Teología de la Liberación y ciencias sociales

Reseña del artículo de Gutiérrez, G., “Teología y ciencias sociales”, Selecciones de teología 99 (1986).

En el presente artículo el autor trabaja, primero y brevemente, el sentido del quehacer teológico, resaltando la importancia de la ortopraxis junto a la ortodoxia, para profundizar luego en la utilización que la teología de la liberación hace de las ciencias sociales, resaltando especialmente su uso y relación con la teoría marxista, en respuesta a algunas críticas realizadas en torno a este tema. Se propone así ayudar a recordar una posición y fijar una problemática, como el mismo afirma en la conclusión del escrito.

Gustavo Gutiérrez Merino (*Lima, 8 de junio de 1928 - ) es un filósofo y teólogo peruano, ordenado sacerdote en 1959 y dominico desde 1998, e iniciador de la Teología de la Liberación.

Comienza estableciendo, con respecto al lenguaje sobre Dios, que la contemplación y el compromiso histórico deberán ser el acto primero, el cual orientando nuestra vida de una determinada manera, nos inspirará el razonamiento como acto segundo. Este llamado acto segundo será nuestro modo de silencio necesario para enriquecer nuestro posterior hablar sobre Dios. En América Latina será una gran preocupación el poder hablar de Dios desde la particular situación de injusticia de sus pueblos, pero alimentados por la esperanza para levantarse en la lucha por su liberación.

El autor mantiene que junto al lenguaje profético debe funcionar también un lenguaje místico: “Cantar y liberar, acción de gracias y exigencia de justicia. Ese es el reto de una vida cristiana que, más allá de posibles evasiones espiritualistas y eventuales reduccionismos políticos, quiere ser fiel al Dios de Jesucristo.”[1] La teología tiene una función eclesial de ser testigo de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, debiendo redescubrir este mensaje en nuestra realidad desde donde pensamos la fe. En este continente marcado por la muerte temprana e injusta, esto tiene una especial importancia.

Para hablar desde la realidad propia de América Latina, se hace necesario apelar a descripciones e interpretaciones de ese hecho, para ello recurrimos al análisis social que nos permita acceder a un conocimiento más detallado y apropiado de la situación, lo cual nos posibilitará comprender mejor los desafíos y posibilidades que este presenta a la tarea evangelizadora de la Iglesia, gracias a una iluminación a partir de la fe. Sin perder de vista que las teorías científicas no son indiscutibles y están sujetas al examen crítico, esto no niega el hecho de que nos ayudan a comprender mejor una realidad social, siempre y cuando las asumamos en una actitud crítica. Lo mismo sucede con los movimientos de liberación: La aspiración a la liberación constituye, sin duda, un gran signo de los tiempos en nuestra época. Por ello ‘son muchos los hombres que, más allá de tal o cual matiz o diferencia, han hecho de esa aspiración -en Vietnam o en Brasil, en Nueva York o en Praga- norma de conducta y motivo suficiente de entrega de sus vidas’ (TL, 52-53). En todos esos lugares las personas tendrán que ser fieles a una búsqueda de la libertad que no está garantizada por ningún sistema político.”[2]

Con respecto al marxismo el autor aclara que aunque dentro de las ciencias sociales contemporáneas hay elementos de análisis marxista, no es apropiado identificarlas con él. Por otro lado, la importancia dada a la teoría de la dependencia,[3] propiamente latinoamericana, con representantes prominentes que no se reconocen marxistas, hace que sea imposible reducir el uso de las ciencias sociales, y la contribución latinoamericana, a la versión marxista. También en cuanto a los aspectos ideológicos del análisis marxista, es claro, subraya Gutiérrez, que nuestra fe rechaza tanto la ideología atea como una visión totalitaria.

Tener en cuenta el contexto de la pobreza y la marginación, en orden a una reflexión teológica, lleva a su análisis desde el punto de vista social y para ello es necesario apelar a las disciplinas correspondientes. Si hay encuentro, éste se da entre teología y ciencias sociales, y no entre teología y análisis marxista, salvo por los elementos de éste que se hallan en las ciencias sociales contemporáneas, en particular tal como se presentan en el mundo latinoamericano.[4] Es importante aclarar que de este análisis de la realidad, y del Evangelio y la reflexión que sobre ésta se hace, no se pueden deducir programas o acciones políticas, aclara el autor.

A la teología se le pueden exigir: un lenguaje concreto en orden a una operatividad en el anuncio de la Palabra, que ayude a no perder de vista la globalidad de un proceso histórico y no reducirlo a su nivel político y, de modo central, que señale la presencia de la relación con Dios como de la ruptura de la relación con Dios en el corazón mismo de la situación histórica, política y económica. De modo contrario, no está leyendo la realidad a la luz de la fe. “La fe no dará estrategias [pero sí] será una herramienta de comportamiento y de opción.”[5] Sin perder de vista la importante contribución de las ciencias sociales, sin embargo la teología deberá apelar siempre a sus propias fuentes, “…el uso imprescindible de una determinada racionalidad para el trabajo teológico, no supone una asunción acrítica o una identificación con ella.”[6]

Sobre el conflicto en la historia se plantea el autor el problema pastoral que implica, pues no podemos desconocer la situación real, ni las causas que la producen. Mucho menos, renunciar a verla a la luz de la fe y las exigencias del Reino. Aparece en este punto la relación entre paz y justicia. La primera como don del Reino, pero que supone el establecimiento de la justicia: “la paz es obra de justicia,”[7] “La pregunta teológica es: si hay lucha de clases -como ‘una de las formas de conflicto de la historia, no como la única-, ¿cómo ser cristiano, dado ese enfrentamiento? ¿Cómo vive su fe, su esperanza, su amor, dentro de ese conflicto que tiene carácter de lucha de clases? Si quiero ser fiel al evangelio no puedo escamotear la realidad, por dura y conflictiva que ella sea.”[8]

No es posible permanecer pasivo o indiferente cuando está en juego la justicia y la defensa de los más débiles. Tampoco debemos caer en la hipocresía de hablar del conflicto entre ideologías, sin involucrarnos en el conflicto real y concreto que viven los pueblos de nuestro continente. “Los hechos son difíciles y controvertidos, pero eso no nos dispensa de una necesaria opción. Se trata en verdad de una exigencia de solidaridad. […] ante la situación de pobreza y la justicia de las reivindicaciones de los pobres no es posible permanecer neutro.”[9] El propio Juan Pablo II ya lo había afirmado en la encíclica Laborem exercens (nº8). Al interior de los enfrentamientos sociales, la Iglesia debe anunciar el evangelio de amor, paz y justicia, aunque traigan duras, pero al mismo tiempo, felices consecuencias -como el caso de Mons. Romero-. “No se trata -es evidente- de identificar la opción preferencial por el pobre con una ideología o un determinado programa político desde los cuales se reinterpretaría el evangelio y la tarea de la iglesia. Tampoco se trata de circunscribirse a una parte de la humanidad. Nos sentimos muy extraños a esas posiciones y a esas reducciones,”[10] afirma Gutiérrez. Y aunque la universalidad del amor cristiano es incompatible con la exclusión de personas, no así con la preferencia por algunas.

En relación a una afirmación de K. Lehmann, teólogo y arzobispo de Mainz, de que hay situaciones en las que, claramente, el mensaje cristiano solo admite un camino; circunstancias en las que una neutralidad incondicional en cuestiones políticas contradice el mandato del evangelio, el autor se pregunta: “…si lo que es válido en la experiencia europea sobre el nazismo ¿no podría serlo también en la experiencia latinoamericana de la miseria y la opresión?”[11] Sin embargo, no podemos olvidar la difícil exigencia del amor cristiano: el amor a los enemigos. El mismo Lehmann lo recuerda: “desde el punto de vista del evangelio, el compromiso decidido en favor de determinados grupos no debe oscurecer jamás el dato fundamental del mensaje cristiano de que la iglesia tiene obligación de comunicar el amor de Dios a todos los hombres sin limitación alguna.”[12]



[1] p. 2 (Del artículo en formato on-line: http://www.seleccionesdeteologia.net/selecciones/llib/vol25/99/099_gutierrez.pdf) TL=Teología de la Liberación, 1971.

[2] p. 3.

[3] La cual “cuestionó, para comenzar, el esquema supuestamente lineal de la evolución de la sociedad humana, siendo tildadas de eurocéntricas las indicaciones que al respecto dejara el propio Marx”. p. 4.

[4] Cfr., GUTIERREZ, G., Fuerza Histórica de los pobres, 1979, 352.

[5] GUTIERREZ, G., Liberación: diálogos en el CELAM, Bogotá 1974, 230.

[6] p. 6.

[7] MEDELLÍN, Paz, nº14.

[8] p. 8. Además, el mismo magisterio de la Iglesia afirma la lucha de clases como un hecho social indiscutible en varios de sus textos. (Ver p. 9-10).

[9] p. 11.

[10] Ibíd.

[11] p. 12.

[12] Ibíd.