María: ¿modelo de la mujer?

María

A medida que la teología de María se fue desarrollando, y sobre todo durante su período culmine bajo el pontificado de Pío XII, con la definición del dogma de la asunción (1950) y con la celebración del año mariano (1954), el modelo de María a ser imitado no era el de la Iglesia primitiva, sino más bien este nuevo modelo propuesto por una mariología maximalista y promotora de una visión de María llena de privilegios y virtudes bastante descontextualizada[1].  Este modelo para todos los fieles pero especialmente para la mujer, era delineado por varones  sumergidos en una cultura y una sociedad  patriarcal. Estos valores o virtudes que se presentaban para las mujeres eran los de: esposa, madre y virgen. El ideal del eterno femenino[2].

Hasta el día de hoy continúa presente esa imagen de María propuesta como esposa perfecta, cuando cada vez son más las mujeres que optan por la soltería como un modo de ejercer su propia individualidad e independencia. Inclusive las que optan por el matrimonio, no lo hacen bajo los términos presentados por esta tradición mariana, sino en una relación de igualdad de derechos, responsabilidades y deberes en relación al cónyuge. Como madre, cuando en la sociedad actual las mujeres desarrollan actividades tanto como los hombres y controlan por esto la natalidad, el valor de la maternidad ya no es visto como el único modo de realización personal de la mujer. Como virgen, cuando es complejo para la sociedad actual comprender su significado más profundo, entendida tantas veces como no más que una renuncia a la sexualidad. Renuncia que se entiende poco bajo la influencia de los cambios sociales y culturales y el mismo avance de la teoría feminista, en la que la libertad en el ejercicio irrestricto de la sexualidad parece significar una especie de independencia e igualdad con el hombre.

Juan Pablo II en su catequesis durante la audiencia general de los miércoles del 6 de diciembre de 1998, dirá que María expresa lo que es esencial de la personalidad femenina. Esto es, refiriéndose al relato de la Anunciación, dar su consentimiento generoso ante la iniciativa del ángel como mensajero de Dios. A través de esta antropología dualista de género manifiesta como papel de la mujer a la luz de María, la sumisión ante el papel activo del ángel en representación de lo masculino, aunque sea indirectamente[3]. A pesar de este antecedente tan reciente, ya Pablo VI venía advirtiendo la ineficacia de este modelo de María en la exhortación apostólica Marialis Cultus, donde afirma la dificultad  para las mujeres de este siglo de encontrar en la María presentada por la teología tradicional un modelo para ellas mismas [4]. Juan XXIII en 1963, en Pacem in terris, admite como un signo de los tiempos la participación de las mujeres en la vida pública y común[5]. En el Concilio Vaticano II, se intentó volver a la primera teología cristiana, recalcando el papel de María, no como mediadora, sino más bien como modelo, pero como modelo de la Iglesia, integrándola en la teología de la comunión de los santos ( L.G. c.VIII)[6].

Resaltando el canto del Magníficat de María (Lc. 1,46-55) la teología feminista intenta rescatar del olvido una visión de María que puede ser un precioso modelo para los cristianos de nuestro tiempo, muy significativo para las mujeres de hoy que luchan por abrirse camino en la Iglesia y en el mundo. Especialmente en Latinoamérica por lo significativo que resulta el anuncio profético de María que baja del trono a los ricos y exalta a los pobres y hambrientos. Es un lenguaje profético de fe, una oración al estilo de los grandes Himnos del Antiguo Testamento, y está puesta en labios de una mujer. Este es un modelo acorde a los signos de los tiempos y a las necesidades de los fieles de este siglo. También desde una nueva interpretación del fíat, se puede rescatar una actitud activa en María, siendo que la tradición teológica la ha asociado siempre con una actitud de silencio. “Curiosamente suele ser el ‘fíat’, que es la palabra decisiva, la más importante que nadie pudo decir nunca, la que se ha cargado del simbolismo del silencio en cuanto a pasividad, sumisión y ausencia”[7].

La imagen de María presentada por la teología tradicional, recalca la teóloga Elizabeth A. Johnson[8], parece un modelo irrealizable, no sólo para las mujeres de la actualidad sino, para cualquier mujer, ostentada como virgen-madre, y como madre en una función que parece agotar todas las posibilidades vocacionales de las mujeres. Todo esto además de ser el modelo de la pasividad, el silencio, el ocultamiento, funcionando como cualidades exclusivas de la femineidad, terminan arrastrándola a un modelo de absoluta sumisión y nula participación. Hoy toda la Iglesia siente ya la necesidad de una revisión profunda del modelo mariano, buscando una solución más eficaz a nuestro tiempo. Las nuevas interpretaciones de María pueden ser muy provechosas para que pueda volver a ser vista como un modelo por las mujeres contemporáneas. María tiene un gran valor como modelo, pero no exclusivamente de la mujer, sino de todos los fieles, y no en el sentido de las circunstancias históricas de su vida concreta, sino más bien y con mucho sentido en relación a la actitud que ella tomó en el transcurso y ante las vicisitudes de su vida[9]. Una actitud de fiel discípula, de verdadera creyente que se entrega a la voluntad de Dios, pero con todas las potencias de su alma, dando un sí que no la llevó a la pasividad y la ineficacia, sino a la actividad y el compromiso. No podemos olvidar que, además de María, podemos encontrar en la Biblia numerosos casos de mujeres fieles que pueden presentarse hoy como verdaderos modelos también[10].

María puede ser para todos los creyentes, nuestro modelo de peregrinación en la fe y de fidelidad a Cristo (LG nº 58). Bien lo expresa Marialis Cultus[11] cuando dice: “María es de nuestra estirpe, verdadera hija de Eva, aunque ajena a la mancha de la madre, y verdadera hermana nuestra, que ha compartido en todo, como mujer humilde y pobre, nuestra condición”[12]. En orden a este modo de enfrentar la teología de María, el testimonio evangélico auténtico debe partir de la base de la libertad, por la que cada uno responde al llamado de Dios a través de sus diversas capacidades, y de la consideración de las particularidades históricas, ya que quien responde al amor de Dios es un hombre, varón o mujer, encarnado en una realidad precisa. María es modelo de ello respondiendo al amor de Dios con total libertad en medio de sus circunstancias. También es modelo nuestro como promesa de futuro, que en la totalidad de su humanidad nos muestra que es posible imitar a Cristo. Así imitándola a ella, nos acercamos más a la semejanza con Él. Además nos recuerda que también nosotros estamos llamados a vivir sus privilegios, también nosotros estamos llamados a resucitar y librarnos de la mancha del pecado[13].

Si bien Elizabeth Johnson prefiere no referirse a María como modelo, sino hablar de ella como la mujer concreta que fue, una judía del siglo I, esto no impide que, luego de dicho reconocimiento, podamos llegar a pensar en ella también como un modelo de cristiana. Sin olvidar que debemos renovar nuestra mirada sobre ella, podemos acercarnos nuevamente desde una lectura comprometida con los signos de los tiempos actuales.

 


[1] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra. Teología de María en la comunión de los santos, Herder, Barcelona 2003, 152.

[2] Cfr., Ibid., 35.

[3] Cfr., Ibid., 86.

[4] Cfr., Marialis Cultus, nº34.

[5] Cfr., Pacem in Terris, nº41.

[6] Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera hermana nuestra… 159.

[7] M. NAVARRO PUERTO, María, la mujer. Ensayo psicológico bíblico, Publicaciones Claretianas, Madrid 1987, 42.

[8] CSJ, doctora en teología y profesora eminente de Teología en la Fordham University, institución jesuita en Nueva York.

[9] Cfr., Marialis Cultus, nº35.

[10] Ya que  en numerosas ocasiones estas imágenes de María han funcionado como símbolo no del discipulado, sino del eterno femenino encarnado en la mujer ideal, o de la cara maternal de Dios. También en el contexto eclesial, ha contribuido muchas veces a disimular la naturaleza pecadora de la Iglesia. Esta María simbólica, hasta parece dificultar el renacer de las mujeres históricas reales en el plano de la fe. Al transformarla en símbolo se ha perdido notablemente su realidad histórica judía, a la vez que el resto de las mujeres de la Biblia se terminan perdiendo en una suerte de nebulosa. Nombra JOHNSON como ejemplo a María Magdalena, “apóstol de los apóstoles”,  María de Betania, Juana y la samaritana,  la diaconisa Febe de Céncreas, la apóstol Junia de Roma, también posibles modelos de discipulado. Finalmente se dirige a que poner como discípulo ideal a una mujer, sigue siendo excluyente para todas las demás. Cfr., Elizabeth A. JOHNSON, Verdadera Hermana Nuestra… 128-129.

[11] A pesar de la clásica comparación con Eva, tan odiosa para la teología feminista.

[12] Marialis Cultus, nº 56.

[13] Cfr., Ignacio OTAÑO S.M., María, Mujer de Fe, Madre de Nuestra Fe. Mariología del P. Chaminade y de Hoy, Servicio de Publicaciones Marianistas, Madrid, 1996,  55.

 

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