María en la primera comunidad cristiana

Es interesante que en este relato de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,14-15 y 2,1-21), María no aparece incluida en ninguno de los tres grupos mencionados: los apóstoles, las mujeres y los hermanos de Jesús. Es nombrada aparte, lo cual nos indica que ocupaba un lugar importante. Como manifestó su fe y fue llena del Espíritu Santo en la anunciación, también ahora se encuentra presente en un momento clave, y nuevamente, es agraciada con el Espíritu, que desciende sobre ella, pero esta vez, en comunidad[1].

María en la primera comunidad cristiana

A pesar de que en Hechos 2,1-21, María no es mencionada explícitamente, se supone su presencia, pues cuando dice “estaban todos reunidos”, los biblistas suponen que ese “todos” se refiere al grupo mencionado anteriormente en Hechos 1,14. Con el descenso del Espíritu se produce ahora un nuevo nacimiento proveniente de Dios, la Iglesia; y es muy probable históricamente que María haya estado presente y formando parte de la primera Iglesia de Jerusalén. Es importante recordar que en la escena no están sólo los apóstoles, o sólo discípulos varones. “[…] necesitamos prestar atención especialmente a las ‘mujeres’ que se hallan allí también. Se las presenta no como extras, sino como partes integrantes de la comunidad de oración de Jerusalén”[2]. Estas mujeres eran verdaderas discípulas de Jesús, probablemente, como suponen los biblistas, se trate de las mismas que aparecen en el relato de la pasión del evangelio de Lucas. Ellas desempeñaron un papel esencial dando testimonio del sepulcro vacío[3]: fueron mujeres las que interpretaron como resurrección lo que sucedió luego de la muerte de Jesús. Su contribución es decisiva en el momento más importante de la historia cristiana. Con su testimonio contribuyeron al credo básico del cristianismo: “Ellas fueron las primeras en entender la fe en la resurrección, que es el fundamento de la Iglesia”[4]. ¿Sería acaso errado llamarlas, en este sentido, fundadoras de la Iglesia? Estas mujeres también son llenas del Espíritu Santo e impulsadas a hablar más que nunca, junto a María y los discípulos en Pentecostés.

Es lamentable que luego las mujeres no aparecen más en los relatos de los Hechos, Lucas se centra en Pedro y Pablo, y en las escasas ocasiones en que es mencionada alguna mujer, nunca las oímos hablar. Sin embargo, a pesar de los pocos relatos sobre mujeres, con datos de su presencia otorgados por los evangelios y el relato de Pentecostés, no es difícil imaginarlas misionando y predicando en los comienzos de la Iglesia. En este sentido:

 

“El haberse visto reducidas a ser contempladas sólo de reojo, mientras toda la atención se centraba en las glorias de María, ha privado a la Iglesia entera de la historia completa de su fundación y, a las mujeres, de su herencia de liderazgo femenino en el Espíritu. […] Aquí en Pentecostés, históricamente y en el texto de los Hechos, María se encuentra entre las mujeres fundadoras de la Iglesia, igual que los hombres”[5].

 

He aquí la importancia de no separar a María del resto de la comunidad de la que formaba parte, especialmente de las otras mujeres que compartían su vida cotidiana, su fe y su esperanza con ella. María no aparece en este contexto como un miembro central, único e ideal, sino, como “…miembro único entre otros miembros únicos…”[6]. El centro de la comunidad es el Espíritu, y todos se encuentran invadidos por Él.

La teóloga española M. Navarro Puerto destaca la importancia que tiene este texto junto con el de Jn 19, 25-27, a la hora de captar el sentido de María en la comunidad Iglesia. Ella no necesita recibir el Espíritu Santo, pues ya lo había recibido desde la anunciación. Pero aquí recibe una nueva propuesta de Dios a partir del proyecto inaugurado por la muerte y resurrección de su Hijo, el nacimiento de la Iglesia a la que ella se encuentra profundamente unida. Así como ella cuidó y sostuvo la vida de Jesús desde pequeño, ahora su cuerpo se hace comunidad, y hacia esta comunidad se extiende la misión de María. “Continúa lo que Dios comenzó en ella, continúa lo que ella comenzó desde la fe” [7].

Su misma presencia, que ya poseía el Espíritu, era preparatoria para recibir el Espíritu ese día en Pentecostés. “María se deja insertar en la comunidad, pasando de madre (Hch 1,14) a los hermanos (Hch 1,15): propiciando desde dentro la fraternidad…”[8].


[1] Cfr., C. R. GARCIA PAREDES, Mariología, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995,120.

[2] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003,343.

[3] Cfr., Ibíd., 343.

[4] Ibíd., 344.

[5] Ibid., 347.

[6] Ibid.

[7] M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones claretianas, Madrid 1987, 147.

[8] Ibid., 148.

 

 

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