Ser profeta ayer y hoy

Aunque puede parecer un concepto simple, no lo es tanto a la hora de definirlo. Nuestra imagen del profeta suele estar muy ligada al “típico” profeta del Antiguo Testamento (AT). Y coloco la palabra típico entre comillas, porque tampoco allí hay un único patrón para definirlo. Todos aquellos quienes llamamos profetas en la biblia están marcados por muy diversas características: desde el tiempo que dedicaron a la actividad profética, modo de entrar en contacto con Dios y el modo de transmitir el mensaje, sin mencionar las diferentes épocas en que vivieron[1]. Sin embargo si hay ciertos rasgos comunes.

Ser profeta ayer y hoy

Para mucha gente hablar de profeta es hablar de un hombre que predice el futuro, y en algunos pasajes del AT podemos encontrarnos con esta imagen (1Sm 9,6ss; 1Re 14,1-6; 2Re 1,16-17; 2Re 5,20-27; 2Re 6,8ss, entre otras). Pero, aunque tiene su fundamento, es una imagen incompleta y hasta deformada del profeta, quien no es un simple adivinador. El profeta es un hombre del presente, pero con memoria del pasado, que mira hacia el futuro: “[…] las referencias al futuro brotan de un contacto intimo con el presente, como respuesta a los problemas e inquietudes que éste plantea”[2].

El profeta es una persona comprometida con su tiempo y con su pueblo, y su vivencia espiritual no lo separa de sus contemporáneos, sino todo lo contrario. Es hijo de la cultura y de la época en que vive. Este compromiso con la sociedad en que vive, lo lleva a luchar por cambiar todo aquello que denuncia, aquello que es incoherente con el mensaje de Dios. Por eso, principalmente, es un hombre inspirado. ¿Qué significa esto? Ser consciente, desde el momento de la vocación misma, de que es portavoz de Dios. Esto lo liga a una misión que va mucho más allá de él mismo, y que lo empuja hacia una transformación del mundo en que vive según los designios de aquella voz externa (de Dios), que se hace interna, se convierte en palabra interior[3].

En este sentido el profeta es también un místico, pues antes de dirigirse al mundo por la palabra por la que se siente mandado[4], deberá tener, necesariamente una profunda experiencia de Dios. “[…] la dinámica del profetismo no es ajena a una experiencia íntima de comunión con Dios que es obligado calificar como genuinamente mística”[5]. Por esta experiencia posee la certeza de ser portavoz del mensaje divino. Tiene conciencia de ser mero transmisor de la palabra oída, diferenciándose del fanático, que “[…] engulle a la divinidad, considerándose a sí mismo, no como portavoz de la misma, sino como la misma voz del Absoluto”[6].

Ante la pregunta de si Dios le ha hablado, J. L. Sicre comenta que el profeta tendría que responder: “Efectivamente, Dios me ha hablado; no en sueño ni visiones, pero sí de forma indiscutible, a través de los acontecimientos, de las personas que me rodean, del sufrimiento y la angustia de los hombres”[7].

En el AT ser profeta estaba vinculado a la denuncia del pecado y el anuncio de la salvación. Ya en el Nuevo Testamento (NT), en las cartas de Pablo encontramos: “No extingáis el Espíritu, no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos de todo género de mal” (1Tes 5,19). En 1Cor 11,7-10, nombrando la diversidad de carismas, la profecía es mencionada en sexto lugar recién, y se subraya que todos los dones son obra de un mismo y único Espíritu. Por tanto en el NT vemos una consideración del profeta más como conocedor de todos los misterios y de la ciencia entera. Además por el amor, debe ir exhortando, edificando y animando a la comunidad. La profecía debe interpelar al otro para provocar la conversión, debe revelar los secretos de su corazón. En la carta a los romanos, Pablo añadirá que la profecía debe estar siempre regulada por la fe.

Por otra parte, en el evangelio de Lucas, quien tiene el Espíritu es profeta, por tanto serían profetas: Isabel, Zacarías, Simeón, Ana y María, la madre de Jesús. Así, vemos al profeta como quien sabe, alaba y enseña (entonces en el canto del Magníficat, María se comporta como una verdadera profetisa). Sobre este punto es muy interesante tener en cuenta que en el relato de pentecostés del libro de los Hechos, el espíritu viene sobre toda la comunidad, y toda la comunidad profetiza (Hch 2,1-4, 14-21). Ya en el AT en el libro de Joel, el profetismo se da sin distinción entre hombres y mujeres, sobre todos viene el Espíritu.

Cuando realizamos un recorrido por el NT, encontramos una noción de profeta como aquél que se encarga de recordar el mensaje de Jesús, alabar y dar fuerza a la comunidad para seguir llevándolo a cabo en medio de las dificultades. Son tareas del profeta el consolar, animar y confortar a la comunidad. El criterio último de la profecía será su referencia y fidelidad al evangelio. Ser incoherente con lo que predico, me transforma en falso profeta. Por lo demás, la profecía es un carisma que no posee barreras: ni de sexo, ni de cultura, ni de clases sociales, no posee barreras religiosas ni de edad.

El profeta es además, quien está presente, de carne y hueso. Todos podemos tener un momento de profecía en nuestra vida, sin embargo, no todos somos profetas constantemente. Por otro lado nunca debemos perder de vista que toda nuestra vida es una especie de “profecía” pues, en un sentido figurado, profetizar es hablar de Dios. Por eso es fundamental tener presente que los profetas no fueron sólo ciertos personajes del Antiguo Testamento, sino que han existido y existen siempre a lo largo del camino que va recorriendo el pueblo de Dios. Son quienes con su ejemplo de vida y su palabra, en cada generación y en cada lugar, buscan el rostro del Dios vivo, sienten su presencia y nos interpelan como comunidad. Monseñor Oscar Romero puede ser considerado un profeta de nuestro tiempo[8]. Podemos verlo en sus propias palabras:

“Soy un pastor que junto a su pueblo, ha comenzado a aprender una hermosa y difícil verdad: nuestra fe cristiana nos exige sumergirnos en este mundo. La orientación asumida por la Iglesia ha tenido siempre repercusiones políticas. El problema consiste en cómo orientar esta influencia de forma que esté de acuerdo con la fe […]. Mi vida ha sido amenazada muchas veces. Debo confesar que, como cristiano, no creo en una muerte sin resurrección. Si ellos me asesinan, resucitaré en el pueblo salvadoreño […]. Es mejor, desde luego, que se den cuenta de que van a perder el tiempo. Morirá un obispo, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, jamás perecerá”[9].

La voz de Dios no ha dejado de hacerse oír en nuestro tiempo y “[…] sigue irrumpiendo en la intimidad del ser humano creyente y sigue convocando a partir de una llamada y un envío a pronunciar una palabra de denuncia y conversión de nuestras sociedades perversas”[10].

En el Concilio Vaticano II, llama poderosamente la atención la ausencia de mención al carisma profético en la Iglesia, y en general hoy se encuentra ausente en la misma una apropiada reflexión sobre el tema. Al respecto es necesario hacer una revisión a la par de una vivencia convencida y comprometida con nuestra fe, para que la realidad sea contraria a lo que afirma el refrán, y que, como cristianos, seamos profetas en nuestra tierra.


[1] Cf. SICRE, José Luis, Introducción al Antiguo Testamento, Verbo Divino, Navarra 1998, 181-182.

[2] Ibíd., 183.

[3] Cf. Ibíb., 188.

[4] a veces, muy a su pesar, pues puede entrañar un terrible y exigente misión a desempeñar.

[5] DOMÍNGUEZ MORANO, Carlos, Experiencia cristiana y psicoanálisis, EDUCC, Córdoba 2005, 224. “Mística y profecía se muestran así como dos componentes ineludibles y esenciales de la identidad religiosa”. Ibíd., 226.

[6] Ibíd., 223.

[7] SICRE, José Luis, Introducción al Antiguo Testamento… 188.

[8] Ver SOBRINO, J., Monseñor Oscar Romero verdadero profeta, Descleé, Bilbao 1982.

[9] Citado en  JOHNSON, Elizabeth A., Amigos de Dios y profetas. Una interpretación teológico feminista de la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2004, 337.

[10] DOMÍNGUEZ MORANO, Carlos, Experiencia cristiana y psicoanálisis…239.

 

 

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