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Comentario y análisis de sucesos y cuestiones teológicas de hoy

¿Quién fue Judas Iscariote?

Caravaggio. El beso de judas

¿Conocemos a Judas Iscariote? El nombre de Judas es conocido en la historia como sinónimo de traidor y ha causado a lo largo de la misma tanto desprecio como admiración, quizás por el temor a sufrir su mismo destino. A partir del descubrimiento de un manuscrito gnóstico titulado el evangelio de Judas (datado alrededor del siglo II d.C.), bajo circunstancias bastante oscuras, comenzaron a aventurarse hipótesis de que la Iglesia habría falsificado la figura de Judas, y su nombre fue nuevamente puesto en el tapete. El mencionado evangelio de Judas, por su parte, es tan difícil de traducir como de interpretar.

Comencemos por acercarnos a Judas analizando lo que los evangelios sinópticos dicen sobre él. En ellos parece muy sugestivo que Judas sólo aparece al comienzo y en la última cena. No se lo menciona durante la vida pública y prédica de Jesús. Y desde la primera mención es designado traidor o entregador de Jesús.

Sabemos que fue elegido por el propio Jesús, para formar parte de su círculo de amigos más intimo. Y podemos suponer que, aunque estos tres evangelios no lo mencionan, acompañó a Jesús durante su vida pública al igual que el resto de los apóstoles. Por lo tanto, escuchó sus enseñanzas, presenció sus milagros.

En la lista de los Doce, antes que Judas, es mencionado en los tres evangelios Simón, a veces denominado el cananeo o el zelota (Mt 10,4; Mc 3,18s; Lc 6,15s). Los Zelotas eran un grupo revolucionario que buscaba liberarse de los romanos, eran una especie de movimiento guerrillero. Simón, uno de los Doce, parece haber formado parte de este movimiento si era conocido con ese nombre. Él junto a Judas Iscariote son los dos personajes un tanto problemáticos, y aparecen citados al final de la lista.

En cuanto a la entrega de Jesús el texto de Marcos es el más simple y no da las razones por las que Judas decide entregar a su maestro (Mc 14,10-11). En el texto de Mateo se acentúa el tema del dinero: Judas entrega a Jesús por interés por la plata (Mt 26,14-16). El texto de Lucas da un paso más realizando una elaboración teológica: el demonio lo poseyó (Lc 22, 3-6). No fue complicado consumar la traición, pues el Sanedrín, formado por la clase sacerdotal de los saduceos, tenía la mirada puesta en Jesús a causa de la amenaza que representaba para la purificación del templo.

En la designación del traidor (Mt 26,21-25; Mc14,18-21; Lc 22,21-23), nos llega una pregunta a la mente: ¿podía saber Jesús que uno de ellos lo iba a traicionar? ¿Incluso saber cuál? Sin embargo lo que busca el texto no es responder a estas preguntas, sino subrayar la soberanía de Jesús que sabe y va decidido a su muerte. Pero ¿por qué traicionó Judas a Jesús? El evangelio de Lucas, como ya hemos visto, nos dirá que fue llevado por Satanás (Lc 22,3).

En el momento de la traición Jesús es el que conoce las cosas. Sabe de antemano que están viniendo[1]. Y con un beso Judas identifica a Jesús para ser apresado. Luego del beso con el cual Judas lo entrega, Jesús lo confronta llamándolo “Amigo, ¿para qué has venido?” (Mt 26,50). En Marcos no se dice nada de la reacción de Jesús (Mc 14,4147), y Lucas lo presenta preguntando: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?” (Lc 22,48).

Al relatar el final de Judas, Lucas, en el libro de los Hechos (Hch 1,16-20), al igual que Mateo (Mt 27, 3-10), quiere mostrar cómo se cumple la Escritura. En ambos relatos el traidor es castigado con una muerte horrorosa, y en ambos casos significa el cumplimiento de las Escrituras[2]. Son dos muertes “fabricadas” a partir de la Escritura. Los presupuestos de los dos son bíblicos, no históricos. También Papías de Hierápolis[3] escribió una leyenda negra sobre el final de Judas, siendo ésta la versión más cruda[4]. No sabemos cómo murió Judas, lo más seguro es que se haya separado de los Doce, pues tuvieron que elegir a Matías, como figura en los Hechos de los Apóstoles (Hch 1, 21-26).

El evangelio de Juan es el más sobrio a la hora de contar la historia. En el cuarto evangelio no hay una lista de los Doce como en los sinópticos, pero en el capítulo 6 aparece al final del discurso del pan de vida (6,28-59), que un grupo se aleja de él (6,60-65). “Pero hay entre vosotros algunos que no creen”. Porque Jesús sabía desde el principio quienes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar (6,64). Luego de la confesión de fe de Pedro que sigue a esta escena, dice Jesús: “¿No os he elegido yo a vosotros, los Doce? Y uno de vosotros es un diablo” (6,66-71). Podemos ver que hasta aquí, Judas aparece no actuando, sino en boca de Jesús. Pero en Jn 12,5, Judas actúa, se escandaliza ante el derroche de un perfume por una mujer en los pies de Jesús, y se dice que era un ladrón. Aparece como persona interesada por el dinero y de poco valor moral.

En Jn 13,21, en la escena de la última cena, Jesús mismo señala al traidor, “uno de vosotros me entregará”. En Jn 13,30: Jesús le dice al discípulo amado que Judas es el traidor y Judas se levanta y se va, “era de noche”, aclara el evangelista para dejar en claro que judas abandona el recinto donde estaba la luz y se va a la oscuridad. El Judas de Juan, al igual que el de Mateo, tiene interés por el dinero, pero aparece desde el principio como un diablo. Finalmente en Jn 18,1s, una cohorte de 600 soldados se presenta para arrestar a Jesús, pero la escena del beso no aparece, ni se menciona el final de Judas.

Ya en el mundo antiguo la figura de judas llamó la atención de muchos y se generaron leyendas a cerca de él, como ya hemos visto. En el siglo II Ireneo de Lyon[5] cita al mencionado Evangelio de Judas Iscariote (aprox. a.180). Posiblemente tenía sólo un resumen, pero sabía que existía. En 1975 se encuentra, en un códice con otros textos, el del evangelio de Judas, en unas cuevas cercanas a la orilla del Nilo, en un lugar llamado Al minya. Cerca de este lugar, más al sur, en el siglo IV había un pequeño convento de monjes gnósticos. Los de Al minya pertenecían a ese grupo. El evangelio de Judas es un texto gnóstico en copto (lenguaje que en la antigüedad se hablaba en Egipto).

Fueron unos beduinos quienes lo encontraron, y por 25 años fue vendido numerosas veces, pasando de mano en mano, deteriorándose mucho. Finalmente una suizo-egipcia de apellido Tchakos logró comprarlo y en el 2002 se lo entregó a un experto coptólogo para que lo traduzca. Durante 5 años trabajaron junto con restauradores y lograron una traducción del texto. En el año 2007 se publica con un enorme aparato de publicidad por la National Geographic Society. El texto es una visión gnóstica de la figura de judas. No es fácil de entender por la tradición y el idioma en el que está escrito, el cual es muy complicado. Se puede datar entre el 50-170d.C.[6].

Gnosis en griego significa conocimiento. Es un término que se aplica a un movimiento que parte de una visión negativa del mundo, Dios y los hombres. El mundo es malo y hay que liberarse de él. Plantea un dualismo de dios malo (material) y uno bueno (espíritu).

En este texto gnóstico, se puede percibir de fondo la concepción bipartita del pensamiento gnóstico y Judas aparece como el decimotercer discípulo, es decir, el verdadero discípulo, pues Jesús les dice a los Doce: “ustedes no me conocen”. Judas sería, dentro de la interpretación teológico-gnóstica, el instrumento del dios gnóstico y aparece como el revelador de Jesús, como el instrumento del Dios supremo liberando a Jesús de su ropaje corporal al entregarlo (pues los gnósticos diferencian entre el Jesús -de ropaje humano, no admiten la verdadera humanidad de Jesús: él se reviste de un ropaje humano- y el Cristo).

El texto del Evangelio de Judas no aporta nada nuevo sobre la verdad histórica de Judas, sino una interpretación teológica de su figura. La importancia de este texto (centrado casi exclusivamente en una crítica terrible a la gran Iglesia) radica en ser instrumento para el estudio de la gnosis.

Para intentar una aproximación histórica a Judas, podemos intentar buscar respuesta a ciertas preguntas sobre él: ¿Quién es Judas? ¿De dónde viene? ¿Por qué la traición? Como hemos visto en el Nuevo Testamento Judas aparece en todos los evangelios y Hechos como un traidor, como instrumento del diablo (Lc y Jn), también como instrumento de Dios -pues se cumple la Escritura por medio de Judas-, como ladrón (Jn), y como traidor arrepentido (Mt). Por lo tanto podemos tomar como base histórica acerca de Judas, que estuvo dentro del grupo de los Doce, y que es quién entregó a Jesús.

El nombre Iscariote puede derivar de sicarius (sica: palabra latina que significa cuchillo corto). Los sicarios eran activistas urbanos dentro del grupo de los zelotas. Siempre usaban un puñal corto, de allí el nombre. El nombre de Iscariote nos lleva a preguntarnos si Judas era un sicario del grupo de los zelotes, además de que en la lista de los Doce, aparece citado después de Simón el zelota (Lc 6,15).

Luego de la confesión de fe de Pedro “Tú eres el Cristo” (Mc 8,29), Jesús anuncia su sufrimiento a lo que Pedro replica y Jesús le dice: “¡Quítate de mi vista Satanás! Porque tus pensamientos no son los Dios, sino los de los hombres” (Mc 8,31-33). La concepción mesiánica de Pedro es la típica judía, con ideas de un mesianismo más político. Ellos esperaban un Mesías triunfador que los liberara del imperio romano. Pero Jesús no encaja en esa concepción mesiánica. Siguiendo esto, podemos pensar que la reacción de Judas no está aislada, pues puede haber pertenecido a la misma decepción de ese grupo al no ver a Jesús cumpliendo el mesianismo esperado por ellos. Esto sería plausible, históricamente hablando. Es importante para saber quién es Judas el entenderlo dentro del grupo de los Doce. Cuando Jesús es arrestado, sus discípulos se asustan y se esconden. Pedro lo niega tres veces. Se marca una distancia entre ellos y Jesús. En ese papel activo de rechazo hacia Jesús, Judas acentúa la distancia.

Ante este hecho nos cuesta entender el misterio de este hombre, ¿Por qué traicionar a su amigo y maestro? Podemos suponer que fue la codicia, como deja entrever el evangelio de san Juan, o por sentirse defraudado al no ver cumplirse el mesianismo político que quizás esperaba. El mayor misterio de Judas es posiblemente, que viviendo al lado de Jesús como su amigo y discípulo, no logró purificar su fe. Pero lo más importante es que el misterio de Judas es quizás nuestro también, porque es el misterio de mezquindad y debilidad humana de la cual todos podemos ser presa.

Jesús nos muestra la otra cara de esta situación. No sólo le advierte tiempo antes, tanto a Judas como a los otros, incluido Pedro, para que estén atentos a la tentación, sino que también, en un acto de humillación profunda “Se levantó mientras cenaba, echó agua en un recipiente y empezó a lavarles los pies a sus discípulos” (Jn 13, 4s) – y sabemos que Judas estaba entre ellos-. Y hasta el final, cuando Judas lo besa para entregarlo, Jesús lo considera amigo (Mt 26,40).

Jesús siempre está buscando salvarlo, y al reflexionar sobre Judas debemos recordar que siempre está buscando salvarnos a nosotros también. ¿Y cuántas veces hemos actuado como Judas? ¿Cuántas veces, lo hemos dejado solo, hemos antepuesto ambición y egoísmos al amor que Él nos ofrece? Y en nuestros hermanos, ¿acaso nunca lo hemos traicionado, negado, mirado hacia otro lado? Judas se equivocó, como tantos otros. Lo importante es saber volver a Jesús y, en lugar de sumergirnos en el remordimiento y la culpa sin fin, ser capaces de buscar su misericordia.

Sí, conocemos a Judas, porque él es la tentación que todos vivimos de abandonar a Cristo, porque no cumple nuestras expectativas mezquinas, porque no encaja en nuestro pequeño intelecto, que busca comprender el Misterio, cuando debe abrirse y abrazarlo en la gracia. El Nuevo Testamento no pretende ensañarse con la figura de Judas. Nos habla del amor de Dios por los hombres y nos muestra que Dios es el que triunfa, más allá de todas las traiciones y debilidades humanas.


[1] Sabemos que la primera comunidad cristiana jamás hubiera inventado que uno de sus más allegados lo entregaría.

[2] Por lo tanto el relato no tiene pretensión histórica.

[3] Fue uno de los Padres Apostólicos de la Iglesia católica, canonizado como santo. (h. 69 – h. 150). Fue contemporáneo de Policarpo, Justino Mártir y Marción. Nos explica Eusebio de Cesarea que Papías fue obispo de Hierápolis, en Frigia (Asia Menor) y San Ireneo de Lyon nos dice que fue «oyente de Juan, compañero de Policarpo de Esmirna, varón antiguo». Según parece, murió en el año 150.

[4] Apolinario. «Judas no murió ahorcado, sino que vivió, pues fue cortada la cuerda antes que quedara asfixiado. Y los Hechos de los Apóstoles muestran esto, que cayó de cabeza y se abrió por la mitad, y salieron todas sus entrañas. Este hecho lo refiere más claramente Papías, el discípulo de Juan, en el cuarto (libro) de su Exposición de las Palabras del Señor, como sigue: Judas anduvo por este mundo como un ejemplo terrible de impiedad; su carne hinchada hasta tal extremo que, donde un carro podía pasar sin estrechez, él no podía pasar, ni aun la masa de su cabeza meramente. Dicen que sus párpados se hincharon hasta el punto que no podía ver la luz en absoluto, en tanto que sus ojos no eran visibles ni aun para un médico que mirara con un instrumento; tanto se habían hundido en la superficie… ». Sus partes vergonzosas dicen que aparecían más repugnantes y mayores que cuanto hay de indecoroso y que echaba por ellas de todo su cuerpo pus y gusanos para escarnio sobre los propios excrementos. Y después de muchos tormentos y castigos, murió -dicen- en un lugar de su propiedad, que quedó desierto y despoblado hasta el presente a causa del mal olor. Es más, hasta el día de hoy no se puede pasar cerca de aquel lugar si no se tapa las narices con las manos. Tan enorme fue la putrefacción que se derramó de su carne sobre la tierra.  XVIII. Compilado de Cramer, Catena ad Acta SS. Apost. (1838) p. 12 ss., y otras fuentes

[5] Ciudad lejana dentro del imperio Romano que lindaba casi con la frontera galia con los bárbaros.

[6] Su origen es probablemente en el siglo II, en griego, pero el documento escrito encontrado en Egipto es del siglo IV, en copto.

 

 

María: ¿modelo de la mujer?

María

A medida que la teología de María se fue desarrollando, y sobre todo durante su período culmine bajo el pontificado de Pío XII, con la definición del dogma de la asunción (1950) y con la celebración del año mariano (1954), el modelo de María a ser imitado no era el de la Iglesia primitiva, sino más bien este nuevo modelo propuesto por una mariología maximalista y promotora de una visión de María llena de privilegios y virtudes bastante descontextualizada[1].  Este modelo para todos los fieles pero especialmente para la mujer, era delineado por varones  sumergidos en una cultura y una sociedad  patriarcal. Estos valores o virtudes que se presentaban para las mujeres eran los de: esposa, madre y virgen. El ideal del eterno femenino[2].

Hasta el día de hoy continúa presente esa imagen de María propuesta como esposa perfecta, cuando cada vez son más las mujeres que optan por la soltería como un modo de ejercer su propia individualidad e independencia. Inclusive las que optan por el matrimonio, no lo hacen bajo los términos presentados por esta tradición mariana, sino en una relación de igualdad de derechos, responsabilidades y deberes en relación al cónyuge. Como madre, cuando en la sociedad actual las mujeres desarrollan actividades tanto como los hombres y controlan por esto la natalidad, el valor de la maternidad ya no es visto como el único modo de realización personal de la mujer. Como virgen, cuando es complejo para la sociedad actual comprender su significado más profundo, entendida tantas veces como no más que una renuncia a la sexualidad. Renuncia que se entiende poco bajo la influencia de los cambios sociales y culturales y el mismo avance de la teoría feminista, en la que la libertad en el ejercicio irrestricto de la sexualidad parece significar una especie de independencia e igualdad con el hombre.

Juan Pablo II en su catequesis durante la audiencia general de los miércoles del 6 de diciembre de 1998, dirá que María expresa lo que es esencial de la personalidad femenina. Esto es, refiriéndose al relato de la Anunciación, dar su consentimiento generoso ante la iniciativa del ángel como mensajero de Dios. A través de esta antropología dualista de género manifiesta como papel de la mujer a la luz de María, la sumisión ante el papel activo del ángel en representación de lo masculino, aunque sea indirectamente[3]. A pesar de este antecedente tan reciente, ya Pablo VI venía advirtiendo la ineficacia de este modelo de María en la exhortación apostólica Marialis Cultus, donde afirma la dificultad  para las mujeres de este siglo de encontrar en la María presentada por la teología tradicional un modelo para ellas mismas [4]. Juan XXIII en 1963, en Pacem in terris, admite como un signo de los tiempos la participación de las mujeres en la vida pública y común[5]. En el Concilio Vaticano II, se intentó volver a la primera teología cristiana, recalcando el papel de María, no como mediadora, sino más bien como modelo, pero como modelo de la Iglesia, integrándola en la teología de la comunión de los santos ( L.G. c.VIII)[6].

Resaltando el canto del Magníficat de María (Lc. 1,46-55) la teología feminista intenta rescatar del olvido una visión de María que puede ser un precioso modelo para los cristianos de nuestro tiempo, muy significativo para las mujeres de hoy que luchan por abrirse camino en la Iglesia y en el mundo. Especialmente en Latinoamérica por lo significativo que resulta el anuncio profético de María que baja del trono a los ricos y exalta a los pobres y hambrientos. Es un lenguaje profético de fe, una oración al estilo de los grandes Himnos del Antiguo Testamento, y está puesta en labios de una mujer. Este es un modelo acorde a los signos de los tiempos y a las necesidades de los fieles de este siglo. También desde una nueva interpretación del fíat, se puede rescatar una actitud activa en María, siendo que la tradición teológica la ha asociado siempre con una actitud de silencio. “Curiosamente suele ser el ‘fíat’, que es la palabra decisiva, la más importante que nadie pudo decir nunca, la que se ha cargado del simbolismo del silencio en cuanto a pasividad, sumisión y ausencia”[7].

La imagen de María presentada por la teología tradicional, recalca la teóloga Elizabeth A. Johnson[8], parece un modelo irrealizable, no sólo para las mujeres de la actualidad sino, para cualquier mujer, ostentada como virgen-madre, y como madre en una función que parece agotar todas las posibilidades vocacionales de las mujeres. Todo esto además de ser el modelo de la pasividad, el silencio, el ocultamiento, funcionando como cualidades exclusivas de la femineidad, terminan arrastrándola a un modelo de absoluta sumisión y nula participación. Hoy toda la Iglesia siente ya la necesidad de una revisión profunda del modelo mariano, buscando una solución más eficaz a nuestro tiempo. Las nuevas interpretaciones de María pueden ser muy provechosas para que pueda volver a ser vista como un modelo por las mujeres contemporáneas. María tiene un gran valor como modelo, pero no exclusivamente de la mujer, sino de todos los fieles, y no en el sentido de las circunstancias históricas de su vida concreta, sino más bien y con mucho sentido en relación a la actitud que ella tomó en el transcurso y ante las vicisitudes de su vida[9]. Una actitud de fiel discípula, de verdadera creyente que se entrega a la voluntad de Dios, pero con todas las potencias de su alma, dando un sí que no la llevó a la pasividad y la ineficacia, sino a la actividad y el compromiso. No podemos olvidar que, además de María, podemos encontrar en la Biblia numerosos casos de mujeres fieles que pueden presentarse hoy como verdaderos modelos también[10].

María puede ser para todos los creyentes, nuestro modelo de peregrinación en la fe y de fidelidad a Cristo (LG nº 58). Bien lo expresa Marialis Cultus[11] cuando dice: “María es de nuestra estirpe, verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo, como mujer humilde y pobre, nuestra condición”[12]. En orden a este modo de enfrentar la teología de María, el testimonio evangélico auténtico debe partir de la base de la libertad, por la que cada uno responde al llamado de Dios a través de sus diversas capacidades, y de la consideración de las particularidades históricas, ya que quien responde al amor de Dios es un hombre, varón o mujer, encarnado en una realidad precisa. María es modelo de ello respondiendo al amor de Dios con total libertad en medio de sus circunstancias. También es modelo nuestro como promesa de futuro, que en la totalidad de su humanidad nos muestra que es posible imitar a Cristo. Así imitándola a ella, nos acercamos más a la semejanza con Él. Además nos recuerda que también nosotros estamos llamados a vivir sus privilegios, también nosotros estamos llamados a resucitar y librarnos de la mancha del pecado[13].

Si bien Elizabeth Johnson prefiere no referirse a María como modelo, sino hablar de ella como la mujer concreta que fue, una judía del siglo I, esto no impide que, luego de dicho reconocimiento, podamos llegar a pensar en ella también como un modelo de cristiana. Sin olvidar que debemos renovar nuestra mirada sobre ella, podemos acercarnos nuevamente desde una lectura comprometida con los signos de los tiempos actuales.

 


[1] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003, 152.

[2] Cfr., Ibid., 35.

[3] Cfr., Ibid., 86.

[4] Cfr., Marialis Cultus, nº34.

[5] Cfr., Pacem in Terris, nº41.

[6] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra… 159.

[7] M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 42.

[8] CSJ, doctora en teología y profesora eminente de Teología en la Fordham University, institución jesuita en Nueva York.

[9] Cfr., Marialis Cultus, nº35.

[10] Ya que  en numerosas ocasiones estas imágenes de María han funcionado como símbolo no del discipulado, sino del eterno femenino encarnado en la mujer ideal, o de la cara maternal de Dios. También en el contexto eclesial, ha contribuido muchas veces a disimular la naturaleza pecadora de la Iglesia. Esta María simbólica, hasta parece dificultar el renacer de las mujeres históricas reales en el plano de la fe. Al transformarla en símbolo se ha perdido notablemente su realidad histórica judía, a la vez que el resto de las mujeres de la Biblia se terminan perdiendo en una suerte de nebulosa. Nombra JOHNSON como ejemplo a María Magdalena, “apóstol de los apóstoles”,  María de Betania, Juana y la samaritana,  la diaconisa Febe de Céncreas, la apóstol Junia de Roma, también posibles modelos de discipulado. Finalmente se dirige a que poner como discípulo ideal a una mujer, sigue siendo excluyente para todas las demás. Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera Hermana Nuestra… 128-129.

[11] A pesar de la clásica comparación con Eva, tan odiosa para la teología feminista.

[12] Marialis Cultus, nº 56.

[13] Cfr., Ignacio OTAÑO S.M., María, Mujer de Fe, Madre de Nuestra Fe. Mariología del P. Chaminade y de Hoy, Servicio de Publicaciones Marianistas, Madrid, 1996,  55.

 

¿Cuándo fue la última cena de Jesús?

"La Ultima Cena de Jesus" por Giotto di Bondone

Se ha generado una polémica y numerosas preguntas en torno a la fecha de la última cena de Jesús con sus discípulos. El asunto es que si bien la tradición cristiana la celebra el Jueves Santo, la realidad es que los evangelistas no parecen tampoco contar la misma historia.

Entre Juan y los evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas) existe una discordancia en la fecha. Al respecto haré referencia al trabajo de Ariel  Álvarez Valdés, quien lo explica claramente. Una característica de la cultura judía es que mientras para nosotros, el día comienza a la medianoche, es decir, a la hora cero, para los judíos el día comienza la tarde anterior, alrededor de las 5. Según el Evangelio de Juan, el año en que murió Jesús la Pascua cayó en sábado (Jn 19,31). Pero como Jesús iba a estar muerto ese viernes a las 3 de la tarde, y no llegaría a cenar con sus discípulos, la adelantó para el jueves. Por eso san Juan dice que Jesús celebró la última cena “antes de la fiesta de la Pascua” (Jn 13,1), es decir, el jueves por la noche. Los otros tres evangelistas sostienen que Jesús no adelantó la cena, sino que cenó el mismo día de Pascua. ¿Cuál de las dos versiones sería la verdadera?

El autor explica que en tiempos de Jesús, se encontraban en vigencia dos calendarios distintos, uno solar y uno lunar. El primero se basaba en el curso del sol y estaba dividido en 12 meses, 8 de 30 días y 4 de 31, con un total de 364 días. Como tenía 52 semanas justas todos los años eran iguales. Comenzaba siempre un miércoles y todas las fiestas importantes también. El calendario lunar comenzó a estar vigente alrededor del siglo II a.C. por influencia de la cultura griega. Se manejaba con las fases de la luna, con lo cual las fiestas ya no caían siempre el mismo día. Estratos más populares o conservadores mantuvieron, sin embargo, el calendario solar, especialmente en la liturgia. La conclusión es que las dos versiones pueden ser ciertas si consideramos que se hayan guiado por calendarios diferentes.

Pero surge la pregunta: ¿es tan importante saber el día exacto de la semana en que Jesús celebró la última cena con sus amigos? ¿Qué es lo verdaderamente importante de este acontecimiento: si fue martes o jueves, o la institución de la Eucaristía y al mandato de amarnos los unos a los otros como Él nos ama? Mi pretensión no es desprestigiar los esfuerzos de historiadores y teólogos, los cuales considero totalmente valiosos e interesantes.

Más allá de la investigación, para los creyentes la ocasión de la Pascua es el momento más importante del año, es cuando revivimos y actualizamos todo el misterio cristiano. Sin embargo, es curiosa la capacidad que tenemos de preocuparnos más de datos sobre una fecha o lugar. Si la Iglesia, Lucas o Juan se equivocaron en el día exacto. En la última cena, Jesús nos dejó una crucial enseñanza en cada gesto y palabra. Un ejemplo de humildad y servicio al lavar los pies de sus amigos (Jn 13,1-20). Nos dejó el sacramento de pan y vino convertidos en su cuerpo y su sangre. Se entregó y se entrega cada vez, Él mismo, convirtiéndose en el pan de vida. Significa que toda su vida y su enseñanza nos llaman a una vida nueva en la Verdad, el Bien, la Justicia y el Amor. Nos dejó lo fundamental para nuestra vida, aquello que da sentido a la existencia humana. Es en este contexto en donde se sitúa al mandamiento nuevo, el Mandamiento Principal. La ley que supera toda ley y debería ser la señal distintiva del cristiano: “Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros. Que como yo los amé, así se amen también ustedes. En esto conocerán todos que son discípulos míos: si se tienen amor los unos a los otros” (Jn 13,34-35). Lo importante de esta fecha es hacer presente el hecho entre nosotros nuevamente. Recordar, que significa pasar otra vez por el corazón, vivir con Jesús cada momento para nacer junto con Él, en la pascua, a la vida nueva. Cristo está sufriendo también hoy a nuestro lado, en cada persona que carga una cruz. Hoy también hay Judas que los abandonan, Pilatos que miran hacia otro lado, Pedros y discípulos temerosos. He aquí donde debe estar todo nuestro interés y preocupación: en no ser ninguno de ellos, o mejor, en aprender de ellos y seguir el ejemplo de quienes permanecieron al lado de Jesús, ayudándolo a cargar la cruz, acompañándolo.

Re-enfoquemos nuestra mirada a lo esencial, hacia aquello que nos da la verdadera vida, y no sólo a nosotros sino también a nuestro prójimo y junto a él. Es fácil mirar para otro lado, buscar errores en las doctrinas o tradiciones, desinteresarnos con mil excusas y vivir este momento del año como unas simples vacaciones. Pero vale la pena esforzarnos por buscar y vivir en lo que nos da vida plena, porque todo hombre necesita el “agua viva” que es Cristo. Porque el amor de Dios triunfa sobre el egoísmo humano, y lo hace desde abajo, desde los hombres. Nosotros somos responsables de llevar el amor de Dios a los crucificados de hoy, siguiendo a Jesús, que con su resurrección restauró la fraternidad entre los hombres. Vivamos la Semana Santa en una memoria viva, acercándonos unos a otros, y Cristo no dejará de estar presente.

 

Iglesia, mujeres y renovación

La renovación de la Iglesia
“La teología hecha por mujeres es un hecho que está renovando y transformando la Iglesia desde dentro…”

Leyendo una entrevista realizada a José María Castillo, teólogo de la liberación y jesuita hasta el año pasado, me encontré sorprendida por algunas de sus opiniones. Soy simpatizante de la teología de la liberación en numerosos aspectos. Creo que ha sido y es una fuerza renovadora dentro de la teología, de la Iglesia y la sociedad. Sin embargo no acuerdo con algunas ideas allí planteadas, que me parecieron más fundadas en prejuicios y resentimientos comunes, que en argumentos fundamentados.

Quejarse de la preocupación de la Iglesia por el uso del preservativo, replicando que en lugar de ello, debería preocuparse por los niños que mueren a diario en el mundo no es lógico. Mostrar preocupación por un tema no creo que sea suficiente como para afirmar que se ha perdido preocupación sobre otro. La Iglesia, todos los que formamos parte de ella, sin negar las prioridades, tenemos la obligación de ocuparnos de ambos temas. Además el no estar de acuerdo con una determinada postura no significa que el asunto en cuestión –el uso del preservativo en este caso- pierda importancia, pues atañe al Hombre y todo lo que atañe al Hombre incumbe a la Iglesia, nos incumbe.

No estoy de acuerdo en la afirmación de que la Iglesia es hoy más conservadora que hace treinta años, al menos no en todos los ámbitos. Mi visión es latinoamericana, argentina, más específicamente, y puedo observar a mi alrededor tanto conservadurismo como progreso y visiones aggiornadas y clarividentes dentro de la Iglesia y las Instituciones católicas. En toda institución tan grande como la Iglesia católica (a la cuál considero un gran desatino compararla con una empresa multinacional) es natural que existan ambas visiones o más. Todos los que participamos de ella debemos ocuparnos de que esa tensión la lleve hacia adelante y hacia Dios.

Quitarle valor y subestimar las posibilidades de progreso de la iglesia, circunscribiéndolas únicamente al Papa y los cardenales, y atribuirlas a su edad es una clara consecuencia del menosprecio a la vejez propio de la cultura actual, el cual considero prejuicioso y falto de esperanza. El real problema de la Iglesia católica no gira únicamente alrededor de su pontífice, sino en la suma de cristianos que nos llamamos católicos frente a otros y con nuestra incoherencia de vida somos incapaces de dar testimonio del amor de Cristo.

Comparto el reclamo de que los laicos y las mujeres deberían tener mayor participación dentro de la Iglesia institución, pero no podría impugnar más la incomprensión sobre el cómo las mujeres, a pesar de ser tan marginadas y excluidas de los ámbitos de decisión, continúan yendo a la iglesia. Como si ser católico y celebrar nuestra fe en Jesucristo encontrara su única razón de ser en la participación del “poder” dentro de la Iglesia. Hay muchas instancias de poder dentro de la Iglesia, no sólo el oficio del Papa. Pero el mayor poder de la Iglesia es el amor de Cristo, y del mismo participamos cuantos tenemos fe en Él. Con esto no intento, tratando de torcer la mirada hacia una argumentación engañosa, desprestigiar los legítimos reclamos de los laicos, y de las mujeres especialmente, hacia la jerarquía eclesial. Concibo como altamente importante esta lucha de las mujeres por su voz, siempre y cuando no perdamos de vista cómo y por qué nació la Iglesia y quién es el que la anima: el Espíritu Santo. A Él todos tenemos acceso, no se niega a quienes lo buscan con verdadera disposición, y es por el cual hoy podemos estar alzando nuestras voces, clamando y reclamando nuestra palabra.

Hace algunos años a nivel internacional, y un poco más tarde en la Argentina, la preocupación por la posición de la mujer dentro de la Iglesia y la teología se ha ido abriendo camino en numerosas universidades católicas o generando sus propios grupos de estudio e investigación, en el ámbito católico y en el evangélico, como paneles, foros, seminarios, grupos ecuménicos, etc. Realizados por la SAT-Sociedad Argentina de Teología-, el Isedet -Facultad Ecuménica de Estudios Teológicos, Buenos Aires-, la Universidad Católica de Córdoba, y en la Facultad de Teología de la UCA (2004), entre otros. Muy importante ha sido el proyecto colectivo de investigación Teologanda cuyo tema ha sido El itinerario de las mujeres en la teología de América Latina, el Caribe y Estados Unidos. La teología hecha por mujeres es un hecho que está renovando y transformando la Iglesia  desde dentro en diversos lugares del mundo y se encuentra en estrecha relación con la promoción del laicado y de las mujeres en la Iglesia.