Dos mujeres y un canto: el Magníficat

En la conocida escena de la visitación (Lucas 1,39-56) nos encontramos no sólo con el canto profético de María (el llamado Magníficat), sino también con la reunión de dos mujeres con grandiosas palabras en sus labios. Palabras de acción de gracias, profecía y alabanza a Dios. Es un encuentro en el que no hay varones más que Zacarías, pero él se mantiene mudo. En este silencio resuenan las voces femeninas de Isabel y María. La escena se desarrolla en un ambiente doméstico, tradicionalmente femenino, donde las mujeres toman la palabra, a la vez que encarnan y proclaman la misericordia de Dios, y sobre ellas se derrama el Espíritu[1].

La visitación. María e Isabel

No es difícil percibir lo valioso del encuentro entre dos mujeres amigas y la presencia de Dios en medio de ellas. “Toda mujer necesita hablar con otra que conoce lo que significa vincularse a las intenciones de Dios. Los ánimos que se dan mutuamente les permiten seguir adelante con más confianza y alegría, a pesar de la lucha que tienen todavía por delante”[2]. En el diálogo fecundo encuentran la fuerza para profetizar, y en la amistad que reconforta y da sosiego, son sostenidas por el amor de Dios y a Dios. Dos amigas, “dos profetisas embarazadas plenas del Espíritu gritando, con alegría, advertencias y esperanzas para el futuro”[3].

Para Isabel no es nada difícil reconocer la gracia en María, pues ella ha identificado bien la gracia en su propia vida y le transmite a su amiga su propia confianza en Dios. Aquellos seis meses de silencio junto a su esposo enmudecido, parecen haber sido un momento de preparación para recibir al salvador y a su madre en su casa. Y en un breve canto, invadida por el Espíritu Santo, bendice a María como mujer, al hijo y a su fe. Estas bendiciones de Isabel sobre María, sin embargo, están lejos de diferenciarla alejándola del resto de las mujeres, sino todo lo contrario, pues las palabras de Isabel rememoran alabanzas dirigidas a otras mujeres en la Historia de Israel. De este modo María queda más unida a su pueblo y especialmente a todas sus hermanas en la fe, que como ella, creyeron y fueron bendecidas. En los tres meses que siguieron juntas, intuye la teóloga norteamericana E. Johnson, ambas alimentaron y afirmaron su propia vocación y confianza en Dios.

Aparece con claridad “ la capacidad de las mujeres para interpretar la palabra de Dios a otras mujeres”[4].  Este aspecto es muy importante si tenemos en cuenta lo que ha significado el hecho de que durante siglos, han sido sólo varones los considerados capaces de interpretar la palabra de Dios. Hoy la interpretación de la palabra de Dios se ha enriquecido notablemente. Han ido apareciendo nuevos aportes desde la imaginación de las mujeres que descubren en la Biblia nuevos significados que les ayudan a sostener y dar mayor fundamento a su fe. Se descubren también más representadas de lo que parecía, y plenamente aptas para participar activamente en el plan de Dios.

Con respecto al Magníficat, Johnson destaca el optimismo que el mismo cántico representa: “siendo el pasaje más largo puesto en boca de una mujer en el Nuevo Testamento, representa lo más que una mujer alcanza a decir”[5]. Puede verse en este canto una afirmación sobre la posibilidad y el deber de hablar de las mujeres[6]. Dios la ha favorecido, y “así como el Espíritu envolvió con su sombra a María, inspirándole alegría y fortaleza, así también el Espíritu derrama cada día en nosotros gracia rica y abundante para que sigamos nuestra propia llamada”[7]. En la segunda estrofa el panorama se amplía y es alabada la misericordia de Dios con todos los pobres del mundo.

No debemos perder de vista el carácter revolucionario del Cántico. Hay en él una profunda crítica al orden de opresión e injusticia establecido en la sociedad, en la vida concreta de las personas de todos los tiempos y regiones del mundo. El canto tiene una importancia decisiva, especialmente, en América Latina. Donde aparece clara la profunda analogía, que viven las mujeres latinoamericanas de las comunidades de base cristianas, entre su situación y la de Miriam de Nazaret, cuyo canto da esperanza a las mujeres y les revela que tienen el derecho y el deber de participar plenamente de los cambios redentores[8]. Nos recuerda las implicancias que tiene para los cristianos el canto profético de María, y la necesidad de tomar acción en la transformación de la historia[9]. María “… hace suyo el no divino a cuanto aplasta al humilde. […] Nada de pasividad, sino solidaridad”[10].

Lo expresado en el Magníficat  tiene tanta vigencia para las estructuras sociales, como para la estructura y gobierno de la Iglesia. Marie-Louise Gubler, se pregunta: “¿Cómo es posible rezar cada tarde en las vísperas el cántico de María sin sacar consecuencias espirituales y estructurales para la Iglesia”[11]? Y afirma: “efectivamente, las palabras proféticas de María definen nada menos que como misericordia la intervención de Dios en el orden social patriarcal”[12].

En un himno de alabanza a Dios María anuncia y denuncia como un profeta[13]. Ella canta por ella misma, y en un sentido colectivo, también por su pueblo. La palabra de Dios nace dentro de ella. Según la teóloga española M. Navarro, Lucas anticipa en el contenido del Magníficat, las bienaventuranzas, y el mensaje clave es que son dichosos los pobres. María se ofrece a sí misma como el ejemplo de ello[14]. Como afirma José García Paredes, las bienaventuranzas no son  meras promesas que nos llaman a la resignación, sino que nos hablan de la irrupción en la historia, de la verdadera felicidad del Reino de Dios en nuestro mundo. “María es bienaventurada porque Dios le comunica su  felicidad”[15]. Pues el Reino, contrario a la idea que subyace muchas veces sobre él, no viene como un acontecimiento grandioso al final de una batalla, “sino que va irrumpiendo  acá y allá en la medida en que la justicia y el amor se van imponiendo en los grandes y pequeños gestos de la existencia humana…”[16].


[1] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003, 302. Sobre este pasaje es interesante: Carminia NAVIA VELASCO, “María de Nazaret, re-visitada”, Concilium 327 (2008) 505-514 y “María e Isabel, diálogo entre mujeres”, RIBLA 46 (2003) 9-16.

[2] Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…302.

[3] Ibid., 303.

[4] Ibid., 305.

[5] Ibid.

[6] Entonando este canto, María se une a la larga tradición de mujeres de su pueblo que cantan salmos de acción de gracias y cantos de triunfo de los oprimidos: “[…] desde Miriam con su pandero (Ex 15,2-21) hasta Débora (Jue 5,1-31), Ana (1Sam 2,1-10) y Judit (Jdt 16,1-17), que también cantaron peligrosos cánticos de salvación”. Ibíd., 306. En él se expresa la alegría mesiánica, la alegría de una mujer pobre, y de esta alegría surge la fuerza.

[7] Ibid., 308.

[8] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra…317. También I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética. Ensayo teológico a partir de la mujer y de América Latina, Ediciones Paulinas, Madrid 1988,83.

[9] Cfr., Ibid., 312.

[10] Ibid., 315. “al recordarla dentro de la nube de testigos, las mujeres sacan muchas y diferentes lecciones de estímulo en su compañía. Una de las más potentes y menos usuales dentro de la mariología tradicional es el derecho a decir no”. Ibíd.

[11]Citada en Ibid., 315.

[12] Ibid., 315. Las cursivas son de la autora.

[13] Cfr., M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones claretianas, Madrid 1987, 105.

[14] Cfr., Ibíd., 106-107.

[15] José C. R. GARCIA PAREDES, Mariología, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 1995, 94. También Bruno FORTE, María, la mujer icono del misterio. Ensayo de mariología simbólico-narrativa, Ediciones Sígueme, Salamanca 1993, 85.

[16] I. GEBARA – M. C. BINGEMER, María, mujer profética…79.

 

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