplemente intentar obligarlo a “compartir el altar”.

Lo importante es tener  siempre presente el llamado que Dios no ha dejado de hacernos a través de este mismo texto. Por medio de diversos instrumentos y personas El nos sigue hablando al oído, tratando de reconquistarnos cada día, recordándonos el llamado de nuestra vocación (Os 2, 16).

 

Conclusión

Con su actitud de misericordia Dios no sólo manifiesta su propio ser, sino que nos enseña cómo debemos comportarnos como comunidad.

Dios prefiere amor para con nuestros hermanos y con Él mismo, antes que sacrificios vacíos. Cuántos cristianos vamos cada domingo a misa y cumplimos con cada sacramento, y sin embargo pasamos totalmente indiferentes al lado del hermano que sufre, tanto física como espiritualmente, el que está solo, el que tiene miedo, el que está enfermo. Cuántas veces vivimos más preocupados por nuestra próxima comodidad, sin hacer nada por los que no tienen un techo, un hogar, amor.

La destrucción que causan los ídolos en el alma es tan grande, que no sólo nos hace olvidarnos pronto de Dios (Os 2, 15), sino que además perdemos noción del hermano que está a nuestro lado, de las injusticias a las que nosotros mismos contribuimos no pocas veces con nuestro egoísmo.

A pesar de todo, no debemos olvidar que este texto de Oseas atestigua, no sólo el llamado de atención que nos hace Yahveh, sino también, y sobretodo, la voluntad divina de perdonar más allá de cualquier ofensa, lo cual no quita la necesidad de purificar nuestro corazón y nuestra relación con Él y con toda la comunidad. Oseas presenta uno de los rasgos fundamentales de Dios: un Dios que jamás renuncia a establecer la relación más fuerte que podamos imaginar con su pueblo[39].

También es importante destacar que esta extraordinaria misericordia de Dios conlleva una exigencia de responder en el amor, mediante la consagración plena al Padre en nuestra vida cotidiana.

A pesar de que continuamente nos alejamos de Dios y vamos tras diversas formas de idolatría, lo olvidamos, colocamos en su lugar cualquier otra cosa dándole la importancia que sólo Dios debe tener en todos esos momentos, Él nos está amando y perdonando por todas nuestras infidelidades. Es su amor el que convierte nuestros corazones. Como el padre del hijo pródigo, como el marido que perdona a la esposa adúltera, siempre nos está esperando con los brazos abiertos para contenernos con su amor de entrañas de misericordia.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  • ALONSO SCHÖKEL, Luis- SICRE DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario. Tomo II, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980.
  • BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976.
  • CARAVÍAS, José Luis, SJ., “Idolatría y Biblia”, Guadalupe-Verbo Divino, Buenos Aires- Estella, 1991.
  • ROBERT, A.-FEVILLET, A., Introducción a la Biblia. Tomo I, Herder, Barcelona, 1970.
  • SICRE, José Luis, Introducción al Antiguo Testamento, Ed. Verbo Divino, Navarra, 1998.
  • ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas, CB 64, Verbo Divino Estella, Navarra, 1993.
  • ENCICLOPEDIA TEOLÓGICA Sacramentum Mundi, tomo I. Herder, Barcelona, 1974.
  • GRELOT, Pierre, Introducción a los Libros Sagrados, Ed. Stella, Buenos Aires, 1965.
  • LÉON-DUFOUR, X., Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 1993.

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[1] ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas, CB 64, Verbo Divino Estella, 1993, p 51.

[2] Cfr. Ibíd., p 51.

[3] Cfr. Ibíd., p 36.

[4] Cfr. SICRE, José Luis, Introducción al Antiguo Testamento… pp 221-222.

[5] Cfr. ALONSO SCHÖKEL, Luis- SICRE DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario. Tomo II, Ediciones Cristiandad, Madrid, 1980, pp 861-862.

[6] BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, p 1050.

[7] Cfr. ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… pp 49-50.

[8] Cfr. Ibíd., p 32.

[9] Cfr. BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, p 1050.

[10] Cfr. Artículo de Deissler, Alfons en ENCICLOPEDIA TEOLÓGICA Sacramentum Mundi, tomo I. Herder, Barcelona, 1974, p 251.

[11] LÉON-DUFOUR, X., Vocabulario de Teología Bíblica, Herder, Barcelona, 1993, p 403.

[12] Cfr. ALONSO SCHÖKEL, Luis- SICRE DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario… p 268.

[13] ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 33.

[14] Cfr. Ibíd., p33-38.

[15] Tomado de la BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976, pp 1300-1302.

[16] ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 36.

[17] Cfr. ROBERT, A.-FEVILLET, A., Introducción a la Biblia. Tomo I, Herder, Barcelona, 1970,  p 457.

[18] Cfr. CARAVÍAS, José Luis, SJ., “Idolatría y Biblia”, Guadalupe-Verbo Divino, Buenos Aires- Estella, 1991, p23.

[19] Cfr. GRELOT, Pierre, Introducción a los Libros Sagrados, Ed. Stella, Buenos Aires, 1965, p 122.

[20] Cfr. LÉON-DUFOUR, X., Vocabulario de Teología Bíblica… pp 296-297.

[21] Cfr. ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 50.

[22] Cfr. GRELOT, Pierre, Introducción a los Libros Sagrados… pp 98-99.

[23] Cfr. ALONSO SCHÖKEL, Luis- SICRE  DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario… p 862.

[24] Cfr. Ibíd., p 875.

[25] Cfr.  Ibíd., p 876.

[26] Cfr. ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… pp 36-37.

[27] ALONSO  SCHÖKEL, Luis- SICRE DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario… p 874.

[28] Cabe destacar que en Oseas el desierto es tanto un lugar de encuentro entre Yahveh y su pueblo (2, 16), como lugar de prueba y castigo (2,5). Esto aclara el hecho de que es por el sufrimiento y el castigo que somos purificados, educados por Dios, para poder llegar al verdadero encuentro con Él. Cfr. ROBERT, A.-FEVILLET, A., Introducción a la Biblia… p 458.

[29] Ibíd., p 458.

[30] Cfr. ALONSO  SCHÖKEL, Luis- SICRE DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario… pp 862-864.

[31] Cfr. ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 37.

[32] Es importante tener en cuenta que en la gran afinidad existente entre Oseas y Deuteronomio, se percibe como palabra clave “amor”. Cfr. ROBERT, A.-FEVILLET, A., Introducción a la Biblia… p 459.

[33] En Oseas el conocimiento de Dios está relacionado a la palabra “Jésed” aquí en 2, 21-22 y también en 4, 2 y 6,6. Dios se da a conocer ligándose a su pueblo por medio de la alianza, por lo tanto este no es un conocimiento intelectual, sino un conocimiento de amor que se da en la donación de Dios y la respuesta en la fidelidad a la Alianza del hombre. Cfr.  BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976, p1301-1302.

[34] ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 38.

[35] Ibíd.,  p 38.

[36] Cfr.  BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclee de Brouwer, Bilbao, 1976, p 1624.

[37] ALONSO SCHÖKEL, Luis- SICRE  DIAZ,  José L.,  Profetas. Comentario… p 863.

[38] Cfr. ASURMENDI, Jesús M.,  Amós y Oseas… p 51.

[39] Cfr. Ibíd., p 38.

 

El becerro de oro: ¿buscando otro Dios?

El becerro de oro
El becerro de oro: ¿buscando otro Dios?

El pasaje donde aparece la construcción del becerro de oro se encuentra en el capítulo 32 del libro del Éxodo en el Antiguo Testamento. El relato de este episodio es un tanto confuso por el hecho de que se encuentran en él una mezcla de diversas fuentes. Con excepción del  final del capítulo 34, los textos son en general antiguos, es decir, de la primera mitad de la época monárquica. Son alternativamente, yahvista y elohísta,  percibiéndose con bastante frecuencia la mano de un redactor ulterior[1].

 

 

 

Ex 32, 1-6[2] (Fragmento básico del hecho)

1  cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar del monte, se reunió el pueblo en torno a Aarón y le dijeron: “Anda, haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos que ha sido de Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto.”

2  Aarón les respondió: “Quitad los pendientes de oro de las orejas de vuestras mujeres, de vuestros hijos y  vuestras hijas, y traédmelos.”

3  Y todo el pueblo se quitó los pendientes de oro que llevaba en las orejas, y los entregó a Aarón.

4  Los tomó él de sus manos, hizo un molde y fundió un becerro. Entonces ellos exclamaron: “Este es tu Dios, Israel, el que te ha sacado de la tierra de Egipto.”

5 Viendo esto Aarón, erigió un altar ante el becerro y anunció: “Mañana habrá fiesta en honor de Yahveh.”

6 Al día siguiente se levantaron de madrugada y ofrecieron holocaustos y presentaron sacrificios de comunión. Luego se sentó el pueblo a comer y beber, y después se levantaron para solazarse.

 

 

Aunque todo el hecho aparente ser un intento de hacerse otro Dios, en realidad no lo fue. Se trató más bien de construir la sede o símbolo de la presencia de Yahveh en medio del pueblo.

Por algunos momentos el lenguaje que se utiliza es politeísta: Moisés permanece una prolongada estancia, simbolizada por el número de “cuarenta días”, en la montaña recibiendo las tablas de Dios. Durante estos días en que Moisés permanece sólo y separado de su pueblo, éste se reúne para pedir a Aarón: “Haznos un  dios que vaya delante de nosotros” (v. 1). “Su demanda es símbolo de de la aspiración, humana y natural a hacerse una imagen de la divinidad con la que uno está ligado, y a la que el individuo quiere ver con sus propios ojos”[3]. Pero luego se habla de una “fiesta en honor a Yahveh” (v. 5). Quizás el sentido primitivo del relato es un culto rendido a Yahveh de manera ilegítima. Más tarde, la indignación de los redactores, habría agravado la falta, presentándola como un culto a falsos dioses.

La intervención de Moisés presenta una serie de duplicados: Moisés es avisado sucesivamente por Yahveh (v. 8 ) y por Josué (v. 17), intercede dos veces ante el Señor (11-13 y 31-32) y ejecuta dos castigos diferentes (19-20 y 25-28), separados por un interrogatorio de Aarón, el cual es bastante ambiguo. La descripción del pecado de Israel, que estaba en el comienzo de la sección, se encuentra aquí en un lugar central.

También hay dos relatos del castigo muy diferentes, el primero mediante la ruptura de las dos tablas (ruptura de la Alianza), el segundo por medio de un castigo cruel: la purificación del pueblo a través de la muerte de algunos miembros. Finalmente dos relatos de intercesión[4].

La historia del becerro de oro pondrá en peligro todo el camino de la Alianza que Dios mismo había comenzado al liberar a su pueblo.

“Los israelitas exigen una presencia, pero también  (y, por cierto, primordialmente) un guía”[5]. Al estar Moisés ausente no habrá nadie capaz de oír o ver las señales de Dios. El pueblo se inquieta porque no quiere fiarse de indicios accidentales. Tienen la necesidad de mantener su fe con alguna garantía o intermediario sensible (no tienen confianza ciega). Si hacen una imagen de Yahveh, lo tendrán siempre delante de ellos y sentirán seguridad.

El problema reside principalmente en: ver o creer, exigir la evidencia o contentarse con la certeza, asegurarse o arriesgarse, tomar apoyo en la naturaleza o dejarse guiar por la historia; en fin, “hacerse” y “tener” un Dios para uso particular con el cual hacer lo que uno quiera aparentando seguirle, u ofrecerse en la fe poniéndose a disposición de Él. Aarón se pone del lado del pueblo y accede a su petición ayudado por ellos mismos.

No habría en esto apostasía, ya que lo que ellos dicen es que la imagen representa a Yahveh. La infidelidad consistiría en la desobediencia a la prohibición de hacer imágenes talladas de Dios. Sin embargo, hay mucha ambigüedad en estos versículos, (a veces la afirmación no parece rigurosamente monoteísta). El llamamiento que hace Moisés en el v. 26, supone que no todos estaban de parte de Yahveh. (Es muy probable que no todos fueran del mismo parecer, pero al predominar la influencia de los cabecillas, los prudentes tuvieron que callarse)[6].

Principalmente se trata de una infidelidad dentro de la única fe en Yahveh, que hacía tender  al pueblo hacia la idolatría. “La idolatría tiene en el A.T. dos sentidos diferentes: uno que se puede dar en el culto al Dios verdadero, y otro que se refiere al culto a los demás dioses”[7]. El primer caso sería justamente el de los ídolos yahvistas, y entre estos se encuentra el caso del becerro de oro. Éste no es presentado como otro Dios. Tampoco se trata únicamente de querer materializar a Dios, el problema está en que los israelitas quieren también liberarse del papel que desempeñaba Moisés. En este rechazo a Moisés, en el fondo, el pueblo está rechazando el proyecto de Dios para liberarlos. Al desconfiar de Moisés (ya que esta desaparecido), están negando la posibilidad de llevar a cabo el plan de Dios. Quieren un Dios que consuela en la esclavitud y no un Dios que libera realmente, ya que esto requiere una respuesta y un compromiso de parte de ellos. En el fondo es un pecado en contra del poder de Dios. Es un pecado de idolatría negar que Dios pueda realizar la liberación que promete, dudarlo es negar su proyecto y, por ende, negarlo a Él.

Dios es trascendente, actúa más allá de toda posibilidad humana, es siempre el Dios de la esperanza contra toda esperanza. El becerro de oro es en cambio, el pecado de la desesperación, de la desconfianza. Es símbolo  del dios manipulado, hecho a la medida de los hombres sin esperanza.

La estatuilla es destruida por el fuego, y lo que queda de ella es arrojado a un torrente, al que concurrirán los hebreos por agua, de suerte que se beberán su propio pecado y condenación.

En el fondo, el “gran pecado” es en conjunto, la fabricación del becerro de oro,  la generalización de la idolatría entre los hebreos, y la división que los ha alzado a unos contra otros.

En el pecado contra la trascendencia de Dios, están negando su fe en el Dios liberador. Transformando al Dios trascendente en un Dios cautivo, legitimador de situaciones que el hombre sin esperanza declara imposibles de cambiar.

El pueblo desconfía e intenta manejar a Dios, intenta poseerlo, porque están inseguros de su presencia en la ausencia de Moisés. Rechazar la posibilidad de que el proyecto de Dios se realice, en un acto idólatra[8].

Lo que está en discusión es la concepción que se tiene de Dios. ¿Se hacen un Dios a su idea, para hacer con Él lo que quieran? ¿O se le reconoce como el totalmente otro, inaferrable, que se revela sólo según su beneplácito? Pero Yahveh sigue siendo aquél a quien no es posible manejar.

A Dios no se le puede encerrar en una imagen, ni siquiera en una idea. Todo lo que podamos decir o pensar sobre Él, no es más que un mero balbuceo. Dios se niega a ser encerrado en una imagen, ya sea física o intelectual. Sólo podemos acercarnos a Él a través de su propia Palabra y ésta se expresa en el mismo Jesucristo.

La prohibición de imágenes está dirigida a acabar con la tentación continua de querer manipular a Dios, intentar manejar a Dios y formarlo al gusto propio del pueblo.

El pecado está en su falta de fe en el ser y el poder de Dios[9]. Este Dios que para liberarlos, los hace responsables de esta libertad y no los lleva por un camino fácil y pasivo, sino que exige su cooperación.

El becerro de oro es un rechazo a la voluntad de Dios, en cambio Moisés apela justamente  a la voluntad salvífica de Dios en la historia, en su oración ante Yahveh (Ex 32, 11-14)[10].

 

 

 

Bibliografía:

 

  • AUZOU, Georges,  “De la servidumbre al servicio”, Estudio sobre el libro del Éxodo, Fax, Madrid, 1966 p 345-357;
  • BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976, p 105-106.
  • CARAVÍAS, José Luis, SJ., “Idolatría y Biblia”, Guadalupe-Verbo Divino, Buenos Aires- Estella, 1991 p 23-24.
  • WIÉNER, Claude, “El libro del Éxodo”, CB 54, Verbo Divino, Estella, 1988,   p 43-45.

 

 

 

 


[1]Cfr. AUZOU, Georges,  “De la servidumbre al servicio”, Estudio sobre el libro del Éxodo, Fax, Madrid, 1966, p 346. Siguiendo la hipótesis documentaria que indica que el Pentateuco (al que pertenecen los libros de Génesis, Éxodo, levítico, Números y Deuteronomio) de diferentes tradiciones, entre ellas, la Yahvista y la Elohísta. Llamadas así estas últimas por el nombre que emplean para referirse a Dios: ya sea Yahveh, la primera, o Elohím, la segunda. Cfr., SICRE, José Luis, Introducción al Antiguo Testamento, Editorial Verbo Divino, España, 1992, pp. 85-89.

[2] Tomado de la BIBLIA DE JERUSALEN,  Desclée de Brouwer, Bilbao, 1976, p105.

[3]AUZOU, Georges,  “De la servidumbre al servicio”, Estudio sobre el libro del Éxodo, Fax, Madrid, 1966 p347.

[4] Cfr. WIÉNER, Claude, “El libro del Éxodo”, CB 54, Verbo Divino, Estella, 1988,   p 44.

[5] AUZOU, Georges,  “De la servidumbre al servicio”…  p348.

[6] Cfr. Ibíd., p 348-351.

[7] CARAVÍAS, José Luis, SJ., “Idolatría y Biblia”, Guadalupe-Verbo Divino, Buenos Aires- Estella, 1991, p 23.

[8] Cfr. Ibíd., p 24-25.

[9] Cfr. Ibíd., p 25.

[10] Cfr. AUZOU, Georges,  “De la servidumbre al servicio”, Estudio sobre el libro del Éxodo, Fax, Madrid, 1966, p351-352.