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¿Qué pasó con Galileo?

En la antigua Grecia y hasta la Edad Media, la finalidad de la filosofía era el conocimiento del mundo óntico mediante la contemplación intelectual. El filósofo contempla y prescinde de la experimentación y la utilidad inmediata.

Galileo ante el Santo Oficio

La imagen del mundo comienza a cambiar en el renacimiento. Se articularon las tradiciones medievales con los movimientos del Humanismo, el Renacimiento y la Reforma, por una parte, y las ideas que terminaron de tomar forma en el S.XVII, conocidas como la “revolución científica”.

A fines del S. XV se recupera el legado antiguo de la astronomía de Ptolomeo y la medicina de Galeno. Pero en 1546 aparecieron dos obras que revolucionaron el pensamiento: “Sobre la revolución de las esferas celestes” de Copérnico y “La estructura del cuerpo humano” de Vesalio.

Para comprender el caso Galileo Galilei, debemos partir desde los orígenes del renacimiento, cuando comienza a germinar un constante cambio en las perspectivas intelectuales de la humanidad. Éste se encuentra en el paso del Medioevo a la Modernidad. La filosofía escolástica perdía poco a poco su fortaleza por los golpes demoledores de la filosofía de Duns Escoto y Guillermo de Occam, en el marco de una rebelión significativa contra el poder de la Iglesia y debilitamiento de la fuerza de la autoridad eclesiástica.

En el S. XIII habían sido creadas las universidades que funcionaban en las catedrales y conventos, pero por entonces sólo participaban en ellas los clérigos y religiosos, ya que las clases eran dadas en latín y también las obras clásicas se encontraban en dicha lengua. (Esto explica por qué las primeras revoluciones científicas fueron realizadas por hombres de Iglesia).

En el S. XV Guttemberg inventa la imprenta, por lo cual se facilita la multiplicación de ediciones de las obras clásicas. Además comienzan a realizarse las traducciones de dichas obras, lo cual fue muy provechoso para que la gente común pudiera acceder a ellas y a las clases de la universidad.

Si bien, cronológicamente, el Renacimiento comenzó siendo un acontecimiento literario (cuyo precursor fue principalmente Petrarca -1304-1374-, quién buscaba recuperar el verdadero espíritu del pensamiento clásico con su imperativo de la libertad de la razón) no se estancó sólo en este ámbito.

Fue muy valioso entonces el espíritu de libre investigación como vehículo e impulso de todo género de materias. De este modo los humanistas pusieron las bases para el camino al futuro surgimiento de las ciencias y fue el principal factor de aquella amplitud de miras y de horizontes mentales que hicieron posible el advenimiento de éstas.

Después del Renacimiento, el primer gran cambio de enfoque científico lo realizó Nicolás Copérnico, matemático y astrónomo. Afirmó los dos movimientos de la tierra (sobre su propio eje y alrededor del sol), con lo cual encontró oposición tanto de algunos eclesiásticos como de científicos. Echó por tierra la física y astronomía aristotélica, postulando un universo heliocéntrico y homogéneo.

En 1530 escribe un tratado en el que  exponía su sistema, el cual fue aprobado por el papa Clemente VII. En esta obra postuló una imagen del mundo totalmente opuesta a la de Aristóteles.

La astronomía copernicana transformaba, no sólo lo creído hasta entonces sobre los planetas, sino también la mentalidad y creencias mismas de los hombres, quienes dejan de ser el centro de todo. Esto dio naturalmente lugar a que sus teorías despertaran recelos. Sus postulados contrariaban la opinión que por esos tiempos se consideraba la más científica, a pesar de que ya otros pensadores de este tiempo aceptara sus teorías, como por ejemplo: Giordano Bruno, quién además amplió los conocimientos de Copérnico hacia una visión del mundo con inclinaciones panteístas[1].

Incluso antes de Copérnico, Nicolás De Cusa (1401-1464), cardenal de la Iglesia fue el primero en cuestionar la antigua representación que se tenía del universo, postuló un cosmos infinito e ilimitado, rechazó la existencia de un centro del universo ocupado por la tierra, sosteniendo que el universo es uno y la tierra no es la cloaca del mismo, sino una “noble estrella”. Sin embargo, su postura, por ser simplista y radical, no tuvo eco ni influencia científica.

Francis Bacon (1561-1626), filósofo, canciller y escritor inglés, fue considerado históricamente como el “inaugurador” del método empírico en ciencia. Privilegió el método inductivo entendido como  procedimiento científico que va de lo particular hacia la validez universal, rechazando todos los conocimientos humanos anteriores[2].

Las doctrinas escolásticas estaban viejas y gastadas; el mundo del pensamiento filosófico estaba en ebullición y maduro para el cambio, y Bacon señaló el camino que había que seguir para ampliar y depurar el conocimiento de la naturaleza,  que en sus líneas generales, era el camino acertado.

Contemporáneamente un astrónomo danés, Tycho Brahe (1546-1601), con el apoyo del rey Federico II, construyó un observatorio en la isla de Hveen. En él realizó observaciones sobre la retractación de la luz y publicó un catálogo con la descripción de 777 estrellas. Su concepción del universo era intermedia entre los sistemas de Copérnico y Ptolomeo. Kepler, matemático astrónomo y moralista alemán, sucesor de Tycho Brahe en la corte de Praga, fue la segunda gran figura de la revolución científica. Defendió la teoría heliocéntrica y sus investigaciones astronómicas fueron extensas, motivadas por un impulso místico[3].

Los griegos poseían una visión del cosmos heterogénea (dividida en dos partes: la que estaba bajo la luna, mutable e imperfecta, y la que se encontraba más allá de la luna, inmutable y perfecta, según la noción de Parménides de que “lo inmutable es lo perfecto”), finita (mito del eterno retorno, circular), y geocéntrica (la tierra como centro del universo). Esta concepción griega del cosmos, pasó luego al  Medioevo. Por esta razón, quienes se consideraban responsables del bienestar intelectual y espiritual de Europa, procedían con celo y cautela ante todas estas nuevas teorías astronómicas que amenazaban conmocionar sus más profundas convicciones y poner en peligro las almas inmortales confiadas a su cuidado.

 

Caso Galileo Galilei

Para el S. XVI la matemática ya había comenzado a reemplazar a la metafísica. Para Galileo Galilei (1564-1642), matemático, astrónomo y físico italiano, la realidad se expresa matemáticamente. El es considerado el padre del método experimental: razón (razón-matemática, expresada en fórmulas: conjetura o hipótesis) y verificación (en contexto de idealidad). Sometió a crisis la física aristotélica estudiando la caída, no desde el punto de vista de la causa del movimiento, sino describiendo el movimiento por medio de una ecuación matemática (a Galileo no le interesaba estudiar el “por qué” sino el “cómo” del movimiento). Lo describe de modo tal que la velocidad es proporcional al tiempo.

Deduce por fórmula y experimentación que el movimiento de caída libre es un movimiento uniformemente acelerado. Por lo tanto la velocidad de un cuerpo que cae depende del tiempo durante el cual cae y no de su peso o de la fuerza que lo mueve, como lo había supuesto Aristóteles.

Sus teorías tuvieron gran importancia ya que revolucionó el pensamiento de su época. Junto con Copérnico, Kepler y Newton (representantes del cambio de paradigma metodológico), revolucionaron el S. XVII y fueron todos hombres de Iglesia.  Realizaron  enormes cambios en la visión del cosmos y en nuestros hábitos mentales.

Copérnico había planteado la superación del geocentrismo, era profesor de religiosos y clérigos, pero daba sus clases sin fundamento empírico. Planteó que en el cosmos no había dos partes que lo conformaban, sino que era homogéneo. El movimiento de vida que se daba en la tierra, se daba también en el universo. Sin embargo, no verificó nada de esto, por lo que sus enseñanzas no fueron puestas en discusión, sino hasta la llegada de Galileo Galilei, quién transformó los postulados de Copérnico en hipótesis, las cuales comprobó experimentando y observando a través de su telescopio[4].

Con sus hipótesis comprobadas, pasaba de la concepción aristotélica del cosmos (cerrado, delimitado y jerarquizado), a una concepción del universo infinito y homogéneo (ya que planteó que el movimiento es algo natural, “todo cuerpo en movimiento seguirá en movimiento si no encuentra impedimento, y lo que requiere explicación es el cambio de movimiento, la aceleración”). Sustituyó el geocentrismo por el heliocentrismo. En su obra: “Diálogos entre los dos sistemas del mundo”, de 1632, confronta los sistemas aristotélico y copernicano del cosmos, e intenta demostrar la superioridad del segundo.

Al afirmar el heliocentrismo y comprobarlo experimentalmente, implicó la desustancialisación del cosmos. La polémica de Galileo se basó en razones metafísicas. Según el principio de inercia, planteado por él, si el estado natural de los cuerpos es de movimiento, entonces no se necesita una causa que lo cree (como decía Aristóteles, que el movimiento es un paso de potencia al acto, y este se da como un movimiento continuo encadenado de los seres, que era iniciado por un primer motor inmutable, eterno, circular. Esta era una explicación metafísica del movimiento), pero el razonamiento de Galileo era un razonamiento matemático.

Desde el S. XIII Aristóteles y su pensamiento había irrumpido en occidente por Alberto Magno y, principalmente por Santo Tomás de Aquino, quienes habían cristianizado el primer motor aristotélico como Dios trinitario, al cual se encuentran ligadas las concepciones de nada y creación. Dios no es inmanente al cosmos, sino que lo trasciende. Pero si como decía Galileo, el movimiento es un estado natural: ¿para qué necesito el primer motor? No sería necesario un Dios que pusiera en movimiento al cosmos. Si Dios es trascendente al cosmos y no existe el primer motor, Dios no existe. Desde el punto de vista metafísico Galileo era un hereje, pero él había deslizado la metafísica, había matematizado la realidad.

Cuando Galileo se presentó en Roma, lleno de euforia, decidido a convertir a la corte pontificia, el choque fue inevitable. El mundo académico, principalmente aristotélico, urgía a entrar en acción. A pesar de que en 1530 el papado se había mostrado abierto frente a la nueva teoría, en 1616 obligó a Galileo a callar, calificando la teoría de Copérnico como falsa y contraria a las Sagradas Escrituras. Esto se dio en gran parte porque Galileo, con su telescopio, confirmó, con hechos tangibles, esta nueva teoría astronómica, que hasta entonces, sólo se había fundado en un argumento apriorístico.

Recién en 1822 el papado aceptó oficialmente la teoría heliocéntrica. Mientras tanto, Galileo Galilei fue perseguido por la inquisición, procesado y condenado a abjurar de sus ideas, a retractarse, aunque luego él siguió sosteniendo su tesis. El proceso en que fue condenado tuvo lugar en 1633, y allí fue condenado a prisión que, en vista de sus buenas disposiciones y su celebridad, fue conmutada inmediatamente por arresto domiciliario.

El proceso de Galileo no debería entenderse como un enfrentamiento entre ciencia y religión. Galileo siempre se consideró católico e intentó mostrar que el copernicanismo no se oponía a la doctrina católica. Por su parte, los eclesiásticos no se oponían al progreso de la ciencia; durante su viaje a Roma en 1611, se tributó a Galileo un gran homenaje público en un acto celebrado en el Colegio Romano de los jesuitas, por sus descubrimientos astronómicos. El problema es que no consideraban que el movimiento de la Tierra fuera una verdad científica, e incluso algunos (entre ellos, el Papa Urbano VIII) estaban convencidos de que nunca se podría demostrar.

A diferencia de Leonardo Da Vinci, el compiló y publicó sus investigaciones, entregando al conocimiento público su sometimiento a la comprobación práctica del telescopio de la astronomía copernicana. Todas sus teorías eran comprobadas por la observación y experimentación mediante la razón matemática. Pero no debe hacerse responsable a Galileo “… de que algunos de sus seguidores, exagerasen las repercusiones de esta ciencia sobre el problema de la realidad metafísica”[5].

 

 

BIBLIOGRAFÍA

  • DAMPIER, William C., Historia de la ciencia y sus relaciones con la filosofía y la religión, Tecnos, Madrid 1992, 126-173.
  • TEUFEL, Franz J., “Die Entfaltung der Wissenchaften im 17., 18., 19. Und 20. Jahrhundert”, en Aufklärung und Revolution, Herausgegeben von Heinrich Pleticha. Trad. al español M. Juárez.

[1] Este último, fue condenado a la hoguera en el 1600 no por su ciencia, sino por su filosofía y celo a favor de la reforma religiosa.

[2] A juicio de Bacon, lo que aquella generación necesitaba urgentemente eran hechos autenticados, y en eso tenía razón. Pero él personalmente no aportó al conocimiento natural ninguna contribución experimental con especial mérito o éxito; su teoría y método científico eran demasiado ambiciosos en sus pretensiones y poco practicables.

[3] Veía en el sol, a Dios Padre; en la esfera de las estrellas fijas, a Dios Hijo; y en el éter intermedio, al Espíritu Santo. Buscaba las causas últimas y la armonía matemática en la  mente del Creador.

[4] Sobre este punto es importante destacar que al postular, es decir, al realizar un  enunciado sin necesidad de verificación, se constata que Copérnico tuvo la intuición genial, pero no verificó nada sobre el heliocentrismo; Galileo dio un paso más y lo planteó en forma de hipótesis, la cual pide, para legitimarse, que se compruebe con los hechos: la verificación, y lo hizo con la ayuda de un telescopio creado por él mismo.

[5] DAMPIER, William C., Historia de la ciencia y sus relaciones con la filosofía y la religión, Tecnos, Madrid 1992, 161.