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Algo sobre la credibilidad de la Iglesia…

Siguiendo la reflexión de las entradas anteriores, podemos  concluir que el verdadero problema de fondo parece ser una determinada concepción de Iglesia, que va a determinar el tipo de teología que realiza el magisterio, considerada universal e incambiable, que no tiene en cuenta la historicidad propia de las mismas imágenes y conceptos en los que se ha anclado como inamovibles.[1]
Un diálogo como el que hemos descrito antes no parece una tarea fácil de entablar, especialmente si aceptamos que un dialogo auténtico requiere que ambos interlocutores sean capaces de una crítica constructiva recíproca, defendiendo su propio enfoque de la verdad, con libertad en la expresión de la opinión en un contexto de respeto y escucha.
Al parecer la Iglesia católica no puede detentar dicha suerte en su historia reciente. Sin embargo, la situación actual, con la impronta del papa Francisco, sin ser un cambio rotundo en este aspecto, si se ha mostrado más abierta a la posibilidad de este diálogo autentico del que hablamos. Esto no quiere decir que no persista aún, en la mayoría de los ámbitos dentro de la Iglesia, la impresión de que aquel que cuestiona posiciones o interpretaciones queda bajo la sombra de la desobediencia.

La obediencia cristiana, tan remarcada por el magisterio de las últimas décadas, no parece dejar mucho margen a la libertad de expresión. Ejemplos como el de Hans Küng, Leonardo Boff o Tissa Balasuriya lo exponen.[2] Estamos en un momento histórico en el que corremos el riesgo de perder lo esencial de la misión de la Iglesia, dejar de ser sacramento de salvación para el mundo contemporáneo, pues estamos perdiendo la credibilidad. Entre tantas controversias y conflictos con los teólogos/as y sus teologías, la Iglesia ha ido logrando debilitarse creyendo que se fortalece en un juridicismo que, en realidad, aparece como desmotivador, promotor de la increencia, y de la falta de valoración de la institución como instancia mediadora de la gracia.
González Faus propone como primeros pasos para liberar al magisterio de la impronta tan marcadamente autoritaria y dogmática que posee: la creación de convicciones, más que la imposición de verdades, evitar confundir la interpretación de la fe con una cultura cristiana o una configuración eclesial determinada, discernir mucho, proponer mucho y mandar poco.[3]

En última instancia, de lo que estamos tratando es de la conversión a Cristo y su Evangelio, porque en eso consiste la santidad de la Iglesia: en buscar permanentemente la conversión y renovación.[4] Y en esta búsqueda quedamos implicados todos cuantos formamos parte de ella. Estamos ante un momento de la historia, en que las relaciones entre teólogos/as y magisterio, quedan acuciantemente llamadas a volverse hacia el sentido de la fe de los creyentes, el sensus fidei fidelium como magisterio que precede todo magisterio y toda teología.[5]

Ya no se puede continuar en un ir y venir de afirmaciones unilaterales de parcelas de autoridad y poder, sino que es otro el camino que debe hallarse, más lúcido, creativo y fraterno para contribuir verdaderamente al consenso de la fe y procurar dar un testimonio más creíble de la Verdad en este momento de la historia que aún espera caminos verdaderos.

Siempre quedan márgenes de libertad en los que aún podemos actuar en esta búsqueda, cultivando alianzas y trabajando desde lo pequeño, porque son muchos los que guardan la esperanza y el Espíritu está siempre soplando en la historia, muchas veces, desde los lugares más inesperados.

[1] ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, en QUEZADA, Javier (Ed.), Desafíos del pluralismo a la unidad y catolicidad de la iglesia, Universidad Iberoamericana, A.C., México, 2002, 133.

[2] Cfr., DEMEL, Sabine, “Libertad de expresión y obediencia cristiana: ¿La cuadratura del círculo?”, Selecciones de Teología 161 (2002), 58-68 [Münchener Theologische Zeitschrift, 50 (1999) 259-273], 59-60.

[3] GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, Herder, Barcelona 1996, 265.

[4] Lumen Gentium, n.8.

[5] Cfrr., SILVA S., Joaquín, “Magisterio, Teología y Sensus Fidei”, Humanitas 61 (2011), 97.

Magisterio, sensus fidei, teologías

Es interesante lo que Gonzalez Faus reflexiona a causa del análisis de todos los casos de fehacientes errores en la historia del magisterio: muchas veces aún hoy, se ha buscado recuperar algo de ese poder perdido de los siglos del Medioevo, no sólo en una especie de superveniencia de la llamada “papolatría”, que diviniza el poder espiritual del papa, sino también en “la ilusión de una nueva cristiandad”.[1] Dentro del marco del pluralismo que caracteriza al momento histórico en que vivimos, cabe preguntarnos por la legitimidad de dicha ilusión. Además de que no podemos pretender que el mencionado pluralismo, tan manifiesto en cada sector de las sociedades contemporáneas, no se muestre también dentro de la propia estructura eclesial. Sea en cuanto a modos de vivir la fe, a teologías, e incluso a prácticas religiosas, más allá de que de parte de la jerarquía eclesial se insista en la uniformidad, es esencial de cada pueblo su particular modo de encarnar la fe en su cultura.

Si reconocemos que el magisterio es un servicio (ministerio), que tiene la finalidad última de ayudar a la comunidad creyente a permanecer fiel al evangelio, mediante la búsqueda de una interpretación auténtica de la palabra de Dios, no podemos dejar de preguntarnos por la cualidad de dicha fidelidad, es decir, por el modo en que esta misión debe ser llevada a cabo. Ya en 1995, el mismo Juan Pablo II planteaba: “debemos constatar una difundida incomprensión del significado y de la función del magisterio de la Iglesia”.[2] Muchas veces aparece la percepción de que los obispos toman posturas sobre diversos temas sin antes haber realizado la debida escucha y reflexión de los problemas planteados, no sólo por los teólogos, sino también por el pueblo creyente. Sus enseñanzas, así, terminan siendo percibidas como meras defensas de intereses institucionales.

Congregación para la Doctrina de la Fe
Congregación para la Doctrina de la Fe.

 

 

 

 

 

 

También la teología suele ser vista como lejana a la vida de los fieles, del pueblo que cree, planteando cuestiones que no afectan, o nada tienen que ver con sus vivencias de la fe y la presencia de Dios. Se cuestiona su incidencia en la praxis de la vida de los creyentes, su contacto con ella. Es que “Tanto el magisterio como la teología se deben a la Revelación de Dios en Jesucristo que ha sido acogida mediante la fe. […] en esta distinción entre magisterio y teología hay que reconocer una unidad que la antecede y la determina internamente: y esto es el sensus fidei”.[3] Este sentido de la fe de los creyentes no se trata de la opinión de las mayorías en la Iglesia, sino de la acción del Espíritu generadora de una capacidad especial, en cada creyente y en toda la Iglesia, de comprender y vivir la fe. “El auténtico sensus fidei no se establece estadísticamente, sino por la conformidad de aquello que se cree y vive con el Evangelio de Jesús”,[4] dentro de un proceso de discernimiento que favorece el sobrevenir del consenso de la fe, junto con el magisterio y la teología. Recuperando estas categorías, en relación estrecha con la noción de magisterio, nos encontramos con una forma de revitalizar nuestras comprensiones sobre el mismo dentro de la Iglesia. Al respecto Yves Congar comenta:

 

“En el marco de la vida eclesial, la fe es comunión, y por ende, tanto consenso como obediencia. Se insiste sobre ésta cuando se ve a la Iglesia como una sociedad sometida a una autoridad monárquica; y sobre la recepción-consentimiento cuando se ve a la Iglesia universal como una comunión de Iglesias. Es innegable que la primera concepción [el consenso] estuvo viva durante el primer milenio, y que la segunda [la obediencia] ha dominado en occidente desde la reforma del siglo XI hasta el Vaticano II… Cabe preguntar si [este segundo régimen] hace justicia a ciertos aspectos de la naturaleza de la Iglesia, cuya autenticidad no puede prescribir, y que fueron redescubiertos por el Vaticano II…: 1) La Iglesia universal no puede errar en la fe. 2) El consenso, la unanimidad es un efecto del Espíritu Santo y señal de su presencia”.[5]

 

El título de la obra de  González Faus que citamos al comienzo, nos da una clave muy importante para reflexionar sobre el tema: “La autoridad de la verdad”. La cuestión de la verdad juega un rol contundente, pues el concepto que tengamos de verdad va a influir gravemente en la comprensión eclesial de magisterio, teologías, sensus fidei. Si la tomamos en un sentido lógico, positivo y racional, nos llevará a comprender la verdad de la fe como un conjunto de afirmaciones doctrinales a las cuales habrá que asentir, o de lo contrario, caer en el error. De este modo perdemos de vista la experiencia y el testimonio de la fe. Y dentro de un modelo eclesiológico que privilegie la concepción del magisterio como órgano de autoridad, la verdad se encontrará sólo en manos del papa y los obispos, quienes deberán enseñarla a los fieles, reducidos a una recepción pasiva. Pero la tradición más antigua nos habla de la verdad como acontecimiento, el acontecimiento de Jesús crucificado y resucitado. Es el Espíritu quien nos adentra en ese acontecimiento. Y de este acontecimiento todos los creyentes damos un testimonio verdadero: “Entendida en este sentido la verdad es comunión, compartir y perdonar. Habita en el pueblo entero de los bautizados y encuentra las formas de expresión más diversas”.[6] Esta no es una verdad que pueda asirse en conceptos y definiciones porque “[…] la misma verdad, suscita un testimonio plural”.[7]

Hablamos de teologías, porque no es posible afirmar que haya una teología en tensión con el magisterio y porque en relación a esta concepción de verdad, es inevitable percatarse de las múltiples y plurales formas y tipos de teologías que se pueden encontrar hoy con el magisterio de la Iglesia. La forma en que se encuadre esta relación dentro de una concepción eclesiológica concreta, determinará el resultado, o si se quiere, la mera posibilidad de un verdadero diálogo entre ambos. Hablamos de teologías también porque el magisterio detenta una teología particular, como afirma B. Andrade citando a M. Löhrer: “El conflicto entre magisterio y teología que se percibe en la actualidad es un conflicto entre diferentes tipos de teología”.[8] En el trasfondo se encuentran diferentes concepciones de la Iglesia.

[1]GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, Herder, Barcelona 1996, 46.

[2] JUAN PABLO II, Discurso de S.S. Juan Pablo II a la Asamblea plenaria de la Congregación para la Doctrina de la Fe, (24 de noviembre de 1995), n.4. Ya en 1980, en su discurso en Altötting, Alemania, Juan Pablo II había pronunciado palabras esperanzadoras sobre la magisterio y la teología: ambas presuponen la fe eclesial, la cual ninguna tiene por sí misma; tienen una tarea diferente, pero no pueden ser reducidos el uno al otro porque prestan su servicio a lo mismo, alimentar la única fe a una única Iglesia. “La teología es una ciencia con todas las posibilidades del conocimiento humano. Es libre en la aplicación de sus métodos y de sus análisis, y su autonomía es irrenunciable” (n.3). Aún más, debe hacer nuevas propuestas como ofrecimiento a toda la Iglesia, aunque haya que corregir o ampliar ciertas cosas, para que puedan ser aceptadas por todos. Estas palabras abren un camino y una tarea por delante. Lamentablemente el discurso sobre el tema se fue desarrollando contrastantemente a esta postura, culminando en la cerrada declaración de la instrucción sobre la Vocación eclesial del teólogo, de la Congregación para la doctrina de la fe. Cfr., ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, en QUEZADA, Javier (Ed.), Desafíos del pluralismo a la unidad y catolicidad de la iglesia, Universidad Iberoamericana, A.C., México, 2002, 130-131.

[3] SILVA S., Joaquín, “Magisterio, Teología y Sensus Fidei”, Humanitas 61 (2011), 95. Para una breve historia de las relaciones entre teología y magisterio ver: ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, 123-128.

[4] Ibíd., 98.

[5] CONGAR, Yves, La “réception” comme  réalité ecclesiologique, en Eglise et papauté, 256-257. Citado en: GONZÁLEZ FAUS, José I., La autoridad de la verdad. Momentos oscuros del magisterio eclesiástico, 221.

[6] ANDRADE, Bárbara, Teologías y magisterio, 129.

[7] Ibíd.

[8] Ibíd., 133.

Michel De Certeau me invita a algunas reflexiones personales…

Luego de una primera lectura o pantallazo del pensamiento o modo de pensar de Michel de Certeau es imposible no reconocer la presencia abundante de la duda, ni dejar de percatarse de que al no reconocerla podemos, y de hecho lo hemos hecho, caer en una ingenuidad alienante de todo aquello en lo que creemos o creemos creer.

Me obliga a preguntarme: ¿desde dónde escribo-argumento? ¿Hasta qué punto impregna mis pensamientos y dilucidaciones la pertenencia institucional a la Iglesia católica? ¿Acaso se puede estar libre de ello? Al menos generar estas preguntas es ya un paso tan intrigante y desafiante como un tanto aterrador. ¿Dónde comienzo y dónde terminaré?

Frente a la afirmación de que “ser jesuita es el signo de un compromiso personal y no de una pertenencia social” me pregunto hasta qué punto no he funcionado, consciente o inconscientemente, de la manera contraria. A pesar de haber sido criada en el marco de una familia católica conservadora, la búsqueda de algo que fundamente mi existir, no me ha permitido aceptar todo sin preguntarme varias cosas, y dentro de este mismo movimiento no temo entrar y salir del dogma cuantas veces sea necesario en mi búsqueda de un encuentro y, aunque sea un muy vago, conocimiento de Dios, no sólo en mi corazón, sino en un eterno intento de mi mente. Pero no puedo asegurar que haya sido una actitud realmente comprometida o sólo un poco de rebeldía superficial.

Comprobamos nuevamente que el lenguaje no logra expresar la complejidad de lo real, pero como sólo a través de él pensamos, lo imperioso será estar atento a cada intento de acercamiento a lo real. Cada cosa que se diga podrá tener algo de real y algo de mentira. Para eso es necesario asumir el inmenso riesgo de “perdernos en el bosque”, como invita Umberto Eco.

¿Cómo pretendemos decir algo de la historia, de la historia de la Iglesia, de Dios (¡!)? La inversión de nuestro modo de pensar puede ayudarnos a comenzar y enseñarnos a no ser tan pretenciosos como ingenuos en nuestras argumentaciones. Mi gran duda es si es esto posible.

Creo que dentro de la Iglesia católica hay un gran problema, como un nudo que se ha ido enredando desde hace siglos, de comunicación. Me refiero a un real intento de comunicación que no se preocupe tanto de afianzar verdades, marcar camino, como de abrir mundos posibles y de escucha. El pluralismo imperante en cada ámbito del mundo postmoderno es una bofetada que interpela estos siglos de tradición anquilosada.

Como Freud se preguntó “¿Qué pasó con la magisterialidad de la historia después de la II guerra mundial y la shoah?” ¿Qué preguntas se hace (nos hacemos) la Iglesia de su historia y su supuesta magisterialidad? ¿Se hace alguna? Quizás podemos dejar de ser una gran montaña de certezas.

¿Qué es la Teología?

Sala della Teologia. Biblioteca del monasterio di Strahov. Repubblica Ceca.

Teología puede parecernos a veces un término o una ciencia para unos pocos entendidos, quienes se encuentran en una situación de ventaja con respecto a los creyentes “comunes y corrientes” que simplemente conocen, con cierta escasez en muchas ocasiones, lo básico de la fe. Sin embargo, como bien afirma Ratzinger, “Ciertamente no es dado a todos los hombres cultivar la ciencia teológica; pero el acceso a los grandes conocimientos fundamentales está abierto a todos”[1].

La definición del término, que es de origen griego, significa tratado o ciencia de Dios. A partir de Eusebio de Cesarea (siglo III) este término comienza a utilizarse por los cristianos como exposición metódica y estructurada de la revelación. Esto quiere decir que la teología es la ciencia por la cual el creyente, a través de la razón, intenta comprender aquello que cree por la fe, y las consecuencias que conlleva para su propia existencia. Podemos decir que “la teología es la apropiación y comprensión de la revelación divina, es la fe que busca entender”. Recibe su contenido de la revelación “[…] para luego comprenderlos en sus conexiones internas y en su sentido”[2].

Para penetrar el mundo cotidiano de nuestra vida es necesaria una comprensión de nuestra fe haciendo uso de la razón. Y en este sentido todo hombre o mujer que se hace la pregunta sobre Dios y su mensaje, es en cierto modo teólogo. Así la teología no sólo nos acerca a una mejor comprensión sobre Dios, sino también sobre nosotros mismos, nuestra existencia y nuestro destino. Por tanto no es únicamente una reflexión teórica, sino que deriva en una determinada praxis. Cada tema o pregunta que surge desde la fe y la reflexión por la que buscamos comprenderlo, no se tratan de meras expresiones o especulaciones abstractas, sino de una búsqueda por comprender el ser mismo del hombre y la realidad. Dicho esto la teología aparece como algo sumamente serio en la vida de los hombres, pues trata de la primera pregunta sobre el hombre. Aristóteles la llamó la ciencia primera por tratar de los temas más fundamentales[3].

Es habitual distinguir entre dos clases de teología, la llamada teología natural o teodicea y la teología revelada. La primera busca una aproximación a la realidad divina mediante la sola “luz de la razón”, propia del filósofo. Partiendo del conocimiento del mundo, llega a un saber sobre Dios. La segunda se dirige por la “luz de la fe” y a partir de allí avanza en una ulterior dilucidación racional[4]. Ambas entablan un diálogo, pues la teología se sirve la de la filosofía, a la vez que la filosofía le suscita cuestiones a la teología[5].

La fe busca comprender por amor a aquel a quien da su asentimiento, pues amar es querer conocer. “Hay una conexión entre amor y verdad que es importante para la teología y la filosofía. […] el amor a Cristo y al prójimo desde Cristo sólo puede tener consistencia si en lo profundo es amor a la verdad”[6]. Siguiendo esta afirmación concluimos que la teología pertenece tanto a la fe como al pensar. Del encuentro con la palabra divina en la conversión surge el pensamiento en la teología, por lo que se dice que vive en una especie de tensión paradojal por su vinculación entre fe y ciencia que busca comprender. Y siendo fe y teología distintas, pues cada una tiene su propia voz, la de la teología es dependiente de la voz de la fe y la interpreta[7].

Finalmente, es compromiso de todo teólogo a la hora de intentar comprender, no dejar de tener presente las siguientes palabras: “Tú planeas buscar –y sin embargo has sido encontrado largo tiempo ya y desde el principio-“[8].


[1] RATZINGER, Joseph, Naturaleza y misión de la teología. Ensayos sobre su situación en la discusión contemporánea, Agape Libros, Buenos Aires 2007, p.70.

[2] Ibíd., p.22-23.

[3] Cfr., FERRATER MORA, José, Diccionario de filosofía, p.774.

[4] Cfr., Ibíd., p. 775.

[5] Cfr., Ibíd. También: Cfr., RATZINGER, Joseph, Naturaleza y misión de la teología… p.28-34.

[6] RATZINGER, Joseph, Naturaleza y misión de la teología…p.34.

[7] Cfr., Ibíd., p.102.

[8] VON BALTHASAR, Hans Urs, El corazón del mundo, Agape Libros, Buenos Aires 2007, p.17.